Bitácora del café con leche

Por Verónica.

27 de octubre del 2014

Cuando era más joven bebía entre 5 y 7 cafés solos al día. Aunque esto del “café solo” en múltiples cantidades sonara a una contradicción en sí, lo cierto es que era imposible deshacerme del hábito de beber más de uno y fumar dos cigarrillos con cada. Cada taza me tomaba 15 minutos si estaba sola, 20 si estaba acompañada en un receso  y las tazas y tiempos se disparaban si estaba con Bea u otra compañía igual de sustanciosa y divertida. Antes se podía fumar en cualquier bar, así que las terrazas no eran obligatorias y uno podía sacar tranquilamente su paquete de Lucky y dejarlo sobre la mesa, era casi como una conversación de la mafia en que dejaban las armas sobre la mesa para negociar entre los capos de las familias.

Desde hace menos de 10 años, sin embargo, las cosas fueron cambiando. Primero se “separaron” las áreas de fumadores y no fumadores dentro de los locales; ya no se podía fumar en las andanas del metro, luego simplemente se prohibió fumar en un espacio cerrado y los que resistimos nos quedamos en las terrazas, pagando el suplemento del 10% si queríamos seguir haciendo el café. Esto fue el principio de la debacle para esos ratos de tranquilidad en que podía disfrutar de mis reprochables vicios sin sentirme extraña, sofocada y hasta mal vista.

Mientras el tabaco fue aumentando de precio hasta llegar a la astronómica cifra actual, el café solo comenzó a afectar mi sistema nervioso. Pasaba noches en vela con los ojos abiertos como platos y mirando al techo, muy cansada para levantarme y hacer algo productivo, pero no lo suficiente como para conciliar el sueño. Cuando el médico me preguntó si tomaba café y cuántas tazas al día, se quedó espantado por mi respuesta y luego me dio la mirada de “paciente idiota” señalando la relación aparentemente obvia entre mi insomnio y la inmensa cantidad de cafeína que navegaba en mi sistema junto a tres o cuatro desorientados glóbulos rojos. Habiéndole señalado la imposibilidad de dicha relación por tratarse de algo habitual en mí, el impaciente galeno solamente dijo una frase que quizás tenía ya en la punta de la lengua: “el tiempo pasa y nuestro organismo cambia”. “Póngase un chorrito de leche en el café y beba unas cuantas tazas menos. Unas dos al día, quizás”. ¿Dos? ¿Dos ridículas tacitas de cortado al día? ¿Leche con tabaco? De solamente pensarlo me daban arcadas.

Evidentemente pasé los cuatro días siguientes negándome a seguir el consejo del doctor, que además de rudo y absurdo era totalmente incompatible con mis hábitos, mi vida social, mis vicios y mis descansos diarios. ¿Qué iba a hacer si tenía solamente 10 minutos de receso entre una actividad y otra? Sin embargo al día cinco tenía que probarlo. Llevaba días de pésimo sueño y era absurdo no intentar al menos lo que me había dicho ese hombre con su horrendo peinado hacia atrás y el cuello de la camisa torcido. Además, había comenzado a reducir considerablemente la cantidad de tabaco que fumaba por el asunto de los precios, así que estaba verdaderamente abierta –al menos una brecha- al cambio. Y entonces ocurrió el milagro. Dormí, dormí y dormí como un lirón.

Sin embargo los tiempos estaban lejos de continuar favoreciendo mis costumbres. No solamente el tabaco continuaba encareciendo, sino también lo hacían los cafés en los bares. Incluso lo hacían en las máquinas de ventas en que pasaron de 50 céntimos a 70, 80 y luego 1 euro. Y entonces se operó otro cambio. Comencé a fumar tabaco de liar. Al principio tenía que girarlos como un tornillo después de haberlos liado porque era imposible fumarlos de otra forma. Luego compré una pequeña maquinita –extraña en cierto sentido- que lo hacía todo, pero entonces fumaba mucho más porque iba practicando y haciéndolos y practicando y así sucesivamente.

Finalmente me adapté al tabaco de liar y los cortados. No era lo mismo, sin embargo ya podía comprar un cortado de máquina, ir a la calle, ponerlo sobre el poyo de una ventana si había o hacer un malabar peligroso para sostenerlo mientras a la vez me liaba un cigarrillo para fumármelo después de reencenderlo cuatro veces en 20 minutos. Era, en su forma rara, una actividad entretenida aunque cada vez más solitaria porque varios de mis colegas intentaban dejar de fumar o ya lo habían hecho y no querían estar cerca de alguien que les echara el humo encima. Esto con la ventaja de que en invierno podían quedarse dentro del edificio a beberse el café porque realmente no había ninguna obligación de salir para hacerlo.

Estas últimas adaptaciones iban más o menos bien, hasta que un día de otoño del 2010 el encargado –que siempre estaba en su puesto cuando nosotros teníamos recesos- me preguntó si le acompañaría afuera a fumarse un cigarrillo, ofreciéndome a su vez un hermoso y clásico cigarrillo de su paquete de Camel. En lugar de que me sintiera relajada y complacida por el gesto, se me erizó hasta el último pelo del cuerpo. Los siguientes 7 minutos que duró el cigarrillo fueron como escuchar a una grabadora con un cassette grabado y puesto millones de veces. Mi área no estaba siendo lo suficientemente productiva y la empresa se veía obligada a recortar el personal de la sección, entre quienes figuraba yo. Lo sentía mucho, etcétera y etcétera, pero…

Y fue así como, desde esa mañana de otoño del 2010, comencé a tomarme un café con leche al día antes de comenzar a buscar trabajo. Tengo cuatro años de experiencia en esta actividad y pienso comenzar a compartir aquí todo lo que se me ocurre mientras me tomo ese café con leche sin tabaco de ninguna clase.

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2 Comentarios

  1. ¡Hola Yukyko!

    Me han encantado sus artículos. Le felicito. Creo que es usted una buena escritora y debería buscar empleo en ese sector, si todavía lo sigue buscando.

    Un saludo,

    Luis

    • Hola Lluís,

      Muchas gracias por su comentario y sus ánimos. El mundo de las letras es ciertamente apasionante y por fortuna tiene varias aristas que explorar.
      Nuestra querida Verónica aún tiene mucho camino que recorrer en su búsqueda laboral y también mucho que contarnos de estos tiempos revueltos. Probablemente se encuentre ante un teclado en más de una ocasión y tome su consejo. Un saludo,

      Yukyko.

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