Una democracia nietzscheana: política y comunidad en Jean-Luc Nancy
Fuente: http://www.monsieurpaparazzo.com/

El ser es conjunto, y no es un conjunto.

Ser singular plural, Jean-Luc Nancy.

Se trata de un oxímoron provocativo, ¿cómo sería posible conjugar el individualismo nietzscheano con la apuesta radical por la convivencia igualitaria que sostiene la democracia? La mención a Nietzsche suele ser un tabú, una zona de oscuridad a la hora de reflexionar sobre la convivencia o la democracia.

Ello se debe a un enfrentamiento entre los lectores que no quieren pensar en profundidad la articulación comunitaria que sí puede encontrarse en Nietzsche, y los lectores que, gracias a una lectura rigurosa y profunda, se han encontrado con un autor que, en sus arriesgadas reflexiones, apunta todas sus flechas contra la conversión del individuo en masa anónima –sin caer en liberalismos–, y lo encomienda al enfrentamiento con la verdad.

Esta provocación que esboza Jean-Luc Nancy (Burdeos, 1940) en La verdad de la democracia (Amorrortu, 2009) apunta, sin embargo, a otro problema: ¿cómo ha sido la transformación de la democracia en función de las definiciones más políticas de una posible “naturaleza humana”? La pregunta puede retomarse en su viceversa: ¿cómo ha cambiado la naturaleza humana en función del avance democrático?


Tal vez uno de los grandes errores haya sido identificar los deseos del humano con la necesidad de convertirlos en la estructura, en lo que debe ser un humano.


Las grandes obras de la filosofía política, a partir de las cuales se ha ido gestando ese sustrato esencial de la democracia que es la convivencia humana y sus bondades y conflictos, suelen partir de una definición del ser humano.

Esta definición funciona como la estructura de vigas de acero de un edificio: una vez plantados sus cimientos y los elementos de soporte de la construcción posterior, la forma queda determinada por su estructura.

Así, se diría que la definición de lo que sea que es o debe ser un humano (y este conflicto entre lo que es un humano y lo que debe ser es uno de los fundamentos de la institucionalización de la ley), ilumina al teórico y justifica sus pensamientos posteriores.

De ahí que, en filosofía, se busquen las esencias de las cosas, ya que tienden a utilizarse como el plano de obra de todo su desarrollo teórico posterior. Al encontrar esta especie de definición originaria del humano, la filosofía política solo tiene que seguir el plan de obra que cumpliría con los anhelos que se dejan leer en esa esencia humana.

Cabe aclarar, esto no quiere decir, ni mucho menos, que se parta del individuo solitario (al estilo Robinson Crusoe) para definir una estructura política basada en esa definición (tal y como solemos encontrar en los teóricos liberales).

La búsqueda y reflexión de esa esencia indaga en las condiciones actuales y pasadas del humano, y trata de identificar y registrar sus resistencias y sus deseos, y la forma en que éstos se hacen permanentes en una determinada época y cultura. El planteamiento no parece incorrecto, hay que conocer bien al ser humano antes de dictaminar cómo debe ser, para saber, precisamente, cómo dicen sus comportamientos que desea ser.


La democracia y su forma estatal parecen planteadas como un contrapeso de la libertad individual


Tal vez uno de los grandes errores haya sido identificar los deseos del humano con la necesidad de convertirlos en la estructura, en lo que debe ser un humano. Pero es algo que queda bien, una teoría política que culmina casi siempre en máximas: “El hombre es un lobo para el hombre”, “El hombre es naturalmente bueno, es la sociedad la que lo corrompe”, “El hombre es un animal, el cual cuando vive entre los de su especie necesita un señor, pues ciertamente abusa de su libertad con respecto a sus semejantes”.

Podríamos citar muchas más, y para aquellos que quieran seguir a un filósofo mientras aplica el plan de obra de una esencia humana, ahí está Kant y sus Ideas para una historia universal en clave cosmopolita.

