Bitácora del café con leche

19 de noviembre del 2014 (parte II)

Por Verónica

Acabé el cortado con esa pregunta en la cabeza. ¿En dónde me estaba metiendo? Antes de que tuviera tiempo de reaccionar, ya estábamos los cuatro en el Ibiza verde sapo que llevaba Ana. Rubén –de piernas largas- echó su asiento hacia adelante para que Jenny y yo nos acomodemos atrás, donde había unas cuantas ediciones pasadas de 20 minutos amarillentos y crujientes junto a dos polares con capucha, uno fucsia y otro de color durazno. Los aparté y me acomodé entre los papeles.

Mientras íbamos por la autopista, yo me iba preguntando a qué aventura me había apuntado en esta ocasión y si valía la pena por el trabajo que se me ofrecía. Luego pensé que me quedaban tres euros y una tarjeta de metro con cinco viajes como capital total, así que dejé los reparos y procuré relajarme conociendo al equipo con el que me tocaba trabajar. Jenny era la que estaba de mejor ánimo entre nosotros y comenzó la conversación explicando que hace poco había estado en la casa de su novio en Marruecos, que la familia la había tratado como una princesa, la madre le había regalado unos zapatos de color dorado con adornos brillantes y que las mujeres de la casa la habían maquillado “a su manera”.

Justo unos segundos previos a que Jenny comenzara a sonar muy empalagosa, Ana me preguntó a través del retrovisor –como los taxistas- a qué me dedicaba yo antes. Ese antes que sonaba no a “antes de este trabajo” o “antes de esta entrevista”, sino a un “antes de esta situación”, “antes de la crisis” y siendo alarmista, “antes del inicio del fin del mundo como lo conocemos”. Le respondí que era archivera, que organizaba documentos en la sección legal de una empresa y cuando ví que hacían movimientos incómodos con los hombros, dije algo un poco más constructivo: “soy un ratón de sótano y hoy creo que voy a aprender varias cosas con vosotros”. Al menos hubo un poco de distensión, a lo que siguió un gesto enérgico de Jenny por coger el móvil del bolso, elegir un contacto y –de la nada- comenzar una conversación muy cariñosa en árabe con quien supuse que era su novio. Al menos logró desviar nuevamente el centro de atención hacia ella.

Mientras tanto, adelante iba el silencioso Rubén que estaba ocupado jugando con un mechero, o al menos era lo que me parecía al comienzo, antes de percatarme del olor y darme cuenta de que estaba deshaciendo hachís para liarse un porro. Estábamos acercándonos al destino y el Ibiza iba echando una peste insoportable mientras Ana, Rubén y Jenny se iban pasando el porro. Yo nunca le he puesto pegas a nada ni nadie, pero me parecía poco profesional hacer visitas a clientes después de haberse fumado unas cuantas rondas de hachís barato en el auto de la supervisora y con ella. Claro estaba que yo no sabía cómo se hacían las cosas con ellos y no era consciente de que estábamos a punto de romper otros varios “convencionalismos” laborales.

Bitácora del café con leche

Aparcamos en medio de un grupo de bloques apartados y yo aproveché para estirar las piernas y tomar aire fresco. Me sentí un poco malhumorada por toda la situación del coche, pero luego pensé que tenía una tarea aún más importante por delante y varias horas por continuar, además de un puesto de trabajo por ganar. Con las situaciones así en línea, era clara la lista de prioridades. Esperé que acabaran de fumarse el segundo porro que habían liado antes de comenzar a trabajar mientras íbamos observando la distribución de los bloques y organizando las tareas. Ana pensaba que antes de explicarme de qué iba el asunto era mejor que observara, tomara nota mental del orden y finalmente hiciera preguntas si las tenía. Dicho así, me puse en la retaguardia imitando la forma que tenían de llevar las carpetas de Fiberdrola y tratando de pasar desapercibida con el grupo.

Ana eligió un bloque, se puso delante del interfono y empezó a apretar todos los botones sin orden ni concierto. Al primero que respondió, le dijo: “hola, soy del suministro de gas, ¿me abres?”. Cuando se abrió el portón, se giró y me hizo una sonrisa de niña traviesa, empujando mientras entrábamos. La entrada estaba muy descuidada y había cartas en el suelo, mientras que la mayoría de buzones estaban desvencijados y no tenían nombres ni datos. Subimos al entresuelo y Ana les dijo a Rubén y Jenny que hicieran el recorrido de arriba a abajo y que nosotras haríamos lo inverso. Siendo la primera vez que les hablaba como supervisora, les dio una mirada dura y les dijo: “os recuerdo que os jugáis la comisión, así que a espabilar”. Luego tomó un respiro y tocó la primera puerta.

