Coraje

Ese era su refugio, el nombrado árbol de las tinieblas, ese árbol robusto que se aferraba desde hacía tantos años a sus raíces, igual que su pasado a ella. Todo el mundo temía la oscuridad del bosque, aquella niebla espesa en las noches de invierno de luna llena que a tantos hombres se había llevado cuando vigilaban la fortaleza. Pero Blanca no le temía, le gustaba subir a sus gruesas ramas y observar a aquellos hombres pelear con el lobo, aquel lobo gris de pelo oscuro y ojos casi rojos como el fuego, desquiciados por la ira ante las amenazas de aquellos que obtendrían una gran recompensa si le cortaban la cabeza. Blanca no entendía la crueldad de aquellos que habitaban al otro lado de las puertas de aquella fortaleza, alzada años atrás con el sudor de sus antepasados. Cuando quedaban unos pocos después de la matanza se marchaban, horrorizados por esa bestia, corriendo, temblando y gritando. Ella seguía observando desde lo alto de las ramas, aguantando la respiración, deseando de no ser vista y seguir adentrándose en ese bosque que consideraba su hogar.

A Blanca le gustaba el olor que dejaba la niebla al amanecer, le gustaba sentir la hierba mojada a sus pies desnudos, le gustaba correr sin rumbo entre las ramas y plantas de aquel lugar mágico, esquivando las que se interponían en su camino, pero lo que más le gustaba era sentirse libre. Una libertad que le querían arrebatar. Su padre, señor de la gran fortaleza, había decidido que aquello ya no era  lugar seguro para sus aldeanos, y que construirían otra fortaleza lejos del lobo gris. Ella no estaba dispuesta a abandonar su bosque. Durante el día el bosque dejaba de ser el lugar tenebroso que era durante la noche. Su madre siempre le contaba historias sobre las hadas del bosque, cada hada llevaba un pedacito de todos los seres queridos de la aldea que la muerte se había llevado. Desde entonces, su objetivo fue encontrarlas para poder verla otra vez. En el fondo de su corazón sabía que existían y ella no se iría de allí aunque se la llevaran arrastras.

Se marchó corriendo, adentrándose en el bosque con lágrimas en los ojos, no tendría que estar allí, tendría que estar haciendo el equipaje, mañana por la mañana partiría, pero ella se negaba, decidió que se quedaría en el bosque, sus hadas la protegerían y nada malo podría pasarle. Mientras se alejaba oyó a su padre gritar, la estaban buscando, siguió corriendo, ahora más deprisa, entre las ramas y allí estaba, su árbol de las tinieblas, comenzó a trepar por el tronco, la única luz que veía era la de la luna llena, se quedó sentada en su rama favorita. Vio que los secuaces de su padre se quedaron parados bajo el árbol, todos sabían que si se quedaban allí aparecería el lobo gris, eran demasiado cobardes para eso y se marcharon. Blanca los vio desaparecer entre la niebla y decidió bajar, lo hizo con un silencio sepulcral, el menor ruido y el lobo gris aparecería, le arrancaría la cabeza de un solo mordisco. Miró a ambos lados, ni rastro de la bestia, empezó a andar muy lentamente, mirando a todos lados, se repetía una y otra vez que no tenía miedo, que lo mejor era guardar la calma, y sobre todo no gritar, si hacía falta le haría frente.

Paró en seco, se encontró a unos ojos rojos como el fuego frente a ella. Blanca no gritó, no se movió, estaba aguantando la respiración. El lobo gris tampoco se movía, solo se observaban. Blanca recordó una frase que le dijo su madre en su lecho de muerte: “no tengas miedo pequeña, dentro de la fortaleza estás a salvo, pero si decides salir, ten coraje y hazlo, no te escondas y sobre todo no tengas miedo. Cualquier animal huele el miedo, el miedo no existe. Recuerda, nunca bajes la mirada, el temor más grande del hombre es mirar directamente a los ojos”. Blanca decidió hacerlo, miro directamente los ojos del animal, no apartó la mirada y el lobo tampoco, era la primera vez que veía que no huía o no se lanzaba encima de una presa. Blanca se sentó en el suelo, el lobo gris la seguía mirando, pero no se movía. Recordó que antes de salir de la fortaleza había cogido un trozo de pan, supuso que el lobo gris tenía hambre, así que lo sacó y se lo lanzo, antes de tocar el suelo el lobo se lo trago. Blanca sonrió sin moverse y le lanzó otro trozo. Estuvieron así un rato hasta que Blanca cayó en un sueño profundo, estaba agotada.

Se despertó por la luz de un rayo de sol que se filtraba a través de las ramas, miró a su alrededor, ni rastro del lobo gris, después se miró a ella, no tenía ni un rasguño. Antes de que pudiera reaccionar oyó la voz de su padre detrás de ella, se giró de golpe, y dos de sus hombres la agarraron uno por cada brazo. Blanca empezó a gritar, no quería marcharse, se negaba a irse de ese lugar, intentó decirlos que el lobo gris no era malo, que solo olía el miedo que aquellos hombres le tenían. De pronto, de entre las ramas salió el lobo gris abalanzándose encima de los dos hombres que la tenían cogida, solo los tiró al suelo, no los mató como había hecho otras veces. Blanca se escondió detrás del lobo y este con sus colmillos amenazó a todo aquel que quería acercase a la muchacha. Su padre, delante de aquella escena lo entendió todo, entendió lo que su mujer le había contado tantas veces cuando su hija era pequeña, entendió todas las historias sobre aquel lobo gris, entendió que la bestia era más humana que los propios humanos. Vio a su hija abrazar a la enorme bestia y sin mirar atrás, se montó en su lomo y desaparecieron.

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