Faltaban pocos días para que las vacaciones de ese año tocaran a su fin. Amelia sentía pena que se acabaran porque lo pasaba bien con Samuel y él también con ella, pero por diversas razones tampoco en esa ocasión pasarían de ser amigos, muy amigos, casi novios de verano, y todo se quedaría como estaba hasta el verano siguiente.

Después de la partida de cartas y la tertulia, Samuel propuso llevar a Amelia a un lugar especial y poco transitado. A pesar del misterio con el que lo describía, ya no le asustaba, porque había llegado a la conclusión de que Samuel siempre guardaba algo de lo que contaba y el misterio permanecería inescrutable para ella, aunque  hiciera las preguntas más precisas que se le hubieran ocurrido. Samuel dejaba la miel en los labios para que el interlocutor siguiera con la curiosidad bien despierta.

—¿Conoces Monte da Pena? —preguntó antes de encender la moto.

—No —respondió Amelia

—Pues allí vamos. Ya verás, te va gustar.

Le gustaba sorprenderla con temas que ella no conocía. Era importante para él saber que Amelia nunca había estado antes allí.

Subieron por un camino estrecho que parte de la aldea hacia el norte y recorrieron varios kilómetros por pistas forestales. Amelia se aferraba al cuerpo del piloto como si fuera el último viaje que hacía con él. A saber dónde la llevaba esta vez.

Al llegar a una plantación de maíz paró la moto y le indicó que se bajara.

—Ahora iremos a pie un kilómetro aproximadamente, ¿te encuentras con fuerza para caminar?

—Sí, claro, perfectamente —respondió Amelia.

La pista forestal ascendía y la plantación de maíz a la izquierda no dejaba ver la aldea. No sabía Amelia a cuántos kilómetros se encontraban de las casas y tampoco cuál era el propósito de Samuel al llevarla tan lejos esta vez.

Le habló de que el maizal ocupa  el espacio de lo que fue un prado muy productivo que había sido de sus padres, en el que había varias fuentes; le contó que ya no venía por allí desde hacía muchos años y que le recordaba el lugar momentos entrañables de su infancia. En determinado momento apartaron a la derecha por un camino más estrecho.

—Ven, quiero enseñarte el lugar donde deseo que esparzan mis cenizas cuando muera —indicó Samuel a Amelia tomándola de la mano como había hecho otras veces.

Amelia le siguió con curiosidad y no dijo palabra. No había encontrado antes a una persona que hablara de la muerte con aquella naturalidad tan pasmosa. Se pararon en un claro del monte donde había hierba pero apenas matorral. Era un alto desde el que se divisaba gran extensión sin edificar alrededor. Los dos estaban de pie mirando el horizonte en silencio.

—¿Por qué aquí, Samuel?—preguntó al fin Amelia.

—Porque es un lugar del que recuerdo un momento feliz de mi infancia. Aquí podré descansar en paz, y la ceniza se mezclará fácilmente con la tierra.

—Espero que cumplan tu deseo —dijo casi en voz baja, como si no quisiera que la oyera.

Se sentaron en una roca y permanecieron un tiempo en el lugar señalado por Samuel como el cementerio de sus cenizas. No se dirigían palabra ni se tocaban. Amelia se sentía desolada y triste, pero no podía expresar esa tristeza. A quién le importaban sus sentimientos —pensó—.

Fue Samuel quien retomó la comunicación de nuevo para expresarle cuánto sentía que las vacaciones tocaran a su fin, porque lo había pasado muy bien ese verano, como los anteriores, y que esperaba verla de nuevo en la aldea al llegar el mes de agosto.

Amelia tenía la intención de decirle que quizá al año siguiente ya no podría venir, que quizá con los años ya no quiera venir sola a la aldea, que quizá tenga que ayudar a uno de sus hijos con los nietos que son pequeños. Pero nada de eso le dijo. Prefería la incertidumbre al temor  de no volver a verle. Era mejor así, llegar y encontrarle siempre en su casa de verano y pasear juntos sin dar explicaciones a nadie.

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