Sustancia prohibida

Me habían hablado sobre aquella extraña sustancia: sabía que todo aquel que la probaba ya no podría volver a ser el de antes. Era una suerte de engañoso veneno, algo que infectaba lo más profundo de tus órganos y no te deja dormir por las noches, ni disfrutar lo más mínimo del sol de una primavera. Y digo engañoso porque cierto es que, cuando lo pruebas por primera vez, sientes que nada te perturba, que darías tu vida por esa extraña reacción química, que todos tus problemas no devienen sino pura ceniza llevada por el viento al mundo del olvido. Todos luchaban contra la tentación, pero por mucho que lo intentaran, todos sucumbían a sus coloridos encantos, convencidos de que aquello era lo correcto, lo que las circunstancias dictaban. Nadie podía arrancarlos de su mortal abrazo, condenados que buscaban un momento más de fugaz calor en un invierno sempiterno. Sin embargo, vi que su magia era efímera, que siempre desembocaba en un fin, y que aquellos que la habían experimentado ya no podían vivir si no sentían su efecto en cada una de sus arterias, perdidos, mientras tanto, en una vorágine de dolor.

Pero aquel día, mi guardia bajó, y mi mente olvidó todo lo que sabía sobre ella. Tal vez mi cerebro me engañase, quisiera perpetrar un acto de locura. Me sedujo con sus delicados encantos; su primera impresión arrojó sobre mí invisibles cadenas ante las que no pude hacer frente. Nada me importaba ya: el mundo dejó de girar, la electricidad de mi cuerpo bullía, necesitaba escapar y seguir su curso a través de un cuerpo totalmente ajeno al mío. Mi razón se enfrentó en épica contienda al deseo desenfrenado; los diques de la lógica perecieron ante el asalto enfermizo de la irracionalidad. Yo también quería volar, sentir cómo aquella sustancia de la que tanto había oído hablar impregnaba mis órganos internos y dibujaba una sonrisa, macabra, en mi corazón. Acepté el reto pensando que sería lo suficientemente fuerte como para separarme de ella cuando me placiera…

Desde aquel día… desde aquel día en el que dejé que su esencia penetrase mi piel bajo unas sábanas, soy incapaz de volver a ser el que era antes. Como había escuchado, su ausencia me impide dormir por las noches, y los rayos del sol de la primavera torturan mi rostro, mientras me pregunto por qué me dejé engañar como los demás, mientras me pregunto si no habría sido más feliz sin jamás haber sucumbido a la tentación de un primer amor

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