Tabú (I). El origen

La música de baile trona por los majestuosos pasillos de la mansión, las habitaciones, cobran vida propia al son del ritmo de la melodía y las múltiples lámparas de araña reciben el sonido de la canción a través de las vibraciones, haciendo que todo ello genere una escena pintoresca, aderezada con el ir y venir de sirvientes.

Y en el salón de baile, el aura de magia y fantasía se ha instaurado muy hondo en los corazones y rostros de los cientos de invitados a la mansión. Y ellos dos, ¡oh, qué maravillosa pareja! Él, ataviado con un traje de tacto aterciopelado y liviano como la seda, se mueve por la sala de baile agarrando a su hermosa dama, la cuál es grácil como una criatura salida de un cuento de hadas. Mientras la música les dicta el ritmo a sus pies, el fuego que arde con pasión en sus miradas, les incita a acercarse más y más. Tanto, que sus labios cobran vida y exigen a los de su pareja, que se aproximen para abrazarse mutuamente en una danza de labios jugosos y aleteos de mariposas.

La canción avisa con una pausa sutil, que el mejor momento, el apoteósico momento de sí misma, está a punto de llegar y que por ende, ambos jóvenes, han de dar rienda suelta a sus sentimientos.

Sus miradas chispean, sus corazones se sincronizan… y cuando ambos exhiben una cálida sonrisa, la sala de baile, se vacía por completo, dejándoles a solas con sus sentimientos. El uno con el otro. Caballero y dama, a punto de besarse y mostrar su amor profesado por el otro. Un amor intangible, pero duro y resistente como el hierro y precioso y brillante como el diamante. La música amaina en el momento exacto. Sus cuerpos, están tan cerca el uno del otro, que una bolsa de aire caliente, se ha generado entre ellos como único testigo de aquella escena amorosa.

No hay nadie más en la sala, los demás no importan, solo están él y ella y su amor verdadero…

Un golpeteo. Lejano y profundo que enturbia el ambiente, les hace separase y mirar en derredor. La sala de baile se resquebraja al mismo ritmo que aquel incesante golpeteo, se aviva como un incendio forestal en pleno verano.

Los rostros de los invitados a la mansión, son arrancados por un fuerte viento que logra dificultar la visibilidad de los dos enamorados. Pese a que se aman con locura, el viento, es tan fuerte que logra lo imposible; sus manos se separan.

Haciendo un esfuerzo por ver a su amada, el caballero, logra mirar el bello rostro de su pareja. Pero ya no es bello… de hecho, no hay rostro. Ni piel. Su cara se derrite como la cera de una vela con el calor de la llama y el suelo se vuelve negro de repente y su solidez desaparece mientras el continuo sonido sordo de golpeteo, trona en su mente con fuerza como un tambor de guerra.

Su amada cae en el vacío mientras él, es arrastrado por una fuerza invisible hacia el techo del salón de baile, que continua resquebrajándose. Pero no lo suficiente… Su cuerpo, entró en contacto con el techo. ¿Dolor?, ¿entumecimiento?, ¿falta de oxígeno? Nada de eso. Solo el continuo golpeteo resonando en su mente. Solo que esta vez, arrastraba consigo una voz que gritaba; ¡sí, sí, sí!

 

…¡PLOP!…

 

Ya no hay mansión. No hay salón de baile, ni música, ni invitados, ni la bella dama… Es lo que tiene despertarse

Y qué manera de despertarme. Ahí estoy yo. Tirado en la raquítica cama de mi raquítico piso de alquiler. Son las siete menos cuarto de la mañana del lunes de una nueva semana. Y como prácticamente cada mañana de los trescientos sesenta y cinco días del año, me ha despertado algo producido por alguien.

El golpeteo que destruyó mi gran sueño, no era otro que el producido por el cabecero de la cama de mi vecina Nadia. La ninfómana. Todos los días, de cualquier mes, de cualquier estación del año desde que me mudé al piso, hará casi año y medio, mi vecina Nadia, la ninfómana, echa un polvo ensordecedor para empezar bien el día y el cabecero de su cama, de tanto ímpetu, amenaza con romper la pared de mi piso…

piso, que debe de estar aislado con papel de fumar, dado el nivel de decibelios.

Y la voz del final de mi sueño que gritaba; ¡sí, sí, sí!, no era sino la voz de Nadia llegando al duodécimo cielo.

Un último empellón del hombre que estuviera con mi vecina, terminó por despejarme, a la vez que, desgraciadamente captaba la voz de mi vecina largando alguna nueva expresión de triunfo y satisfacción carnal.

¡Mi poderoso centauro!, atiné a escuchar a través de la pared. Hoy le ha dado por la temática mitológica… ni tan mal. Me estaba empezando a hartar oír siempre los mismos latiguillos de gozo final: ¡Mi mecánico particular!, ¡Dame tu furia!… y mi favorito; ¡Mi hombre manguera!

Estoy seguro de que entre sus gritos y las sacudidas de su cama, los sismógrafos de medio mundo, captarían algo… aunque solo fuese un poquito.

Pero poco me importaba ese día el estruendo en forma de gritos de pasión de mi vecina, hoy, era el día, mi día D. A mis veinticinco años de edad, tras haberme esforzado en mi vida a la hora de estudiar, formarme y ser una persona cordial y educada, por fin voy a recoger frutos. Pese a que me gradué en la facultad de económicas con una nota aceptable, he de reconocer que mi trabajo actual, se me antojaba insuficiente. Entre la crisis económica y la alta competencia en el mercado laboral, trabajar de vendedor, guión asesor, guión administrativo, guión cajero en unos grandes almacenes en Bilbao; podía darme por satisfecho.

