De lo mundano a lo extraordinario

La mediocridad acecha en cada esquina. Nuestra sociedad está impregnada de ella y nosotros  -como miembros sustentadores de la estructura social- estamos continuamente expuestos a padecerla. Por eso la mente –sabia en definitiva desde siempre- acostumbra a reservarse espacios recónditos de expresión creativa; una suerte de anhelos inmateriales que reflejan nuestros saltos en libertad. Es normal desatender estos llamamientos internos, sin embargo hay quien se atreve a vivir esas visiones y las exterioriza consiguiendo con ello ascender hasta la admiración del colectivo. Curiosa ironía ¿verdad? Para estos relevantes individuos solo existe una máxima; creer. Como lo hizo Arthur John Evans al revelar la civilización minoica, una de las más notables y misteriosas de la historia humana.

Los minoicos -o cretenses- emergieron hace más de 5000 años como el más admirable germen de la civilización egea. Lo hicieron con una aceleración cultural asombrosa que comenzó prácticamente desde sus inicios -en el 2500 AC- alcanzando su punto culminante en la época neopalacial-1700 a1450 AC-, donde sus logros se compararon en altura a los de Egipto. Su desarrollo floreció sin límites en cada horizonte posible: ya fuera en la arquitectura –principalmente representada en sus suntuosos palacios, especialmente el de Cnosos, donde fluía la actividad comercial y espiritual del pueblo cretense- la cerámica, la religión, la escritura -Lineal A y B- o la metalurgia. Tanto es así que sin necesidad de utilizar el recurso bélico -sus centros urbanos carecían de murallas- se convirtieron en la fuerza predominante del comercio marítimo mediterráneo apoyándose en su modernísima y eficiente flota y el valor del intercambio mercantil. Pese a su repentina desaparición alrededor del1400 AC, su influencia moldeó las culturas posteriores; desde los micénicos y la Grecia arcaica hasta la época clásica.

De lo mundano a lo extraordinario

Esta información era poco más que desconocida para el hombre de la primera mitad del S. XIX, y con todo Evans cultivó una obsesión; quería descubrir la civilización que había precedido a la micénica, esa de la que existían registros cuasi quiméricos provenientes de Hesíodo y Tucídides. Estos eminentes autores afirmaban que un rey llamado Minos dominó los mares desde la isla de Creta, también narraban que fue allí adónde acudió Teseo para matar al minotauro, hijastro del rey. Era un salto del mito a la realidad. Y fue precisamente por ello que Evans, tras realizar las excavaciones que le llevarían al descubrimiento final, tuvo a bien llamar a la civilización: minoica, en referencia al legendario monarca. Sin duda, el arqueólogo británico -del que en esta semana se cumplen 164 años de su nacimiento- se enfrentó al razonamiento de su época, mas atendiendo tan solo a sus anhelos y fantasías se mudó a la isla griega y allí -donde él pensaba que moró en su día Minos o donde Teseo deshiló el ovillo que la princesa Ariadna le diera para conseguir salir del laberinto- logró alcanzar su objetivo e hizo material un sueño. Evans permitió la entrada de la creatividad y la libertad en su vida dejando que solo estas percepciones guiaran su futuro.

Era el milagro de la arqueología, ver tras las arenas del tiempo reinos perdidos y solo recuperados por los recuerdos. Un ejercicio de fe, fe en lo improbable. Aun Así, este inglés no fue el único arqueólogo visionario, Heinrich Schliemann logró encontrar Troya -el maravilloso reino de Príamo narrado en La Ilíada- cuando nadie creía ya en la mitología, e incluso Howard Carter nos mostró la soberbia tumba del faraón Tutankamón -muy probable hijo del innombrable Akenatón de Amarna- en el Valle de los Reyes. Ya sea por casualidad o rotunda perseverancia, atender los deseos intangibles que esconde nuestra mente es, posiblemente, el único retazo de libertad que podamos poseer. Hoy en día tal vez nos hallemos en un estancamiento ideológico y sistémico que no nos permite desplegar nuestras cualidades. Puede ser que por restricciones normativas, mercantiles o éticas, tendemos más al anquilosamiento que a la revelación y parecemos predispuestos a renunciar a lo que somos mucho antes de intentar transgredir lo aparente y lanzarnos en la búsqueda de lo que verdaderamente creemos. Esta semana es una como otra cualquiera y Arthur Evans es solo un hombre, pero quizás el rememorar su recuerdo pueda ser un punto de inflexión desde el que atender alguna de esas llamadas internas, aunque solo sea por ver que hay debajo de un puñado de tierra desconocida.

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