Una llamada a nuestra consciencia

Seguimos una línea que poco o nada dista de una cada vez más estrecha calzada repleta de señalizaciones, todas harto visibles, que delimitan los espacios desde los que nos está permitido observar el paisaje. Esta carretera es homogénea pero recorre múltiples lugares, a cual mas intrigante y apetecible dependiendo de lo intrépido del explorador. Dentro de su asfalto existe un orden deducible bajo el cual caben infinitas posibilidades, o al menos es lo que pensamos sus utilitarios. Así, tan acostumbrados como estamos a discurrir por esa línea, son solo los segmentos verdaderamente abruptos en la misma los que nos permiten detenernos y mirar desde otro ángulo, como escondidos tras un arbusto que linda con esa universal  travesía. Y de hecho es con estas repentinas violaciones de la normalidad, ya sea por innata sensibilidad capaz de abstraernos por minutos y con cierta cadencia o por una pérdida irremplazable, cuando nos vemos estancados y apartados contemplando lo irracional de semejante ritual mantenido por la mayoría. Entre ésos lapsos sentimos las infinitas posibilidades de lo inesperado y minimizamos el valor de todo aquello tasado o preconcebido. La totalidad se interrumpe, pierde ritmo y, finalmente, somos libres. No obstante, dada la fugacidad de estos guiños de lucidez, la voluntad del individuo juega siempre un papel clave; varios optan por aferrarse a esa escabrosa clarividencia y remover consciencias; otros muchos cierran los ojos esperando que la inercia obre hasta regresar al itinerario prefijado.

Cuando la capacidad está ahí y solo necesita de una exploración para sacarla a la luz y permitir que se manifieste, resulta demencial renunciar al potencial del individuo como motor del colectivo. Y es por eso que se invierten excelsos esfuerzos en nublar la acción de la conscienciación, porque el recuerdo y la imaginación son incontrolables. Porque es rentable cobrar un peaje y no lo es permitir que se llegue al mismo punto desde carreteras secundarias. Ahora deseamos ver a dónde vamos y llegar lo antes posible. Desechamos las sorpresas y lo que es peor, las subestimamos. ¿Acaso hemos olvidado los puntos intermedios? Siempre es más complicado utilizar rutas alternativas que exigen esfuerzo, paciencia y creatividad. Pisar sobre caminos desconocidos requiere eliminar el miedo. Pero, ¿acaso no son más memorables los viajes que cuentan con anécdotas y experiencias inesperadas acaecidas a cada paso de los senderos desconocidos que surcamos? Siendo así, ¿por qué las rechazamos? Vivimos en la mentalidad de lo familiar, y renegamos de todas las puertas que den a lo desconocido o lejano, llevándonos en definitiva a un egoísmo degenerativo que nos empobrece como individuos y como especie.

Llegado a éste escalón y si me permiten enfocar mi punto de vista desde la crítica a la parcela del sujeto, cada uno de nosotros podríamos cerrar los ojos y ver qué tiene que ofrecernos la humilde visión del entendimiento al mundo del ser contiguo, sea éste de cualquier índole. Necesitamos escuchar qué viento nos encandila más, seguir sus pasos y ver a dónde puede llevarnos, ya sean luchas distantes que engorden en suma la placidez de nuestra alma, o a pequeñas peleas cercanas y constantes que alimenten nuestro espíritu polinizando a su vez en sensatez a cuantos hayan perdido o renegado de ella. Desconfíen de las promesas y de los buenos precios, de la eficacia y la valía que es distinguible a simple vista, de una apariencia embellecida por rasgos artificiales.

Y es por eso que el acto natural de experimentar la compasión y empatía es silenciado sistemáticamente, a diario, no hablo de un paternalismo populista y pretencioso, sino de una esencia interior innata e innegable que nos empuja a indignarnos por instinto contra las injusticias –refiriéndome a esa ecuanimidad universal y ancestral- y a defender los bienes intrínsecos e inherentes. Desde mi punto de vista y lejos de caer en el tópico, la única carretera con promesas de alcanzar cierta plenitud es la que permanece esperando en un lugar recóndito de nuestra mente, posiblemente desde nuestra infancia, que como original e inocente presentimiento nos asegura vivir la búsqueda de nuestro sueño.

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