Prácticamente ganaba unos mil euros al mes, de los cuales, la mitad se evaporaban en el alquiler de mi ratonera. Un pisito en Algorta, a varios metros de distancia del metro para poder ir hasta la urbe y a mi puesto de trabajo. Mi íntimo rincón de seguridad… aunque como habéis comprobado, no era tan íntimo… dado el continuo golpeteo de Nadia y su amante diario.

Pero hoy todo puede cambiar. En mi trabajo, se lleva preparando durante una semana y media, la jubilación anticipada de mi superior. Un señor anciano y amable que desprende un hedor mezcla de queso rancio y coliflor, de manera natural. Un buen tipo, pero que es de esa clase de persona con la que no te gusta estar más de cinco minutos en una habitación encerrado.

Lo importante, es que la directiva de la empresa, no va a contratar a gente nueva para cubrir ese puesto, sino que van a ascender a los que estamos en plantilla. Y para ese puesto, solo hay tres candidatos. Yo, un humilde trabajador que a base de esfuerzo y de tratar con cordialidad a los clientes a la vez que ofrecerles un asesoramiento personalizado y cercano, he logrado que los jefes depositen confianza en mí. Miguel, un tipo de unos treinta años de edad y mirada perdida. Con muchos conocimientos técnicos de todo, pero incapaz de hablar sin tartamudear en exceso cuando se le acerca una clienta.

Y por último, está Javier, alias “el bombi”, por su cabeza con forma de bombilla. Eso, y que tiene ideas claras. Pero resulta que con tal de agradar a los jefes, es capaz de arrastrarse por el fango, hacer horas extras no remuneradas y condicionar al resto de la plantilla a unas condiciones que no figuran ni en el contrato, ni en el convenio. Resumiendo, un trepa de narices.

Me aseé como todas las mañanas y me di un frugal desayuno… no quiero que mi estómago me juegue malas pasadas en el trabajo por haberme atiborrado. Tazón de cereales, cacao y zumo de sucedáneo de naranja.

Continué con mi rutina mañanera de limpieza tanto personal como del hogar hasta que una segunda alarma del edificio en el que vivía, tronó en el descansillo.

Un fuerte ladrido y su eco, escaló piso a piso desde su origen hasta llegar a mis oídos. El perro del vecino. Una especie de bichón maltés, blanco como la nieve y con el cerebro atrofiado. Tanto, que lleva uno de esos chismes que dan pequeñas descargas para “controlar” la conducta del animal. No es que me de pena el animalillo, pero desde pequeño he sabido que un perro es una fiel reflejo de sus amos. Y si esa esponja blanca con patas, que no para de ladrar a todo lo que se mueve, se comporta de esa manera tan obsesiva compulsiva, es porque en su casa le dan eso mismo. Siembra y recogerás… es fácil de entender.

Cuando salí de mi piso, comprobé con inusitada normalidad, que el ascensor estaba ocupado por alguien dos plantas más arriba. Por ello, bajé por las escaleras, lo que me supuso toparme con el dichoso perro chiflado y su dueña, una señora regordeta y bajita que hablaba con el perro como si este pudiera entenderla. Eso me supuso un par de minutos. ¿Tanto? Sé que os lo estaréis preguntando, pero ese condenado perro se las ideó para engancharse a mi pantalón mientras intentaba pasar una pierna por encima de su correa…

En ese lapso de tiempo, a mi vecina Nadia, le dio tiempo a coger el ascensor antes que a mí y bajar hasta el portal, por lo que nos encontramos en el vestíbulo.

-¡Buenos días Eneko! -su saludo estaba tan cargado de efusividad, que casi logra eclipsar las berridos del bichón que continuaba en las escaleras desgañitándose… casi.

-Hola Nadia… -contesté vagamente.

No es que mi vecina me caiga mal, pero me pone los pelos de punta. Es una mujer extrovertida, de unos veintiocho años de edad, alta exuberante, con mucho maquillaje y una presencia femenina imponente como la de un depredador… eso es lo que más me molestaba.

Se ganaba la vida trabajando de promotora de eventos. No paraba quieta. Se movía por todo el país, aunque siempre regresaba a su casa en Algorta… creo que lo hace solo para despertarme con sus gritos. Promocionaba a artistas de calle, exposiciones de arte, modistas, compañías teatrales… todo un mundo dentro de una persona.

Caminamos juntos en dirección al metro hablando de asuntos sin importancia. Del sol, ¿en el País Vasco?, de la economía, de la posible derrama para renovar el ascensor que debería estar expuesto en un museo de rarezas… cosas sin importancia.

Un controlado bullicio de personas, nos recibió cuando llegamos a la boca del metro.

Funcionarios, mecánicos, estudiantes, dependientas, jubilados… todo el folclore del transporte público, aglomerado frente a las máquinas para picar el billete. Yo llevaba el mío dispuesto para ponerlo sobre el lector de la máquina, pero en un abrir y cerrar de ojos, me adelantó una anciana de metro treinta de altura. Miré a mí alrededor, era físicamente imposible que esa señora, por muy menuda que fuera, hubiese podido superar a las personas que iban a mi lado, codo con codo. Sin embargo, logró colarse. Y para mi sorpresa, la señora no llevaba en la mano el billete, por lo que montó un atasco considerable al ponerse a rebuscar el pase de metro.

Siempre he pensado que en el metro, en vez del nombre de la parada, deberían poner un eslogan que cumple a rajatabla con la realidad; “Bienvenidos a la jungla”. El caso es que mi bendita paciencia me obligó a mantenerme callado y aguantar estoicamente en el sitio mientras un torbellino de comentarios contra la anciana, empezaba a perforarme el oído.

