Una pequeña reflexión

Temor a decir lo que pienso. Creo que a todos más de alguna vez nos ha pasado. Esa sensación de inseguridad frente a una situación o una persona que nos impide movernos o decir lo que pensamos. A veces acompañada de un ligero nerviosismo, la sensación de una descarga eléctrica recorre nuestro cuerpo, la mente en blanco seguida de un constante movimiento de los ojos y para finalizar un ligero sudor helado se posesiona de nuestras manos y nos impulsa a hablar más rápido de lo normal o sencillamente nos enmudece. A parte de estos signos, yo por ejemplo, me paralizo, balbuceo palabras sin sentido aparente, bajo la mirada y siento que el corazón me golpea el pecho con cada latido.

Una vez reconocidas las señales y obviamente con el paso de los años aprendemos a controlarnos. En mi caso no es así, lastimosamente, con el correr del tiempo cuando me encuentro en una situación similar automáticamente enmudezco y prefiero callar lo que pienso, evitando así entrar en conflictos innecesarios. Sobretodo cuando quiero expresar mis ideas. El paso de los años y algunas circunstancias de la vida me cancelaron ese deseo inherente a mi personalidad de expresar mis ideas. Algunas veces tengo que estar verdaderamente enojada para manifestar mi opinión, algo que en mis años de juventud me venía espontáneo. Indistintamente de con quien hablaba dejaba firmes mis ideas. Si las compartían o no, ese no era el punto. El respeto por mis ideas era un principio que me hacÍa diferenciar del resto de las personas que me rodeaban.

En los años ochenta, no obstante, mi país Honduras vivía un momento delicado en su historia. Los tentáculos de la represión  se dejaron sentir amenazando con callar a un pueblo que disfrutaba de una recién nacida democracia. Yo me iniciaba en una lucha en pro de la defensa de los derechos de los trabajadores, como parte del sindicado de la institución en donde trabajaba.

No obstante la escasa formación de base sindical, contaba con mis ideas bien precisas en cuanto a la defensa de los derechos de los trabajadores, haciendo prevalecer en igualdad de condiciones derechos y obligaciones. Junto al resto de los miembros de la junta directiva sindical,  instintivamente me orientaba, teniendo en mano la brújula que me indicaba el camino a seguir hasta lograr la consecución de las pequeñas batallas que se presentaban. No pensaba en otra cosa que trabajar por y para la organización sindical.

Poco a poco y luego de algunos estudios en este campo logré una formación que me permitió consolidar en ese momento, lo que consideraba mi filosofía de vida: la defensa de mis derechos y del resto de los miembros de la organización. Recuerdo la primera huelga en la que participé, duró pocos días, al máximo cuatro. Me dediqué por completo a la lucha, tanto era así que me tomaba el tiempo justo de ir a casa para un cambio de ropa.  Sentía que era un deber permanecer día y noche dentro de las instalaciones de la institución. No quería perderme nada, absolutamente nada de todo lo que sucedía alrededor de nuestra lucha. Reuniones con líderes de la federación de trabajadores a la que pertenecíamos, con los miembros de la comisión de la institución en donde trabajaba, funcionarios del Ministerio de Trabajo y lógicamente, tratándose de una huelga no podían faltar los periodistas.

Este fue mi primer contacto con periodistas, de quienes poco conocía. Algunos de ellos trabajaban en las emisoras principales del país, los reconocía sólo por su voz. Otros me eran familiares por su trabajo en uno de los cuatro medios impresos, que a diferencia de los otros tres era de tendencia izquierdista, es decir, en favor del pueblo, que en ese momento significaba ser enemigo de la mano del poder, enemigo del gobierno.

La huelga terminó logrando los puntos importantes que motivaron la misma y yo me sentí importante. Esa lucha de pocos días me dejó grandes enseñanzas. Conocer más sobre los derechos laborales, cuándo y cómo iniciar una huelga, que a pesar de ser un derecho de los trabajadores no era que se realizaba al azar, para llamar la atención o utilizarlo para lograr beneficios personales. Aprendí que el arma principal de lucha son las ideas y que cuando se tiene la razón se debe combatir hasta vencer.

Obviamente, en ese momento desconocía que las ideas cambian conforme se promueven los cambios a nuestro alrededor y que con el devenir de los años cambiaría yo misma. También ignoraba que ese primer contacto con periodistas marcarían mi siguiente paso profesional.

Pocos años después me inscribí y concluí mi carrera universitaria, incursioné en el campo periodístico con escasos sucesos. Algo en mi cambió mi idealismo juvenil, y en el plano laboral simplemente me sometí a seguir instrucciones de mis superiores. Obviamante alguno de ellos vio en mí una chispa de esa fuerza interior, solo que envuelta en la batalla por sobrevivir di paso al temor, permitiendo que la vorágine de la vida me atrapara completamente y al final esa pequeña chispa se esfumó.

Quizás esa chispa no se habría desvanecido si mis ojos no se hubieran abierto, dando paso a una realidad diferente de la que viví en mis años juveniles. Estaba de  la otra parte, era una periodista y como parte de mi trabajo cubrí por algún tiempo las organizaciones sindicales. Todo era completamente diferente.  La idea que tenía sobre la lucha de los trabajadores se había transformado en beneficio personal para unos pocos, al menos en mi país, que es la experiencia que conozco. Vi que muchos dirigentes dejaron de usar el autobús para conducir autos modernos, abandonaron sus modestas viviendas y se trasladaron a zonas residenciales donde el acceso era restringido y exclusivo a las clases privilegiadas, cambiaron el aroma del sudor del trabajo diario por lociones que a su paso dejaban una estela de “hombres importantes”.

Es difícil aceptarlo, una lucha tan noble, tan desinteresada dio un giro que aun me cuesta asimilar. Traficar con los derechos de quienes depositan su confianza anhelando solo respeto a sus conquistas… es inanmisible para mí.

Mi temor a decir lo que pienso tiene un origen, y conociendo bien las consecuencias, prefiero continuar a sentir esa pequeña voz interior que me indica cuando detenerme. Prefiero escuchar las señales de las que hable al inicio. La sensatez del paso de los años ha dejado atrás la valentía juvenil dando paso a un silencio que oprime dejando un hilo de sabor amargo.

No obstante, y como todo esta sujeto a cambios, seguramente en un futuro no muy lejano se renueven las ideas, y nuevos líderes dejen escuchar su voz defendiendo la clase trabajadora de mi país, que hoy más que nunca necesita de rostros jóvenes que impulsen a la nación, cimentando las bases de un cambio real en pro de las grandes mayorías, en beneficio de la clase trabajadora, con la firme convicción de mantener el respeto a los derechos laborales… un prinicipio no negociable.

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