Lo que debe destacarse es esa insistencia de los grandes teóricos de la política en fundamentar sus construcciones a partir del motivo “El hombre es…”. Pero, ¿qué pasa si suspendemos todo conocimiento sobre lo que “es”, aquí y ahora, el humano?, ¿seríamos capaces de definir y justificar la necesidad de un sistema democrático sin tomar como punto de partida alguna naturaleza humana?


Si hay un deseo democrático, este ha de involucrar la comprensión de la libertad como algo conjunto, algo compartido entre todos los que forman parte de una misma comunidad cultural, religiosa o geográfica.


Las más de las veces, la democracia y su forma estatal parecen planteadas como un contrapeso de la libertad individual (así Hobbes, por ejemplo). De alguna manera, “la” libertad se equilibra diluyéndose en “las” libertades (solo en la forma plural de “las” libertades se justifica la necesidad de deberes y derechos del ciudadano, es decir, solo al considerar al humano como comunitario se fundamenta la necesidad de un sistema democrático –y ya se ve cuán dependiente es la teoría política de una definición de cierta esencia humana–).

Pronto, el concepto se vuelve más problemático y paradójico que nunca, ¿cómo articular mi propia libertad personal si debo compartir el mismo espacio geográfico y cultural con otros seres también libres?

Si hay un deseo democrático, este ha de involucrar la comprensión de la libertad como algo conjunto, algo compartido entre todos los que forman parte de una misma comunidad cultural, religiosa o geográfica.

En este sentido, la democracia involucra una transformación de la naturaleza humana, en la medida en que sitúa al ser humano en un horizonte de convivencia, en el que todos los deseos, deberes y derechos son algo común, que se posee de nacimiento, pero de un nacimiento muy específico, referido a la pertenencia a determinado país, religión, etc. De forma que, aun en la definición más benévola del ser humano, como un ser comunitario y entregado a la convivencia con los demás, nos encontramos un problema fundamental: la pertenencia y su necesidad de delimitar a los nuestros de los otros.


El gran problema de las democracias actuales y pasadas es su dependencia de una esencia humana, de una naturaleza que trata de definir lo que puede o debe ser el hombre (parece casi una cuestión de previsión de riesgos).


Nacemos en un determinado nos/otros, es decir, en una determinada definición, amparada cultural, política, económica y, todavía, religiosamente (no hay que olvidar uno de los sentidos de la palabra religión, re-ligare), y una definición, como tal, necesita límites. El problema es saber distinguir entre los nuestros y los otros, así como de qué manera seríamos capaces de aceptar que los otros puedan unirse a nosotros.

En este punto, la definición de naturaleza humana que consideremos será determinante: si sospechamos de los nuestros, porque somos hombres-lobo entre nosotros, ¿cómo vamos a fiarnos de algunos que ni siquiera han nacido en nuestra comunidad? Y, sobre todo, ¿cómo vamos a aceptar a una cultura que ni siquiera comparte algunos de nuestros ideales morales más determinantes? De hecho, esta pregunta es determinante, sobre todo en su forma más simplificada, ¿cómo vamos a aceptar a algunos que ni siquiera se parecen a nosotros?

El gran problema de las democracias actuales y pasadas es su dependencia de una esencia humana, de una naturaleza que trata de definir lo que puede o debe ser el hombre (parece casi una cuestión de previsión de riesgos).


El destino de la democracia no puede ser que todos seamos lo mismo, sino que todos seamos, unos junto a los otros.


De ahí que Nancy, cuando asume la osadía de hablar de una “verdad” de la democracia, destile la posible esencia de este concepto y se “encuentre” con que la democracia, en su realización, no puede depender de una naturaleza humana definida (de hecho, Nancy, como Mouffe, considera que no hay una naturaleza humana).

Si estuviésemos obligados a definir una “naturaleza humana” según Jean-Luc Nancy, nos encontraríamos una definición que escape de las tensiones entre los nuestros y los otros, para Nancy, humano es sinónimo de común, de algo que no es absolutamente singular e individual, ni totalmente plural (ello da nombre a uno de sus libros más importantes, Ser singular plural).