Comprobé con alegría, que Nadia se había topado con una amiga suya o clienta, quién sabe, y se alejó por el andén.  Al fin solo. Lo último que me apetecía, es estar apretujado en el metro con una mujer que tiene un historial de víctimas sexuales más largo que mi… muy largo…

El tren llegó con puntualidad británica a la estación, y antes de que se hubiera detenido del todo, la anciana de marras, se había juntado con otras cinco como ella creando una bandada de arrugas y chascarrillos mañaneros, que se colocaron todas a una en el borde mismo del andén.

¡La tercera edad! ¡Qué gran edad!

Desde pequeños, nos dicen que hay que hacer caso a los mayores y que hay que ser educado con los ancianos. Pero… la verdad, cuando ves cómo se lanzan sobre la puerta a la caza y captura de un asiento, sin siquiera respetar una de las normas más esenciales y coherentes de la ciudadanía, véase, “dejar salir antes de entrar”, pues qué queréis que os diga… se le quitan las ganas a uno de ser educado con la tercera edad.

Entre prisas y empujones, conseguimos enlatarnos en el vagón. Es uno de mis lugares

preferidos… puedes contemplar a toda la flora y fauna de tus alrededores y examinarla con detenimiento. Las criaturas más comunes de ese hábitat, suelen ser: “el sordo”, véase el sujeto que aun llevando cascos, éstos, emiten el sonido hacia fuera en vez de a los oídos, por lo que por mucho que suba el volumen, nunca llegará a oír la canción, pero el resto del vagón sí.

También está “la criatura imantada”, dícese del sujeto, hombre o mujer, que se aferra a la barra de la puerta nada más entrar cuando hay suficiente espacio en el vagón y logra así, impedir el acceso al resto de usuarios del metro. Y por último, “el autista”. Este sujeto, suele ser una persona que se sumerge en su teléfono móvil,  abstrayéndose del mundo que le rodea y que no se percata de que molesta… o que si se percata de ello, se la trae completamente al pairo.

Por desgracia para mí, me tocó una subespecie nueva, “el ambientador”. Es esa persona, normalmente hombre de unos cuarenta años de edad, que se ha vaciado encima de toda su superficie corporal, por lo menos dos frascos de colonia, un bote de desodorante y un insecticida de los fuertes. La combinación de olores, pueden llegar a provocar una fisura en el espacio-temporal o una pérdida notoria de varios de los sentidos de las personas que rodeen a este ser en un radio de diez metros.

Aguanté como buenamente pude el chaparrón hasta que llegué a mi parada. El negocio en el que trabajaba, distaba un mundo de ser un centro comercial, pero cada año, ampliábamos la cartera de productos a ofrecer. Cuando el negocio comenzó, solo se ofrecían televisores y toda la casquería relacionada con los mismos. Antenas, cables, altavoces, equipos de grabación…

Pero ahora, en el negocio, se vende de todo. Teléfonos móviles, tablets, cámaras de fotos, televisores, libros, videojuegos, impresoras, portátiles, ordenadores de mesa, equipos de audio de gran calidad, Mp3, Mp4, auriculares desde los más básicos hasta los de profesionales, mesas de DJ… de todo. Si funciona con electricidad, seguro que lo tenemos.

La sección en la que yo trabajo, es en la de “Sonido”. Eso implica auriculares, altavoces, radios, dispositivos portátiles de reproducción de música… Un mundo atractivo, pero lleno de tecnicismos que hacen que la mayoría de los clientes, sean un poco aventureros.

En cuanto llegué a la tienda, ésta, aun estaba cerrada, por lo que nos arremolinamos los trabajadores en la entrada. Los temas a tratar entre los trabajadores, eran variopintos. Si el sueldo era ínfimo, si los pedidos de tal o cual cosa iban con retraso, si venía el cliente pesado de siempre le sacarían los ojos… cosas así.

Vacié mi mente ante aquella amalgama de conversaciones. Pero algo me sacó de mi estado de neutralidad mental. Una voz. Suave pero enérgica. Con un tono agradable para los oídos. La reconocería en mitad de un concierto aunque solo pronunciase un susurro. Abrí los ojos y dejé que mis oídos guiaran a mi cuello. Al final la encontré. Sara. Sus ojos verdes y relucientes, quedan destacados por su maquillaje y sus labios rojos. Su cabello negro como la noche cae con sutileza sobre sus hombros a través de unos tirabuzones que logran crear el efecto deseado junto con su blanca y perfecta sonrisa.

Sé que muchos hombres me tacharán de bobo por gustarme una mujer que para muchos entraría en la no despreciable sección de “rellenitas”.  Pero una chica con metro setenta de estatura y unas poderosas curvas, ha de tener algún que otro kilito de más. Poco me importa, su naturalidad y su sonrisa, son sus mejores armas y ante ellas, me siento indefenso.

Nuestras miradas conectaron por un espacio de tiempo poco mayor a la duración de un parpadeo, pero ese breve tiempo, fue suficiente para que a ambos se nos dibujase una sonrisa. Lo malo, es que el motivo de sendas sonrisa, era bien distinto. Mi motivo era simple; estaba enamorado de Sara. Desde la primera vez que entró en la tienda y me topé con ella en los pasillos mientras se dirigía hacia la zona de recursos humanos para la entrevista de trabajo, desde ese preciso y precioso momento, me sentí incompleto en mi vida. ¿Por qué? Muy sencillo… para ella, solo soy ese chico simpático que le ríe las gracias y que soporta sus bromas. El amor suele ser así de injusto.

