Vacaciones de agosto IV

Hasta aquella ocasión en la que fueron al pueblo el día de la fiesta, Amelia pensaba que nadie se había enterado de la relación de amistad que cada día se estrechaba con Samuel. Fue llegar a la verbena y encontrarse de bruces con John y Carla. Amelia quiso presentárselos como sus amigos de verano, pero ya se conocían.

Había entre ellos tres miradas de complicidad. Quizá era ella la última en enterarse —pensó—. Se quedó de nuevo desconcertada. Estaba en una aldea olvidada para encontrar la tranquilidad y parecía que la llevaban y traían como un juguete.

Mientras John y Carla hablaban con Samuel, Amalia hizo un recorrido mental en el tiempo. Intentó recordar qué día había salido con la pareja a pasear por la tarde, pero no lo conseguía. Las últimas jornadas las había capitalizado por completo Samuel. Se dio cuenta de que no había salido a pasear con sus amigos desde hacía más de una semana, ¿Dónde se habían metido? —se preguntaba—. Quizá, incluso, fue ella la que no apareció a la cita, que ya tendrían concertada de un día para otro.

En estos pensamientos estaba cuando Samuel la toma por los brazos para invitarla a bailar en medio de aquel gentío, como ya lo estaban haciendo John y Carla a su modo. Se dejó llevar. Intentó no perder el paso que le marcaba la música y, sobre todo, su compañero de baile. Sentía sus mejillas rojas y acaloradas por el momento tan desconcertante. No fue difícil para ella adaptarse a la situación. Había bailado desde muy niña en las verbenas de su pueblo y parecía que Samuel, también.

Amelia estaba segura de que si no se hubieran encontrado con sus amigos, Samuel no bailaría con ella esa noche. No se atrevería a tanto. Un baile es ya un juego comprometido para un hombre que dice estar casado y disimular tan bien y durante tanto tiempo que no soporta a su mujer ni vivir en la misma casa que ella.

Deseaba a aquel hombre con el que bailaba esa noche en la verbena pero no estaba segura de si el deseo continuaría más allá de aquel flirteo que no le comprometía.

De vuelta a la aldea Amelia volvió a sentir la pierna de Samuel rozando contra su rodilla mientras este conducía la moto. Ella le abrazó con seguridad para no caerse, pero algo le indicaba que aquel acercamiento no evolucionaría como era de esperar. No debía hacerse ilusiones y, sin embargo, allí estaba viajando bien agarrada al hombre que deseaba sin que él lo notara.

Como si Samuel leyera  el pensamiento de Amelia, aparcó la moto en la puerta de la casa de su acompañante y le preguntó si le parecía bien que hablaran un momento.

En la mesa de la cocina estaban sobre el mantel las cartas con las que habían jugado esa tarde y las tazas de café sin recoger.

Los dos querían aclarar cosas pues, a pesar de que se veían casi todos los días a la misma hora, Amelia no había tenido la ocasión de hablar sobre su situación personal. No había tenido ocasión, o quizá esquivó las preguntas, o las preguntas no fueron directas y ella se desentendió de sus temas personales para centrarse en los de Samuel.

—Me apetece un colacao bien caliente con unas galletas, para dormir, ¿a ti también? —preguntó Samuel con cara de admiración hacia Amelia.

—Sí, creo que es una buena idea. Ya caliento la leche y aquí están las galletas —resolvió Amelia solícita.

—¿Sabes por qué no me divorcio, Amelia? Porque así puedo ayudar mejor a mi hermana Catalina. Ella sí está divorciada y con hijos y si yo lo hiciera también, la dejaría a ella desprotegida. Creo que le soy de ayuda desde una posición de fuerza, y la posición de fuerza la tengo si sigo casado, aparentemente —soltó de repente Samuel, como si supiera que Amelia estaba esperando una aclaración sobre su indecisión.

—Vaya, me sorprendes  —respondió Amelia desconcertada una vez más.

Esa noche tuvo ocasión de contarle a Samuel cuánto había querido a su esposo, lo felices que fueron en su matrimonio y lo desolada que quedó cuando él falleció.

Para qué hablarle de lo difícil que es para ella cubrir el hueco que deja la soledad. No lo comprendería. Samuel no tiene una mujer, tiene tres —pensó Amelia—. Tiene a su mujer y su historia, tiene a su hermana y a los hijos de esta, y me tiene a mí. Es un hombre disputado. Para qué hablarle de mis anhelos. Los conocerá bien, seguro.

Al terminar la velada se despidieron con un beso en las mejillas y la promesa de hacer al día siguiente una excursión especial.

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