En síntesis, Jean-Luc Nancy busca una definición sin límites, es decir, una definición que no sea definitiva, puesto que dibujarle un destino o unos límites al ser humano, a la especie en sí misma, siempre dejará a alguien fuera, excluido por razones culturales, de raza, de sexo, de religión, de economía.


La provocativa mención de Jean-Luc Nancy respecto a una democracia nietzscheana apunta, en sus propias palabras, a una «aristocracia igualitaria».


Si planteamos un anhelo democrático universal, pero ese anhelo no es más que una serie de requisitos para formar parte de los que pueden y deben desear la democracia, estaríamos haciendo lo mismo de siempre: extrapolar nuestras situaciones y condiciones al resto, a los que solo les quedarían dos opciones: creer e integrarse, o reventar. El choque de civilizaciones se disuelve en una compresión de la convivencia humana en la que no hay requisitos para ser considerado humano, sino que lo humano es lo común, en donde todos reconocemos que somos, al menos, un poco extranjeros, un poco sin papeles para los demás.

Nietzsche sostenía que debemos llegar a ser lo que somos. El gran conflicto nietzscheano es que la voluntad de poder necesaria para ello tendrá que chocar con los demás, que también querrán llegar a ser lo que son.

El gusto de Nietzsche por la aristocracia se debía precisamente a que encontraba en ella una figura entregada a su anhelo por llegar a ser lo que se es, y que ese ímpetu le integraba al grupo de los mejores, así como el reconocimiento de los no tan mejores. La provocativa mención de Nancy respecto a una democracia nietzscheana apunta, en sus propias palabras, a una «aristocracia igualitaria».

La paradoja es incluso simpática, pero su articulación no es tan compleja como parece: se trata de reconocer entre todos, como algo común, la posibilidad de todos y cada uno de llegar a ser lo que somos, y no lo que nosotros queremos que sean, aunque sea para integrarlos.


Jean-Luc Nancy dice también que la comunidad es una tarea, no una meta, y nuestra tarea es comprender que la comunidad no es una imposición, y que nunca habrá comunidad (ni democracia) si pretendemos que los otros simplemente se parezcan a nosotros, que dejen de ser tan otros, y sean un poco menos suyos y más nuestros.


No habrá democracia real hasta que no logremos separarla de esta necesidad de distinción entre los nuestros y los otros. Tal vez sea ese anhelo el espacio que mantiene juntos los dos bloques enfrentados en la palabra nos/otros:

«Si la democracia tiene un sentido, debe ser el de no disponer de ninguna autoridad identificable a partir de un lugar y un impulso diferentes a los de un deseo –una voluntad, una expectativa, un pensamiento– en el cual se exprese y se reconozca una verdadera posibilidad de ser todos juntos, todos y cada uno de todos

Asumir un postulado como este implica necesariamente que el destino de la democracia sea realizarse en lo comunitario, en la idea de que partimos de una base común, el hecho de ser humanos (pero también, seres sintientes, seres sufrientes, que quizá sea la base más incontestable para una universalidad humana y animal, como supo ver Bentham). Frente al capitalismo de la equivalencia, un comunitarismo (por no llamarlo comunismo, que sería lo propio) que no nos iguala por medio del patrón oro o euro, sino que asume la imposibilidad de cerrar el círculo entre los nuestros y los otros, porque lo único nuestro es el destino común, unos junto a los otros.

Jean-Luc Nancy dice también que la comunidad es una tarea, no una meta, y nuestra tarea es comprender que la comunidad no es una imposición, y que nunca habrá comunidad (ni democracia) si pretendemos que los otros simplemente se parezcan a nosotros, que dejen de ser tan otros, y sean un poco menos suyos y más nuestros.

El destino de la democracia no puede ser que todos seamos lo mismo, sino que todos seamos, unos junto a los otros.

Obra: “Ronda nocturna” (2009). Técnica mixta sobre papel. Santiago Caneda Blanco.

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