Un grito desesperado

“Allá, en aquel rincón, lejos de tu sofá, más aún de tu vida, más si cabe de tu tiempo neutro; me hallo yo, en mi suelo, en la tierra que me vio nacer. El lugar en el que crecí. Y no paro de correr porque a mí alrededor todos quieren acabar con todo lo mío. Pero eres tú, encarnado en la sombra de un fusil. Enmascarado bajo el brazo metálico que siega los troncos que emanan del suelo. Con el humo que desprenden tus labios muertos inundas mi espacio, matas a mis ancestros e incendias mi vida. Pero… ¿por qué? ¿Qué te he hecho yo para que me odies con tanta ansia? ¿Por qué acabaste con mis padres y ahora les pisas en tu salón? No reconozco el rostro fiero y pétreo que le habéis dibujado. Su calor aún perdura en mi vientre.

Ahora estoy aquí, oliendo el pútrido olor del progreso, ese ente que minimaliza vuestros sentidos hasta arrastrarlos a existencias miserables que están dirigidas y mecanizadas. Veo mi hogar por última vez; perdí a mis hermanos y amigos en la carrera del crepúsculo y dejé de oír sus pasos tras el sonido sordo de un cañón. Te vanaglorias de tu vida -una existencia triste y pequeña- pero no hay valor en el encierro que vives y en los grilletes que tú mismo has cerrado sobre tus muñecas. Estás ahí, caminando, carente de sueños personales, lejos de tu pálida presencia originaria. Te refugias en unas ideas o en un Dios que posee tu misma forma o imagen, más eso no da riqueza ni divinidad. Como Dios solo conozco a uno, del que venimos y al que regresamos. Y no es él, es Ella. Ella es la única creadora, la tuya y la mía, de la que procedemos. Y yo volveré a su seno, a casa, pero a ti no podrá aceptarte, aislado como estás en capas de madera lejos de su abrazo final.

Un grito desesperado

Aquí estoy, en mitad de mi noche, separado de mi destino, ahuyentado y perseguido por existir, porque quieres vestir mi piel y desollarme o lucirme como trofeo de una vitrina que excite tu ego.

Mi rostro manchado con los colores del mundo silba con el viento, mientras lloro al ver mi entorno hecho pedazos… Mis lágrimas empapan el suelo. Tengo miedo ante el fin, no obstante, cuando vengáis a por mí, intentaré llevarme a alguno de vosotros a la otra vida. A cuantos más pueda, mejor.

Aquí estoy y así será. Y te desprecio porque sé que no vendrás a matarme con tus manos, ni siquiera estarás cerca, ni tan siquiera tendrás una brizna de valor para mirarme a los ojos. Robarás mi alma desde la fría distancia. Porque matas aquello que admiras, aquello que tú no puedes ser. Asesinas en la lejanía y a traición porque tú existencia esta vacía y tus complejos te abruman. Cazas sin razón, tan solo porque alguien en la juventud te moldeó acerca de lo que tenías que ser, quién y cómo serlo. Buscas mi piel y tú no eres más que un abrigo de usar y tirar; una envoltura vacía y fascinada por la perfecta armonía de la creación natural; una moda que te verá pronto pobre con su traicionera risa. Y en mi lecho de muerte, en el más allá, ocuparé un asiento entre los honrosos luchadores que se ganaron el derecho a ser hijos del mundo, a pelear por él y alcanzar la grandeza de ser parte de él. Y mi cáscara, tirada en tu suelo, ascenderá en dignidad por encima de la existencia de miles de generaciones procedentes de tú ser.

Aquí estoy y estaré, porque este lugar tenía mi nombre grabado en el umbral del reparto primigenio y tú nunca serás bien recibido. Quédate con las sucias perlas de tu decadencia hasta que mi tiempo retorne… y entonces tendrás que pagar por tus crímenes. Observa la única verdad; no hay ningún ser superior detrás del ser humano, tan solo hay dioses en las entrañas de la tierra y yo sí soy uno de sus hijos por derecho”.

 

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