¡Ay Paco!
Fuente: http://diariodenavarra.es

A Bergoglio, alias Francisco, obispo de Roma, desde su encumbramiento al papado católico, le han hecho un traje a la medida de los tiempos convulsos y confusos que habitamos cuya imagen destila progresismo, buen rollo y un tono coloquial y accesible al común de los mortales. Vamos, un tipo campechano, de los “nuestros”, esto es, del pueblo llano y sufriente que tanto aman en sus homilías urbi et orbi en los cenáculos elitistas del cristianismo oficial.

Hace poco, Francisco se ha dado una vuelta por Auschwitz, el campo de concentración nazi por excelencia. Y al ínclito personaje no se le ha ocurrido otra cosa que arrodillarse y exclamar oh padre omnipotente, perdónanos por tanta maldad. Huele a podrido e interesado ese uso ex profeso del plural mayestático. ¿Nosotros? ¿Quiénes? ¿Todos somos responsables del genocidio hitleriano? ¿Y ante el tribunal de humo sacro e incienso purificador del dios cristiano?

Es sabido y documentado que Roma hizo la vista gorda ante las hordas y atrocidades del Berlín de la cruz gamada: calló, miró para otro lado y dio cobertura con su silencio y su diplomacia asesina a las bestialidades del nazismo. Con ese plural falsamente integrador Bergoglio pretende revisar la historia y exonerar de culpabilidad al catolicismo, al capitalismo salvaje y a las ideas extremas de la derecha y de las elites hegemónicas. Nada nueva en la viña de su señorío universal.

De esta manera, ofrece una vía de escape moral a todas las dictaduras militares y fascistas habidas y por haber (las buenas dictaduras), eludiendo las responsabilidades directas, políticas, ideológicas, sociales y económicas de los autores de tamañas fechorías contra la Humanidad entera. Las cosas, viene a decir en un lenguaje típico de la religión católica al servicio del poder establecido, suceden porque sí, lejos por supuesto de la voluntad presuntamente benéfica de su dios, y fuera de la comprensión histórica razonada. Así es el libre albedrío del ser humano: arbitrario, inasible, incomprensible.

Francisco está jugando un papel ambiguo en un momento histórico de incertidumbre general, donde el neoliberalismo atroz se está llevando el gato al agua y los daños sociales están siendo colosales para la gente trabajadora. Esta lucha de clases feroz, que jamás se mencionará por su nombre, necesita de un paraguas ético para detener la ira de los de abajo mediante un discurso falaz que canalice la crítica y la incipiente movilización ciudadana por cauces aceptables para la globalización transnacional.

O sea, que nadie ponga en duda el sistema capitalista y que cunda la resignación a través de un control ideológico de las mentes eficaz y blando en sus mecanismos punitivos. En este juego a escala internacional, Francisco es un agente indispensable para desplegar gestos y palabras amables que desactiven toda posibilidad de plantear políticas de izquierda de carácter general. La figura de aparente equidistancia del papa romano cae bien a las gentes pobres y oprimidas, situándose al margen de la discusión política y del conflicto económico.

Las elites mundiales han encontrado en Bergoglio un aliado fundamental para enmudecer la voz de los donnadies y regalar a la vez un discursito de fácil digestión envuelto en celofán multicolor a las conservadoras y veleidosas clases medias venidas a menos. Su uso y abuso del plural mayestático es una vieja estratagema para que todos seamos culpables y que nadie sea responsable de nada. Además, esa mirada al cielo transida de misticismo, dirigiéndose a esa hipótesis religiosa llamada dios permite al régimen capitalista que todos huyamos de los problemas cotidianos y pongamos los ojos en una realidad virtual que solo genera fanatismo, ignorancia y sumisión al establishment.

De ilusión, registra el refranero popular, también se (sobre) vive. Malamente, en la miseria de los espejismos y en la indigencia moral y política. Ese “nosotros” ampuloso sirve para dar un tinte de moralina barata a cualquier cosa: guerras neocolonialista, crisis de los refugiados, hambre estructural… Es un canto al vacío existencial, a la nada absoluta, para llenar de retórica hueca las cabezas de los que transitan por la vida a golpe de precariedad laboral y urgencias vitales inmediatas. ¡Ay Paco, tú sí que sabes estar con los de arriba dorando la píldora a los de abajo! ¿Qué sería del mundo sin las doctrinas obsoletas, las tretas de jugador ventajista y las engañifas aromáticas de las religiones monoteístas?

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