Uno de los jefes del negocio llegó como Moisés, separando las aguas, y abrió las compuertas de nuestro centro de trabajo. Estuve tentado de hablarle a Sara acerca de mí más que probable ascenso en el día de hoy, pero la avalancha humana de trabajadores semi autómatas, me obligó a entrar en la tienda.

Ya que antes de abrir de cara al público, había que aclimatar el lugar, me dirigí a buen paso hacia las taquillas del personal para guardar mi macuto y ponerme mi atuendo de la empresa. Allí me encontré a Miguel. Con su pelo de cepillo en punta y su tono de piel cetrino, tenía aspecto de ser un mayordomo o un maestro de ceremonias de algún entierro tribal. Era un experto en ordenadores. Lo triste de la crisis, es que graduados en informática acababan como Miguel, malvendiendo ordenadores en tiendas, en vez de trabajar en empresas relacionadas con los avances tecnológicos… cualquiera puede vender un ordenador, pero ahí reside la gracia de la crisis. En una bolsa de trabajadores tan grande como la actual, pueden escoger al mejor preparado para llevar cafés, que si estos se niegan, pueden elegir al segundo mejor preparado y así sucesivamente… siempre hay alguien que se arrastra.

Y hablando de gente que se arrastra, llegó hasta las taquillas Javier. Con sus aires de superioridad naturales, mirando con cierto desprecio a los demás, especialmente a mí, por ser su principal competidor.

-¡Buenos días, mis pequeños drugos! -se creía gracioso llamándonos así como apócope de “mendrugos” – ¿Listos para hincar la rodilla?

Nunca me han gustado los enfrentamientos y he aprendido, que cuanto más tires del sedal con gente como Javier, más se crecerá y más poder tendrá sobre ti mismo. Por ello, me vestí y me dirigí hacia mi puesto.

En cuanto todos los sectores de la tienda estuvieron preparados, los clientes empezaron a llegar como los asiduos a una taberna. A veces en grupo y montando ruido o de manera individual y en completo silencio.

Hay una cosa que me mosquea enormemente de los clientes. Se creen que por tener dinero, pueden comportarse como Fraga y decir aquello de; “¡la calle es mía!”. Pero se equivocan. Todos tenemos un límite de paciencia y personalmente, creo que el mío está a punto de estallar.

Durante la mañana, apenas hubo exceso de clientes. Alguien que venía a descambiar un producto porque había visto otro mejor. Un grupo de raperos novatos que querían un equipo de sonido portable… poca cosa. Mis sentidos solo prestaban atención al reloj. El jefe todavía no nos había llamado para hablar acerca del ascenso y cada minuto que pasaba, más me preocupaba. Desde mi puesto no podía ni ver ni oír al irritante Javier en su sección de televisores, lo que me ponía aún más enfermo.

¿Estaría reunido con el jefe? ¿Le habrían ascendido a él en vez de a mí? ¿Me estaré comiendo la cabeza yo solo sin sentido alguno?

Mis pensamientos fueron invadidos por la voz crepitante de una anciana que andaba buscando unos auriculares.

-Disculpa, mozo… -era una anciana en toda regla. De las de visillo, gafas con mil aumentos y andar pausado- Estoy buscando algo para los oídos… -al mirarle a la cara, comprobé que tenía un tic nervioso en los ojos que le obligaba a parpadear cada pocos segundos a la vez que arrugaba la boca.

-Por supuesto señora… ¿busca algo en particular?

-Pues sí… pero ya te he dicho… algo para los oídos. -su tic de ojos me hizo desorientarme y perder la concentración.

-Ya pero… quiere auriculares normales, por bluetooth, para salir a pasear con algo de velocidad…

-¡Ah, pues!… -balbuceó y el tic del ojo se intensificó- No sé… unos que suenen bien.

Porque sabes, -se acomodó y me puso una mano encima para narrarme su historia- mi nieta, trabaja en una compañía de ópera y me ha dicho, que van a hacer una gira por Europa y que esta va a ser retransmitida por la radio. Pero como suelo ir con las amigas al bingo los viernes por la tarde, pues me gustaría poder oírla durante el bingo, porque -se me acercó un poco más- sinceramente, en los bingos, las de mi edad, nos volvemos locas con el juego y se monta un jolgorio…

Así siguió durante largos y pesados diez minutos hasta que otra anciana, con el pelo en punta y teñido de morado, se acercó hasta nosotros dos y ambas ancianas se reconocieron.

-¡Mertxe!

-¡Mari Cruz! -se dieron dos besos. De esos que generan un sonido que parecen ventosas despegándose de un azulejo- ¡Cuánto tiempo! ¿Cómo tú por aquí?

-Pues nada chica. Que me he tenido que operar de la rodilla y llevo aquí en reposo desde hace dos meses.

-¡Oin! Qué mal, chica… ¿Cómo están los nietos?

-Enormes -contestó la recién llegada de pelo morado- El más pequeño, se ha ido a Alemania a estudiar… y la mayor, está trabajando. A media jornada, pero trabajando, que no es poco hoy día…

-Disculpe señora… -interrumpí- ¿Quiere al final algún auricular?

Me miraron ambas como a un extraterrestre recién caído de una nube.

-¡Ah, sí! Perdona mozo… -miró en derredor suyo y se fijó en una chica de unos veinte años que acababa de coger unos auriculares pequeños de color rosa- Unos de esos me vendrían bien, parecen cómodos… pero que sean blancos.

La señora no parecía estar muy dispuesta a buscar en los expositores para ver si estaban esos mismos auriculares en el color que quería, por lo que le pedí amablemente que aguardase en el sitio mientras iba en busca de alguno de su gusto.

