1 - O: Que no haya víctimas
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Se puede estar en un error, engañarse sin tratar de engañar y, por consiguiente, sin mentir. Pero, la mentira por concepto no es un error, un acto casual. Es un acto deliberado. Porque mentir es querer engañar al otro, a veces, como suelen hacer los manipuladores profesionales, aún diciendo parte de la verdad. Porque también se puede decir la verdad parcial, con la intención de engañar. Descontextualizando, por ejemplo. Los apóstoles de la postverdad saben mucho de esto.

También se puede decir lo falso sin mentir. Tal vez por encadenarse a creencias de dudosa consistencia, aunque pletóricas de fervor patriótico o, aún, religioso. Son esas creencias que han llevado a la Humanidad a guerras basadas en falsedades. Siempre, tal vez, por percibir una parte del fenómeno, que siempre es poliédrico y contrapuesto.


Es así, para mal de todos, que nos encontremos en medio de una confrontación, a mi juicio, que se funda en mentiras y creencias enlazadas de modo tal que no se puede afrontar una resolución satisfactoria, por el nivel del enconamiento al que se ha llegado


Creer de buena fe en un modelo de sociedad, aunque los hechos conduzcan a la cadena de huracanes de categoría cinco que asolan el Caribe o que han dejado a Doñana al borde del colapso de su equilibrio ecológico, por defender el negacionismo del cambio climático, hasta podríamos aceptar que no sea una mentira. Ahora, si se utilizan premisas negacionistas con el único fin de beneficiar a grupos en detrimento de la mayoría, estamos en presencia de ella.

1 - O: Que no haya víctimas
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La mentira supone la invención deliberada de una ficción. Construir una justificación de los errores cometidos para convertirlos en aciertos, puede resultar el imperio de la mentira. Esto no es algo novedoso para el conjunto de españoles. Porque si existe intencionalidad, existe la mentira. Los mentirosos no se mienten a si mismos. Sólo se puede mentir a los otros.

Por tanto, convengamos que los fenómenos en general, y los sociales en particular, forman parte de un proceso dinámico y polisémico. Allí, inevitablemente, se introducen requisitos como la credibilidad de la fuente. Ello, porque en el caso del Partido Popular en especial, y de las restantes fuerzas políticas en diversos casos, usan a la falsedad como práctica habitual. La no amnistía fiscal de Montoro, por ejemplo. La credibilidad gubernamental está en entredicho.


Aún no hay víctimas. Deseo fervientemente que no las haya. Aunque si hubiese sangre en las calles, las consecuencias serían impredecibles y fruto de la impericia política de los actores.


Es así, para mal de todos, que nos encontremos en medio de una confrontación, a mi juicio, que se funda en mentiras y creencias enlazadas de modo tal que no se puede afrontar una resolución satisfactoria, por el nivel del enconamiento al que se ha llegado, fruto de la negligencia de unos y el fundamentalismo de todos. En las tres posiciones que se manifiestan frente a este fenómeno, están los partidos de la Gran Coalición por un lado, léase el Partido Popular, el nuevo PSOE y el Ciudadanos “comodín”. Por otro, la coalición de partidos catalanes independentistas. Por último, la izquierda y centro izquierda, dentro de la que hay integrantes nacionalistas, liderada por Unidos Podemos. Además de éstas, tenemos a un conjunto de españoles que permanecen en la más absoluta inopia, por voluntad propia, o por esa deserción ciudadana que la lleva ser cómplice del poder de turno.

Estamos en presencia de una confrontación que está librando una batalla mediática, con repercusiones mundiales. En tal caso, el aparato gubernamental se empeña a fondo en destacar parte de la verdad, en un gran mensaje plagado de falacias. Si creía que este conflicto le daría rédito electoral, mucho me temo que no ha valorado adecuadamente las consecuencias.

Mentiras y creencias en el caso catalán
Fuente imagen: http://www.publico.es XAVI HERRERO

Aún no hay víctimas. Deseo fervientemente que no las haya. Aunque si hubiese sangre en las calles, las consecuencias serían impredecibles y fruto de la impericia política de los actores. Las dos posiciones enfrentadas deben resignar una parte de sus errores. Asumir su responsabilidad de una salida pacífica, sin la utilización de medios represivos de un alto riesgo para la seguridad de las personas. Porque ocupar las calles catalanas con antidisturbios no es, por el momento, justificable. Excepto, claro, para imponer posiciones.

Aún se está a tiempo. Es el tiempo de moderar las creencias en beneficio de la razón.

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