El día que se bañaron en la cascada de la presa del molino, Amelia ya sabía que Samuel estaba casado, que convivía con su mujer y una de las hijas para aparentar normalidad. Él esperaba algo más de la vida, así se lo había expuesto en una de las sobremesas después de la partida de cartas. Pero las aspiraciones de Samuel le parecieron a Amelia de carácter espiritual, más que mundanas. Su cortesía, su amabilidad y su paciencia señalaban el camino de un noviazgo, pero habría que esperar acontecimientos.

Cuando le propuso esa mañana ir al río y bañarse antes de comer, ella no lo dudó porque ya confiaba bastante en su vecino pues se había mostrado contenido y atento. No podía pensar mal porque todos los indicios le marcaban como una persona en un cuerpo y que el cuerpo era lo de menos para él. Sin embargo a ella le atraía, y desconocía si él lo sabía.

Fueron en moto, y con facilidad avanzaron por el sendero transitado por los pescadores, pero llegaron a un lugar en el que que el camino se presentaba intransitable porque estaba invadido por la vegetación salvaje. Samuel fabricó de una rama casi seca un cayado que le sirvió para abrirse paso entre el matorral hasta alcanzar la rivera donde estaba la presa y la pequeña catarata. Amelia le seguía en silencio y se dejaba guiar por la mano de Samuel, que la agarraba unas veces con fuerza y otras con delicadeza.

Al llegar al borde del río se quitaron la ropa observándose uno al otro. Samuel iba delante y Amelia hacía los mismos gestos que él. Cuando él se quedó en calzoncillos, ella se dejó las dos prendas íntimas. Después, agarrados de la mano, caminaron por el agua descalzos esquivando los cantos rodados. Él jugó unos instantes a capturar con sus manos una trucha que parecía no tener miedo a nada y que permanecía quieta entre las piedras mirando en dirección contraria a la corriente del agua.

Cuando alcanzaron el chorro de la catarata dejaron caer el agua por sus cuerpos. Amelia cerró los ojos y no pudo ver nada durante un momento que se le antojó eterno y placentero. Sabía que Samuel estaba a su lado porque no le soltó la mano, pero no pudo ver cómo la miraba. El momento fue inolvidable para Amelia. Creyó que después de tomarla de la mano para guiarla por el río hasta la cascada vendría un beso apasionado, pero no fue así. Él apartó su cuerpo del chorro sin soltarle la mano, pero aprovechó su abandono para mirar a Amelia absorta bajo el agua, que caía limpia y fría por su cabello, sus hombros, sus caderas y sus piernas. Cuando ella abrió los ojos, lo primero que vio fue la cara de Samuel sonriéndole y esperándola. En esta situación, sin dejar de tomarla de la mano, le hizo una señal de regresar a la orilla.

—Hemos recibido el baustimo, ¿sabes?—dijo Samuel mientras caminaban de nuevo entre los cantos rodados—.

—El río Jordán es muy bonito, sí —respondió ella desconcertada. Esperaba un beso y no se lo dio. Tendría que descubrir qué clase de relación era la que comenzaba a tener con aquel hombre que ya le atraía—.

No podía esperar más tiempo en silencio. El baño predispuso a Amelia a las preguntas y se atrevió a plantear

—¿Es así el bautizo o la iniciación en masonería, Samuel? Cuéntame algo de eso.

La masonería es un lugar de crecimiento personal con ceremonias, ritos y símbolos. La persona que quiera entrar debe pasar una serie de pruebas en las que se constata si el que llega al grupo es una persona libre y de buenas costumbres. La iniciación es un momento mágico que el masón no olvidará jamás.

Se hizo un silencio. Amelia tenía que pensar en lo que acababa de escuchar. Se vistieron la misma ropa que habían dejado en el borde del río sobre la mojada que llevaban puesta. No parecía importarles nada. Amelia hizo el camino de vuelta hasta alcanzar la moto escuchando el canturreo de Samuel. Su voz ocupaba todo su pensamiento. No había pasado ni futuro, todo era presente y todo lo abarcaba la persona que la tomaba de la mano de regreso a casa después de aquella idílica visita a la catarata del molino.

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