Para mi sorpresa, no había ninguno en ese color, por lo que me tuve que patear media tienda para ir hasta el almacén en busca del artículo de marras. Durante el trayecto, tuve que pasar por la zona de televisores, y pondría la mano en el fuego, a que Javier me fulminó con la mirada mientras atendía a otro cliente. Le mantuve la mirada mientras caminaba en dirección al almacén. Con tanta fijación, que no me percaté de que la puerta del almacén estaba entreabierta.

Se terminó de abrir del todo, cuando alguien desde el interior, salió empujando una carreta llena de libros. Era Sara.

La puerta se abrió y me golpeó de lleno en la frente, logrando que cayese el suelo envuelto en estrellas y seres fantásticos a causa del golpe. Únicamente la vergüenza que me daba a mí mismo por un encontronazo tan torpe y las risas de varios clientes y de Javier, fue suplantada en el acto por la presencia de Sara. Sus ojos verdes, sus labios rojos y su perfume a rosas, lograban que no sintiera dolor… o eso, o se me acababa de dormir la mitad de la cabeza por el impacto y me había vuelto parcialmente insensible al dolor.

-¡Hay, dios! ¡Eneko!

Se arrodilló a mi lado para palparme la frente y su tacto tuvo un efecto balsámico casi instantáneo. No calculé bien mis sentimientos y cuando la sonreí, con la mirada perdida y una hinchazón en la frente, Sara retrocedió asustada. Lógico… se me había quedado un aire de perturbado muy siniestro.

-Bueno… -balbuceó Sara mientras se ponía en pie- Sería bueno que te pusieras hielo en… en eso.

-Si, gracias. Procuraré tener más cuidado al caminar.

-Bien. Hasta luego…

Y así, sin más, se marchó con la carretilla llena de libros.  No sabía si debía seguirla y decirle algo o seguir con los mío y atender a la anciana de los auriculares. El corazón me decía una cosa y la mente otra. Pero cuando el ajetreo inherente al negocio penetró en mi mente, opté por buscar los dichosos auriculares blancos. No me llevó más de dos minutos encontrarlos ya que había llegado un pedido el sábado anterior que aún no había sido abierto.

Regresé a mi zona y para mi sorpresa guión desgracia, la población de ancianas, que antes de irme era de dos, se había multiplicado hasta alcanzar la docena. Eran como setas. Setas que hablaban.

La situación me obligaba a acercarme con cautela, pues un coro de ancianas en una tienda podía llegar a ser tan mortífero como una jauría de lobos hambrientos. Busqué entre el grupo a la mujer que estaba atendiendo. Por desgracia, se había colocado en el centro y cloqueaba con todas a la vez. Me vi obligado a hacer gestos, levantando sobre mi cabeza el paquete con los auriculares a modo de trofeo para que lo viera. No recibí caso alguno a excepción de una anciana muy pequeña, casi parecía un muñeco, que cojeaba y descargaba parte de su peso en un bastón.

La anciana, parecía tener una especie de parálisis en el rostro que le hacía torcer la boca en exceso.

-Perdona, chiquillo… -lo que para ella era una simple frase con tono normal, llegó hasta mis oídos casi como un grito y de manera entrecortada a causa de la parálisis- Estoy buscando algo para los oídos…

Otra vez…, la historia de nunca acabar. Otra anciana que se lanza a la aventura sin saber muy bien por qué y para qué. Pero como vendedor experto y entrenado en soportar a todo tipo de clientes, saqué mi mejor sonrisa y pregunté amablemente.

-Claro señora… ¿qué busca exactamente?

-Pues ya te digo…  algo para los oídos.

Volvieron a temblarme los tímpanos a causa de la potencia de voz de la anciana.

-Ya pero… -miré el paquete que sujetaba- ¿Algo como esto?

-No, no… algo para oír mejor, que me dicen que ando un poco dura de oído…

El tic nervioso de la primera anciana a la que había atendido, se instauró en mí.

-Señora… usted lo que busca es un audífono. Y aquí no vendemos de eso…

-¡Ah! Qué pena…

La volví a sonreír y esta retrocedió hasta integrarse en el grupo de ancianas. Al regresar al redil, la anciana que me había pedido los auriculares, se centró en mí y salió el grupo.

-Perdona majo, que no te había visto…

-No pasa nada señora… aquí tiene sus auriculares.

-¿Y cuánto te debo, majo?

-Emmm… lo pone en la caja. Pero lo tiene que pagar en la entrada.

Por fin. Como un tornado que al final decide seguir con su curso de destrucción en dirección contraria a la que uno esté, el grupo de ancianas se alejó en tromba en dirección a las cajas de cobro. Pobres cajeras…

Recuerdo con cierto dolor a una compañera que se acabó cogiendo una baja por ansiedad de tanto trabajar en caja. Dicha crisis, surgió a causa de un hombre muy, muy, muy… lo repetiré una vez más, pero que muy especialito; que quería encargar una serie de productos de mucho peso para que nuestro servicio de transporte se lo llevase a su casa. Y claro está, para solicitar ese servicio, hacen falta una serie de datos. Localidad, calle, piso, número de puerta… cosas sencillas y que todo ser humano entiende ya que comprenden que son necesarias para realizar los pedidos. Pues no todos los seres vivos lo deben de comprender.

Estoy casi seguro de que les pediría el DNI a los reyes magos de niño, para comprobar su autenticidad.

El caso, es que ese tipo, se negó durante más de veinte minutos de reloj, a ofrecerle a mi compañera los datos necesarios para el servicio de transporte. Como consecuencia de ello, se acumuló gente en las cajas, vino el encargado, el que se jubila hoy, y el tipejo acabó despotricando contra mi amiga y gritando y a la vez que profería amenazas… al cabo de unas semanas, se supo que ese tipo estaba loco y que coleccionaba armas de cuando hizo la mili y fue pillado en un banco con una nueve milímetros. Poco importa, mi compañera perdió los nervios al ser insultada y gritada y acabó yéndose a vivir con sus padres en el campo para “desintoxicarse” del estrés que genera la urbe.