Abrió un hombre en pijama que nos miró de arriba a abajo con cierto recelo. Detrás suyo salieron dos niños que no tendrían ni 4 años y unos ojos vivos y negros. Ana le preguntó con qué compañía tenía el suministro de gas y el de luz y si no había escuchado hablar de Fiberdrola y lo económicas que eran sus tarifas. Cuando al hombre se le torció el gesto y empezó a retroceder mientras cerraba la puerta, ella puso suavamente el pie adelante para evitar que se cerrara y le dijo: “las familias con niños suelen gastar mucho sobre todo en invierno, que hace tanto frío”…, pero el hombre no cedió y empujó la puerta con cierta violencia. Ana quitó el pie y oímos el primer portazo del día. ¡Qué duro era que a uno le cerraran la puerta en la cara! Pero eran gajes del oficio, al menos no hubo insultos ni quedó pillado el pie suicida de la supervisora. Ella me miró como si no hubiera pasado nada. Fuimos así tocando cada una de las puertas que se iban presentando. Varias permanecían sin abrir, por lo que Ana escribía en un papel los que habían quedado sin visitar para regresar en la tarde. Los que abrieron tenían diferentes razones para cerrarnos la puerta, algunos ni siquiera la abrían y el diálogo se desarrollaba a través de la madera. El diálogo y la cadencia se iniciaban siempre con lo mismo, el tema de los suministros y lo barato que era cambiarse a Fiberdrola. Ana tomaba vuelo en la voz y hablaba rápidamente de números, porcentajes y meses; por lo que yo me quedaba muda y en mi propia cabeza trataba de resolver el puzzle de lo que ella decía, pues francamente no entendía nada ni veía la conexión entre eso y lo barato que saldría el cambio. Estaba colgada en una de esas reflexiones en la puerta del 2B, cuando de pronto un agudo dolor seguido de ardor y palpitación me trajo de regreso a la realidad.

Bitácora del café con leche

Mientras yo estaba tratando de cuadrar los fantásticos cálculos del mundo Fiberdrola, un perro de raza desconocida enganchaba sus dientes a mi mano izquierda mientras gruñía y la dueña en bata cogía el diario para pegarle y hacer que me soltara. Pegué un grito enorme al comprobar que el perro enterraba más los dientes en la mano mientras miraba desafiante a la dueña y yo solté un grito que hizo que mis compañeros bajaran a toda prisa las escaleras para ver qué pasaba. Primera jornada laboral terminada y todos de morros porque el incidente nos alejaba de Montcada sin haber conseguido ni un cliente. Yo estaba en papeleos médicos, así que poco supe en el día de ellos, con las debidas confusiones de qué tipo de accidente era y cómo, cuándo, por qué.

El segundo día volví a las oficinas con la mano vendada y el jefe del perfume y halitosis me dijo que eso pasaba raras veces, pero era un riesgo laboral que había que considerar. Luego soltó una risita tonta y me preguntó si me había gustado el trabajo. Tenía que ir con cuidado, pues de momento lo que había visto no me había gustado, pero yo no había probado realmente nada, aparte de los kilopondios de fuerza de una mandíbula canina en mi mano izquierda. Le dije que era interesante ambientarse en el mundo de ser comercial a puerta fría, pero que por el incidente no había tenido ocasión de hacerlo yo y que de hecho no sabía exactamente qué era lo que tenía que decirle a un potencial cliente, pues con Ana nos íbamos adaptando un poco a quien aparecía al otro lado de la puerta. Y eso dio inicio a mi segundo día surrealista en Fiberdrola.

