Una mañana cualquiera en la sierra

Entre un ejército de nubes despuntan los primeros rayos de luz anunciando el amanecer.

El cielo, no obstante, está oscurecido y sin brillo. Los pinos dejan caer pardas acículas sin ánimo, al compás de ese día gris, lleno de tristeza. La desesperanza impera en el reino natural. El rocío impregna el bosque conífero, pero en él es más perceptible el olor a sangre y muerte. Tumbado sobre un claro entre un grupo de esos árboles yace inerte el cuerpo de un ciervo. Cerca, muy cerca, una estructura foránea al lugar, una edificación pétrea que trata de mimetizarse con éxito entre el paisaje se irgue amenazante e inamovible. En su interior, desde hace tres días acuden durante horas para hacer guardia dos hombres; uno experto en el rastreo, otro ignorante de todo aquello. Ambos ansiosos, deseosos. Los dos personajes se resguardan tras las paredes de la construcción para ocultar su aliento perenne a embriaguez nocturna, a peste humana y comodidad. Soportan el frío ante la promesa de lograr perpetrar impunemente un asesinato eminente. Están acechando a un ser que lleva tres días esquivando su trampa; una criatura de una astucia sin igual, un fantasma sin rastro que aparece y se alimenta cuando ellos no están, para desaparecer cuando regresan.

La luminosidad comienza a hacerse evidente y una pareja de cuervos posan sus patas sobre el cadáver. Parece que van a introducir sus gruesos picos en las entrañas del animal, pero dudan. Sienten la podredumbre; son carroñeros y conocen que el agudo aroma del fiambre no es el foco del hedor. No pueden olerlo, pero lo intuyen. Con todo, finalmente, dan unos cuantos picotazos, cada vez más rápidos, hasta conseguir penetrar a través de la mata de pelo. Los dos rescatan carne helada, aunque carne al fin y al cabo. En el habitáculo, el celador llama a la paciencia al ansioso cazador que quiere acabar con una vida. Lo anhela. Lo necesita. Debe satisfacer su orgullo ganado en cada cacería desde refugios que le resguardan de todos sus complejos. No puede regresar a la gran ciudad y hacerlo sin la medalla que otorgan sus cañones al arrebatar su fuerza para siempre a una criatura salvaje, mucho más si se trata del más legendario y complejo depredador de la Península Ibérica. Sus socios y amigos se reirían de él. Su honor se vería mancillado, al igual que su cartera; ha pagado una suntuosa cantidad por disparar a tiro seguro contra la bestia. Y aún así todavía se pregunta cómo, a escasos diez metros del cuerpo del ciervo -el cebo-, con un engaño que despistaría al explorador más experto, el lobo es capaz de burlarse de ellos. Es imposible. ¡Diablos son diez o quince metros, estamos ocultos desde hace días, le hemos puesto carroña y aún así desconfía! ¡Una alimaña no puede ser tan inteligente!, piensa contrariado.

Mientras observa con desprecio como los dos córvidos -a los que con gusto eliminaría- desayunan a su costa, recapitula acerca de esos días que ha perdido ahí escondido. Llegó desde la urbe a este molesto paraje dejado de la mano de Dios tras cuatro horas de viaje. No conoce ni quiere conocer este lugar ¿para qué?, cavila. Tres días de hotel, dos noches pegado a la botella de vino escuchando certezas del trabajador público que debía guiarle a matar a ese cánido. Y nada. El celador le dice que tarde o temprano aparecerá, pero él, allí, en esa fastidiosa espera, que se alarga más de lo imaginable, empieza a dudar de su éxito. Yo solo quiero disparar, ahí, a unos pasos y coger la cabeza de ese fiero animal para ponerla en mi despacho. ¡¿Acaso es tanto pedir?!, medita molesto. El tiempo apremia, debe regresar a sus obligaciones mundanas. Siente rabia, no está acostumbrado a esperar. Silencia cada dos por tres al celador que trata de amenizarle la espera relatándole la riqueza de aquella tierra, de su fauna y flora, de la cultura de sus gentes…y Dios sabe que patrañas más ¿Qué sé yo de este lugar y que me importa?, le responde.

Y cuando sus esperanzas parecían volar con el gélido aire matutino, asoma la víctima. Primero aparecen entre el follaje sus ojos ambarinos, casi achinados, la boca abierta. Huele el aire, pero es precavido. Otra vez más. Es un macho joven, que observa una y otra vez antes de entrar a olisquear la presa. No le gusta la carroña, prefiere cazar. No obstante, al final cede a la curiosidad. El cazador lo tiene a tiro certero, nueve u once metros. No se puede fallar. Más el celador, conocedor del animal le dice que espere, que aún está por llegar el plato fuerte. Tras esperar otra media hora aparece el resto del grupo. Y el macho alfa. De mirada penetrante. Orgulloso. Listo. Toda la manada depende de él. Él fija cuándo y cómo. Su cabeza es grande y oscura. Un ser magnífico piensan los dos hombres. Majestuoso. De una belleza única. El resto no le van a la zaga, pero el cazador ya ha fijado su capricho. Quiere amortizar el dinero invertido… Y todo acaba en un segundo, sin posible escapatoria. La vida de un superviviente que ha mantenido a su familia día tras día, se va por un antojo. Una gloria de creación natural que ha sobrevivido a los rigores del hambre y el tiempo, cae por una apetencia… El sonido del disparo rompe la armonía del bosque y la manada corre, mirando atrás, triste y desorientada. Saben que uno de los suyos ha muerto. Saben que las penurias, los ciclos por los que han pasado, los aprietos contrarrestados, las dificultades que han superado, ya no valen. Tendrán que empezar de nuevo. Sienten el miedo instaurado en su cuerpo. Corren raudos, lo hacen lo más veloz que pueden hasta que los pulmones les abrasan y sus corazones no pueden palpitarles a más velocidad. Se paran, tras infinitos minutos, y se hace el silencio. La desolación. Por un momento recuerdan todo lo que han sido, y al segundo son conscientes de que el ser humano está ahí fuera. Escondido. Siempre al acecho. Persiguiéndoles sin cuartel e intentando exterminarles.

Y así acaba una mañana más en la sierra, con un conocido empresario madrileño satisfecho con su cacería, con su hazaña. Regresará rápidamente a su mundo en su coche de alta cilindrada. Sabe que podrá repetir tantas veces como quiera este acto ya que al fin y al cabo las leyes las hacen sus amigos y sus colegas de montería. El celador, que vio evolucionar a la manda durante años, también se va contento, el espectáculo lo merecía, no en vano son alimañas. Ambos, rifle en ristre observan como los lobos restantes siguen corriendo durante kilómetros, presa del pánico. Miran como ascienden la montaña disgregándose, tratando de encontrar un refugio seguro…

…Con la única certeza del estruendo de los disparos, cuatro amantes de la naturaleza, dos hombres y dos mujeres, lejos de allí, recogen en un triste mutismo compartido, tras horas de espera, sus telescopios, saben que no podrán ver al lobo, que no podrán ver ciervos ni jabalíes, ni siquiera corzos o zorros, que no podrán disfrutar del silencio de observar la naturaleza y regocijarse con sus colores y sonidos porque quienes no la sienten, quienes no la aman, quienes tratan de hacerla suya, quienes no respetan el equilibrio natural lo han vuelto a quebrar dejando a aquélla huérfana. Una vez más.

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