Al final, sin pena ni gloria, transcurrió mi primer turno de mañana. Había llegado la hora de almorzar y el jefe no había dicho nada acerca de su sucesor en el puesto.

Como cada día, solía acudir a un garito de comida rápida. No estaba mal para el tamaño que tenía y pese a que ponían hamburguesas como reclamo principal, también ofrecían comida variada y saludable. Ensaladas, pescado, arroz, pasta… Pero aguantar ocho a nueve horas todos los días sin algo sólido haciendo masa en el estómago, se me antoja complicado. Siempre he sido de buen comer, por lo que la hamburguesa casera y un par de manzanas, fueron mi sustento necesario para tener fuerzas para el turno de tarde.

Mientras comía, no pude evitar centrarme en el resto de clientes. Es una manía mía. Observar sus caras, prestar atención a sus gestos, escuchar sus conversaciones… todo. Algunos dirán que eso es de cotillas, pero no puedo evitarlo. Cuando has crecido en un hogar en el que tus padres discutían por cualquier cosa delante de sus hijos y tu hermana mayor optaba por marcharse a la calle para no aguantar el temporal, tú, el pequeño de la casa, se ve obligado a prestar atención a cualquier otro ser vivo que no sea de tu familia. Vecinos, viandantes, gente en el metro… Siempre observando.

Pero mientras comía, no pude concentrarme en analizar a las personas. Por varios motivos. Uno, el tema del ascenso. Me volvía loco, me consumía por dentro. Dos, tras tantos meses escuchando a mi vecina teniendo relaciones con una lista interminable de hombres, el ruido del golpeteo del cabecero de su cama, me seguía a todas partes y creía oírlo incluso cuando estaba bajo el grifo de la ducha. Y otro, un problema bien grande, un hombre de unos cuarenta años de edad, perfectamente trajeado, posiblemente trabajaría en una de las múltiples oficinas de entidades bancarias que había concentradas en el núcleo urbano de la ciudad, voceaba a pleno pulmón a través de su móvil.

¡¿Qué es lo que no entiende la gente acerca de los teléfonos móviles?! Sirven para comunicarte con una persona que no tiene por qué estar físicamente a tu lado para escucharte. He ahí el milagro de los teléfonos. Pero no, hay personas que necesitan gritarle al viento para que este arrastre sus palabras desde el emisor hasta el receptor de la conversación.

Gritaba tan fuerte, que me era imposible seguir el hilo de su conversación. Me pareció entender que dialogaba con un instalador de fibra óptica que había pasado por su casa y que al picar para hacer la entrada, había perforado una tubería de la ducha que había al otro lado de la entrada telefónica a su vivienda. Estaba de mal humor y los exabruptos y juramentos contra los familiares vivos y muertos del técnico instalador de la fibra, se contaban por decenas en apenas unos minutos.

Una madre, tapó de manera instintiva los oídos de su hija para que evitar que algún día, más pronto que tarde, pronunciara dichos tacos en un lugar y momento equivocado. Y no fueron los únicos. Una pareja de sudamericanos comenzaron a grabarle con sus móviles mientras sonreían.

El insulto. Esa gran arma de disuasión y confrontación se seguía viendo en la sociedad como algo tabú y malsonante. Siempre he sido una persona comedida, pero si los tacos existen en nuestro día a día y están reconocidos por todas las academias de la lengua de aquí y allá, será para que sean utilizadas. Pero aún así, el modo de usar aquellas palabrotas, delante de tanta gente, dejó de parecerme gracioso al de unos segundos. Y aunque me hubiese gustado quedarme a ver el espectáculo que ofrecerían el encargado del establecimiento y el tipo trajeado, gordo y sudoroso, la hora de mi segundo turno, se acercaba.

Durante el camino de vuelta a la tienda, me topé con el clásico bullicio de personas que se genera en las calles céntricas de Bilbao a la hora de la comida. Gente hablando por el móvil, atascos interminables en la plaza de Abando, mujeres aterrizando sobre escaparates de ropa como las moscas sobre una luz fluorescente… de todo un poco. Y como no, no podía faltar el o la persona “locomotora”. Es esa persona que sin quererlo, se mueve en todas direcciones mientras camina, hablando por el manos libres de su auricular mientras va dejando atrás la estela de humo de su cigarro, atufando al resto de los mortales.

Con la digestión a medio hacerse y los pulmones a punto de suicidarse por el tabaco, llegué hasta mí puesto de trabajo.

En una ciudad como Bilbao, hay dos tipos de personas. Las que van a casa a comer o a un restaurante, los que menos, y los que cogen la comida en un puesto de venta de comida rápida y la engulle mientras camina. Así es como luego te topas con gente que huele a fritanga pese a ir de punta en blanco o que un olor a ajos le sigue como un hijo… Lo malo, es cuando muchas de esas personas se juntan en un lugar medianamente cerrado como mi tienda, sientes que acabas de meterte en un bazar de especias en vez de en una tienda de tecnología.

No os aburriré con más detalles asquerosos, pero digamos, para resumirlo, que no solo comí mi hamburguesa y mis dos manzanas aquél día… como mínimo, me tuve que meter entre pecho y espalda unos tres platos más. Delicioso…

Las horas fueron corriendo sin pena ni gloria. Para ser un lunes, había poca gente y eso me hacía presagiar lo peor. Con tan poca gente para atender, que el jefe no se hubiera decantado ya por un sustituto, me empezaba a mosquear. Pero al final, cuando restaban unos pocos minutos para que llegara el final de mi turno, la voz melódica de una de las cajeras, tronó por megafonía llamándome para acudir al despacho del jefe.