La secretaria me llevó a una sala que no había visto el día anterior, donde había una pizarra blanca y unos cuantos chicos y chicas que recordaba vagamente haber visto el día anterior. En la pizarra había un diagrama de flujo –que no veía desde que era estudiante en el colegio- y cuando entré el instructor Gómez le preguntaba a uno de los muchachos: “¿y si te dice que ya tiene?” Entonces hubo duda y pausa del otro lado. “Me despido y me voy”, dijo el chico luego de pensarlo. Gómez lo fulminó con la mirada y le dijo: “¡no!”. “Nunca te vas con las manos vacías”. “Siempre hay algo más que ofrecer, siempre”. Me parecía que estaba delante de un enano avaricioso salido de las entrañas de una montaña de oro. Un enano enajenado por el poder de ser comercial y venderle cosas a la gente. Entonces me senté tímidamente consciente de que iba a tener que aprender la lógica de ese diagrama de flujo para lograr las prometidas comisiones que hacían que la propina se volviera un salario. Gómez me pidió que me presentara y luego dijo: “aquí tenemos una de esas chicas tranquilas, son las que mejor funcionan con las abuelas”. La gente se rió y yo hice una mueca torpe, prestando atención al diagrama y las salidas que daban ante todas las posibles situaciones con un cliente. Algunos de mis compañeros eran unas auténticas fieras, de aquellos que no te puedes despegar de la puerta en veinte minutos porque tiene una respuesta para todo. Había gente con aplomo, buena presencia y que inspiraban cierta confianza; también había gente con mucha energía pero descontrolada, de los que apabullan al interlocutor con solamente decirle diez frases y finalmente estaban aquellos que uno no querría tener en la puerta de casa porque había algo perturbador en ellos.

Bitácora del café con leche

Al final de esa segunda jornada esaba un poco más animada, aunque tenía la cabeza hecha un bombo. Había recibido una cantidad masiva de información que era imposible procesar en una duermevela, pero al menos la gran mutiplicidad de alternativas a un “no” me parecía algo medianamente esperanzador. Era un punto de partida para el trabajo, una herramienta interesante para mí, que me hubiese ido siempre después del primer no. O que más bien no me hubiese atrevido a tocar ninguna puerta, ya para comenzar. Con esa tranquilidad, la mano vendada y más papeles, regresé a casa con la indicación de ir un tercer día a la oficina, esa vez sí para probar yo misma en algún edificio.

El tercer día llegué a Fiberdrola con una tarjeta de metro donde me quedaba un último viaje y un último euro con unos céntimos en la cartera. Poniendo en línea mis objetivos, lo importante era aprovechar los elementos que me habían dado los días anteriores para conseguir el trabajo. Luego estaría el mejorarlo, las comisiones y todo lo demás. Me había planteado un objetivo que consideraba sencillo y creía que podía lograrlo. Cuando crucé la puerta, la secretaria del jefe me saludó y me dijo que tenía un mensaje de parte de él: “consigue un cliente hoy y el trabajo es tuyo”. Presión. La secretaria me sonrió y me dijo que no me preocupara porque esta vez me había asignado a un nuevo grupo y que uno de mis compañeros, que no llevaba ni un mes, había logrado conseguir varias altas, así que iba bien acompañada para lograr ese objetivo. Además en esa ocasión iríamos por la ciudad, así que no era necesario trasladarse muy lejos, iríamos en metro porque se le había estropeado el coche al jefe del grupo. Mi último viaje. Al menos tendría que hacer que valiese la pena, eso me animó aún más a conseguir el trabajo.

Nos dirigimos a una zona del Guinardó donde había muchos pisos con gente mayor que llevaban allí al menos treinta años. Pocos eran los sitios con inquilinos jóvenes o nuevos que había, así que según decía mi compañero, el trabajo era mucho más fácil. Mi compañero, el que tenía el record de clientes del mes, me dijo que me iba a dejar los tres primeros pisos para que yo lo hiciera sola y luego él me iría dando consejos de cómo “apurar el asunto” según lo que iba viendo. También vendría su propia ronda de “intervenciones” en otros pisos y todo iría bien para los dos. Me sorprendía la confianza que tenía este chico, pues lo que yo había visto el primer día no me daba tantas alas para ir con esa confianza, además me estaba jugando la posibilidad real de tener un trabajo y valía más que consiguiera un cliente hacia el final del día para tener al menos una razón para alegrarme mientras regresaba andando a casa con los tacones y los pies hinchados. Ese era el nivel de presión que llevaba encima, además de detalles como estar atenta a cualquier canino entusiasta, estar receptiva a las resupuestas de las personas, etc.

Los tres primeros clientes que me tocaron los habría pasado por “aprobados”, considerando que trataba de no enredarme mucho con los papeles y de hablar de la forma más sencilla y normal posible. Dos de ellos me cerraron la puerta después de un “no” más o menos suave y casi sabiéndoles mal sin dejar que les explicara más. Con el tercero ejercí presión absoluta y me sentí incómoda por apretar tanto al cliente, pero vi que tampoco estaba convencido y eso me dio un espacio para seguir dándole respuestas de diagrama de flujo. Cuando finalmente me preguntó firmemente si efectivamente cambiarse a Fiberdrola le abarataría los costos de luz y gas a largo plazo, yo dudé cinco segundos antes de decir que sí, un sí que me salió de algún sitio que no reconocía como mío, un sí casi ajeno e inseguro. Suficiente para que el tercer cliente me cerrara la puerta excusándose con que se le hacía tarde.