Después de un día ajetreado, no me apetecía mucho aguantar una charla, por muy breve que pudiera ser, con el jefe. Como ya os dije, olía raro tirando a mal, veinticuatro horas al día. Una vez pensé en una teoría. ¿No existen animales que desprenden un fuerte olor para que no se les acerque nadie y así lograr sobrevivir? Pues creo que el jefe era uno de esos animales reencarnado en un ser humano.

Despejé mi mente. No podía pensar de ese modo sobre el jefe. No había llamado a nadie más durante todo el día, ya que no había dejado de prestar atención a la megafonía. Por lo que esa llamada justo antes del final de mi turno solo significaba una cosa.

Caminé todo lo erguido que podía, con cierta elegante superioridad. Mirada altiva como la de un emisario de un rey en tiempos pasados y paso suave pero enérgico para afianzar mi autoestima. Subí a la segunda planta donde estaba la biblioteca y la zona de recursos humanos donde el jefe tenía el despacho.

Me planté delante de la puerta y me sacudí los nervios, era un momento de máxima tensión.

-¡Adelante!

Nada más abrir la puerta, me recibió una estela de sus efluvios corporales en forma de sudor. Pero al igual que en tantas películas, justo cuando ves el tesoro perdido, las cosas se ponen peores, por lo que no era momento de echarse atrás.

-Buenas tardes, jefe. ¿Me ha llamado? -nunca viene mal hacerse un poco el tonto.

-Pasa, Eneko… tengo que hablar contigo. Siéntate.

Obedecí cual perro amaestrado y me dejé caer con la elegancia de una pluma sobre la silla. En unos pocos segundos, mis ojos recorrieron el despacho. Ya estaba casi recogido del todo… pero pese a ello, presentaba el mismo aspecto espartano y seco que las últimas veces que había tenido que acudir a él. El jefe no era hombre de muchos lujos… por eso era jefe y por eso tenía varios ceros en su nómina y en su cuenta bancaria. No es que yo lo sepa… es lo que se rumorea…

-Bien. Como sabrás, hoy es mi último día en este negocio.

Discurso de despedida, lo típico antes de claudicar.

-Cuando entré en esta tienda, estaba lleno de ambición y era un muchacho aventajado con respecto al resto de mis competidores.

Era un vendedor honesto, -continuó- amable con los clientes. Nunca les vendí algo que no creyese que cumpliría con sus expectativas. Ahí radica el secreto para ser un buen vendedor, hay que conseguir que el cliente se vaya contento a casa y con ganas de volver.

-Totalmente de acuerdo señor… diría que su “yo” de entonces y mi “yo” actual, nos parecíamos bastante.

-No me interrumpas… -agaché las orejas como un perro apaleado- Pero tienes razón Eneko. Tú y yo, somos muy parecidos. Los dos tratamos bien a los clientes pese a que alguna vez dan ganas de retorcerles el pescuezo como a los gansos de las fiestas de Lekeitio… ¿Has estado alguna vez en esas fiestas?

-Mmmm… pues… ssnnn… ¿no? Lo tengo en mi lista de asuntos pendientes -no sabía si esa era la respuesta correcta.

-Es igual. El caso, es que los clientes confían en ti y eso les hace regresar al negocio… y eso supone más ventas.

¡Ya está! El reconocimiento de mis habilidades, me van a supone el ascenso. Aunque me cuesta decirlo, adoro a mi jefe.

-Es por eso por lo que mi sustituto va a ser Javier y no tú.

El aire se secó y un frío mortal me agarró por los huevos haciendo que se me parase el corazón.

-¿Perdón? ¿He oído bien? -traté de contenerme- ¿Va a darle el puesto a Javier?

-Si, chico. Eres un buen vendedor, porque eres una buena persona… se te nota a la legua.

-Pero… y… ¿y todo eso de que nos parecíamos usted y yo?

-No te mentía con eso, pero cuando me ascendieron a este puesto, en mi primer año como jefe de sección, las pérdidas fueron tremebundas. Cuando se es jefe, las buenas palabras no hacen que cuadren los números. Lo bueno y lo malo de los números, es que son fríos como el culo de un pingüino. No entienden de buen carácter, ni de fidelizar a los clientes… es por eso, que Javier es el más preparado para este puesto.

Es un cabrón malparido sin el más mínimo atisbo de corazón. Un pelota recalcitrante. Si fuese prostituta, se arrancaría los dientes para chuparla mejor…

Se raspó la barba tupida y me miró de refilón.

-Créeme hijo, te estoy haciendo un favor. No le recomendaría ni al peor de mis enemigos mi trabajo. Durante los últimos quince años, he tenido que tomar decisiones de peso que la gente normal no podría realizar. ¿Tienes idea del mal cuerpo que se te queda cuando tienes que decirle a uno de tus trabajadores que sus servicios ya no son necesarios para la empresa? He llegado a tener pesadillas incluso…

Si… claro. Pesadillas. Pero esas pesadillas se las lleva la corriente cuando descubres que duermes sobre un colchón de dinero. Será hijo… hijo de…

-Espero que no te lo tomes a mal. A cambio, he hecho que te aumente la nómina casi cien euros. Disfrútalos.

¡Oh, sí! ¡Cien putos euros más al mes! ¿Por qué no me arrancas los dos ojos y me das uno a final de mes como recompensa por mi servidumbre para volver a quitármelo al mes siguiente?

-Cla… claro. -expulsé todo el aire por la boca- Gracias jefe, seguiré con su consejo.

Y así, sin más, sin darme cuenta de lo que mi cuerpo hacía, llegué hasta el metro, con mi cara de robot a punto de apagarse y sin tampoco enterarme, llegué a casa, me hice la cena, me di un baño y me introduje en la cama.

Contemplaba el techo de mi piso a la espera de que este me dijera algo. Pero en el fondo sabía que eso no iba a pasar. Tenía ganas de vomitar a la vez que de implosionar en una gran blasfemia que resquebrajase las paredes de todo el piso y de parte de Algorta. Tenía tanta tensión en el cuerpo que estaba a punto de romper a llorar de la pura frustración.

Me había hecho una serie de expectativas, que en unos pocos segundos, se había esfumado como el dinero en un casino en manos de ludópatas. En resumidas cuentas, estaba jodido. Tocado y hundido. Como decía mi padre cuando algo no le salía como quería: “Esto es un Doble-C… Cagarro Canino”

La tonadilla musical de mi móvil, retumbó en mi cabeza. Cuando sonó por segunda vez, tuve ganas de estamparlo contra la pared, pero los golpes de mi vecino de abajo, que se quejaba de cualquier ruido que yo, exclusivamente yo, pudiera producir; me obligaron a cogerlo. Era un número desconocido, pero ese día, ya todo me daba igual.

-Diga… -mi voz sonó distante.

-¿El señor Eneko Etxarri? -era la voz de una mujer con acento canario.

-El mismo… ¿qué quiere?

-Verá señor Etxarri, le llamo desde la embajada española en Venezuela. ¿Es usted el hijo varón de Maider y Unai Etxarri?

Mis padres. Pese a que se odiaban a muerte, si había una actividad de ocio de por medio se conjuraban para ir juntos a dar espectáculo con sus broncas por todo el globo. Y precisamente, se habían marchado a Venezuela de vacaciones para ver el famoso Salto Ángel, el salto de agua más grande del mundo.

-Si, son mis padres -contesté con la voz queda.

−Verá, señor Etxarri… siento comunicarle que sus padres han fallecido en un accidente de tráfico mientras disfrutaban de una ruta turística en el Parque Nacional de Canaima. Le doy el pésame. Sé que ahora es tarde en España, pero, le voy a dar el número de teléfono de la embajada para que pueda llamar cuando pueda y así realizar las gestiones necesarias en situaciones tan difíciles como esta. Lamento haberle dado tan malas noticias… Una vez más, le doy el pésame.

La línea se corta y con ella, el aire de la habitación. Mis padres han muerto… solo quedamos mi hermana y yo como miembros de la familia. Ni tíos ni primos ni nadie más…

En cuanto me echo en la cama nuevamente, siento que las ideas que normalmente aporrean mi mente, se han disipado como la niebla con el amanecer. El pecho me oprime y me exige lanzar un grito. Pero no puedo, estoy desecho y maniatado por las circunstancias.

Me han denegado un ascenso, la mujer a la que amo pasa olímpicamente de mí y para redondear el día, me llaman desde la embajada española en Venezuela para comunicarme que mis padres han muerto en un accidente de tráfico. Hay días malos para la mayoría de la gente y días como los míos.

Días, que me obligan a tener los nervios a flor de piel, días, en los que la raya de la paciencia es sobrepasada.

Mi ente flotó en una nube y miré al techo sin ver. Pero algo raro ocurrió. No había techo. Solo un reflejo de mí mismo, tendido en la cama. Me sentí más extraño que nunca. ¿Las constantes malas noticias habían terminado por volverme loco?

El reflejo sonrió. Era mi cuerpo, mi cama, mi habitación y mi rostro… pero, mis ojos, mis ojos eran distintos. Estaban llenos de avaricia y lujuria a la par que determinación. El reflejo volvió a sonreír e instintivamente, me llevé las manos a la cara. Pero no tenía la boca arqueada para reír. Yo seguía con el rostro tranquilo y los labios sellados, pero mí otro yo, el del reflejo, no paraba de sonreír.

Poco a poco, el cristal del techo comenzó a hincharse y a acercarse hacia mí, como una gran gota de plata que se desprende lentamente desde el techo. Mi otro yo no dejó de sonreír a medida que se acercaba a mí.

No supe que hacer, sobretodo, porque pensaba que se trataba de un mal sueño.

Al final, el cristal se hinchó tanto que los rostros de mis dos “yo”, estaban cara a cara. Mirándonos fijamente.

“Hora de salir”, la voz de mi yo del reflejo, sonó apagada y distante pero logró erizarme los pelos del cuerpo. Tan cerca como estaba de mí, alargué la mano y sopesé presionar aquel cristal líquido que me atosigaba con mi propio reflejo. Bastó un solo dedo en la superficie del mismo, para que este estallara en mil pedazos.

Grité de dolor como reacción ante la sensación de miles de trocitos de cristal clavándose en mi piel. Pero un segundo después, ya no había dolor. Solo un sonido, el de un golpeteo metálico contra mi pared y el jadeo de dos voces.

Miré al techo y todo estaba normal, no había cristal en él ni un “yo” malévolo observándome. Cogí mi móvil y comprobé que ya era de día. Mi vecina Nadia, la ninfómana, me había despertado con su efusividad sexual, pero por una vez, ya no me sentía agobiado por ello… sus jadeos, habían logrado despertarme de una mala pesadilla… ¿O no?

Sentía mi cuerpo y ente en plena forma, sentía que mi esperanzas de aspirar a algo más, estaban renovadas… Sentía que era el origen del algo nuevo. Algo que no se puede mentar, pero que saben que anhelas a toda costa.

Daba así comienzo, el origen de Tabú.

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