Mi compañero me miró absorto como si hubiese estado delante de la portería en un penalty y hubiese pateado la pelota hacia atrás. Parecía incluso enfadado. Fuimos al rellano y antes de que él me saltase con algún comentario que adivinaba ofensivo, le pregunté con la misma tranquilidad del cliente: “¿estás seguro de que Fiberdrola baja el precio de sus facturas?”, acordándome del incidente del primer día en que Ana me explicó del comercial al que un cliente fue a “pegarle un moco que flipas”. ¿Por qué un cliente tendría que enfadarse si le ha bajado el consumo de sus facturas? Me entraron las dudas y no había sido capaz de responderle al cliente con seguridad porque yo realmente no sabía la respuesta. Mi compañero miró al suelo respirando tan fuerte que parecía gruñir. “Mira” -me dijo muy bajito- “los x primeros meses sí les baja el consumo, por un asunto de la promoción, pero luego les sube y pagan muchísimo más que antes”. “La empresa recupera lo de la oferta, no pierde nada de dinero”.

Bitácora del café con leche

Yo no podía creer lo que estaba oyendo. “Estamos estafando a la gente, ¿lo sabías?”, le dije con voz bajita pero chillona. Necesitaba un poco de aire, así que caminé escaleras abajo mientras mi compañero se quedaba en el rellano. Tardó dos segundos en seguirme y en la calle, mientras yo le pedía un cigarrillo a una chica que pasaba fumando, él se me acercó completamente histérico e incrédulo diciéndome que quién me creía yo para juzgar a la gente que hacía este trabajo, que de que país de las maravillas había salido yo y que qué pensaba yo que era el trabajo de comercial a puerta fría sino uno de los oficios en que se saca más partido si se es más ruin. Me estaba mareando y sentía cómo me palpitaba la mordida de perro en la mano, me ardía la cara de lo roja que debía estar y el corazón me iba a mil por hora. Mi silencio lo volvía loco. “Claro que lo sé, pero ¡son mentiras blancas!”.“Ni siquiera es necesario convencer tanto a la gente, en ocasiones te facilitan el trabajo si tienes otra entrada con ellos”. “Si les pides que te enseñen una factura de luz y les haces todos los números y muestras en ese papel, en lugar de los que nosotros llevamos y luego les cambias un papel por otro, ya te llevas la información y puedes hacer tú el cambio por ellos”. “Tienes todo, DNI, nombre del titular, dirección… haces un pequeño garabato de consentimiento y lo pasas a la oficina. Tú tienes la comisión porque la empresa no está para verificarlo todo y ya más adelante se les llama o envía una notificación confirmando el número de cuenta del banco”. “La mayoría de veces ni siquiera se enteran del cambio ni los pagos, ni nada o ya es muy tarde y hacer los cambios también tienen su costo”. “La empresa está bien protegida y en ningún caso va a perder un céntimo, así el cliente no haya consentido venir con nosotros, igual tienen que pagar un costo diario por estar con nosotros quieran o no el cambio”. “Si arriba te pillan, te dan un tironcito de orejas, pero tampoco es para tanto, ¡todos ganamos!”.

A ese punto de la conversación –o del monólogo- observaba a mi compañero a través del humo final del cigarrillo mientras caía la cortina del trabajo comercial con Fiberdrola. Los días anteriores comenzaron a tomar sentido en cada uno de sus recovecos y me detesté por haber sido tan ingenua y haber perdido el tiempo, parte de mi presupuesto y movilidad en esta ventana absurda de trabajo. Entendí que no les hubiese importado mi formación, experiencia, la forma de vestir, mis dudas, mis capacidades, mis limitaciones y reparos. Y eso probablemente pasaba conmigo y con todos los compañeros. Y yendo más allá, entendí que a muchos de los compañeros no les importaba o no querían saber y que la necesidad tenía una cara tan canalla que a veces se disfrazaba y trampeaba con todos, pero siempre resultaba afectado el que menos protestaba. Seguía yo en esta línea de pensamiento mientras caminaba calle abajo tirando en una papelera la carpeta de Fiberdrola y a lo lejos oía una vocecilla que gritaba “¡¡¡ehhhh!!! ¡Vuelve! ¡Verónica! ¡¡¡Pringada!!!”. Tenía un largo camino hacia casa donde me esperaba un pijama, una manta y una taza de chocolate con leche.

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