Sumak kawsay, teko kavi, suma qamaña: el buen vivir de los pueblos amerindios

El buen vivir, la felicidad y la calidad de vida parecen a primera vista conceptos similares, pero una aproximación más minuciosa nos permite que afloren diferencias muy significativas. Excepto calidad de vida, en inglés quality of life (QOL), el buen vivir y la felicidad se usan en el capitalismo de modo ligero y coloquial, sin matiz alguno. Por el contrario, calidad de vida en general forma parte del núcleo duro de la propaganda capitalista desde mediados del siglo XX, siendo un señuelo comodín para el progreso acelerado, el consumismo colectivo y el desarrollismo tecnológico ilimitado. Sumak kawsay, el buen vivir en idioma quechua (o teko kavi en la cultura guaraní  y suma qamaña para el pueblo aymará), está de plena actualidad desde que Bolivia y Ecuador lo hayan recogido textualmente en sus  constituciones políticas hace pocos años, con Evo Morales y Rafael Correa al timón de sus respectivos gobiernos. La felicidad, felicitas en latín, es un anhelo humano que hunde sus raíces en la antigüedad remota.

En 1812, la felicidad fue plasmada por primera vez, según las investigaciones históricas comparadas, en un documento político, La Pepa, constitución liberal española debatida en la ciudad de Cádiz con participación de diputados centro y sudamericanos procedentes de las colonias hispanas de ultramar.


Sumak kawsay podría ser igual a disfrutar de la vida; felicitas, una emoción o sentimiento privado, y QOL, la posesión de mercancías perecederas, bienes y estatus.


Desde una perspectiva práctica, tal y como se configuran en la realidad cotidiana, los tres conceptos, aun con algunos nexos de contacto, ofrecen visiones distintas de las relaciones sociales y también del diálogo a mantener entre los seres humanos y la naturaleza en la que todos nos insertamos.

El buen vivir nos invita a disfrutar de la vida en compañía, con responsabilidad hacia el otro, de manera sostenible, participativa y coherente. La felicidad, al menos en nuestra época, se proyecta como una utopía o meta plagada de obstáculos, como un sentirse bien del que solo somos conscientes cuando ya ha desaparecido.

Por lo que respecta a la calidad de vida, profusamente divulgada y repetida hasta la sociedad a través de la publicidad y la propaganda, podríamos decir que es más un tener que un ser, un viaje de deseos y realizaciones inmediatas, un proceso que nunca se acaba ni se consigue alcanzar por completo.

Resumimos en aras de la claridad expositiva. Sumak kawsay podría ser igual a disfrutar de la vida; felicitas, una emoción o sentimiento privado, y QOL, la posesión de mercancías perecederas, bienes y estatus.

Amar y ser amados

El buen vivir incluye derechos inalienables de carácter económico, social y cultural, decantándose como una vía anticapitalista contraria al desarrollo sin fin, el consumismo banal de objetos intrascendentes y de recursos naturales escasos y la idea de progreso basada en un sistema de producción que persiga la satisfacción de las necesidades humanas democráticamente y con el debido respeto a los entornos ambiental y cultural de cada pueblo o comunidad.

Desde una mente colonizada por el régimen capitalista insaciable, la Constitución de Ecuador puede sonar a música celestial, poesía o lirismo bucólico pues en ella se contemplan, entre otros, asuntos tales como la muerte digna, ¡el tiempo libre para la contemplación! (no confundir con ocio pasivo industrializado) y el derecho a amar y ser amado.

Resulta evidente, que para un hombre o una mujer del llamado mundo libre, todo lo reseñado puede antojárseles un cuento de hadas infantil, hermoso y bello, pero sin mayor importancia o trascendencia. Eso sí, jamás reparará que en las constituciones de sus propios países se habla del derecho al trabajo, al bienestar, a la salud y a la vivienda, por citar únicamente aspectos o ejemplos fundamentales de sus articulados, y que día a día son vulnerados de forma sistemática por los gobiernos de turno.


Sumak kawsay, el buen vivir en idioma quechua (o teko kavi en la cultura guaraní  y suma qamaña para el pueblo aymará), está de plena actualidad


La felicidad, señalábamos antes, era más bien un tesoro a descubrir, una meta a conquistar o una sensación peculiar de índole casi metafísica o divina. Aristóteles la situaba en el orden de la autorrealización personal, anticipándose tal vez a las premisas de la posmodernidad reciente del relato privado como camino solitario para alcanzar una vida plena.

Los estoicos y los cínicos aprehendieron el concepto asimismo desde el ángulo del yo, como la cima de la autosuficiencia, que puede tener lecturas contradictorias en la versión contemporánea y neoliberal: refrenar los deseos y contentarse con lo que se tiene o lo que el destino ha dispuesto para nosotros, o bien como proceso sensato y coherente para ser lo que se debe ser, una tautología que cada cual debe resolver desde su fuero interno y dentro del contexto histórico en el que se encuentre inmerso.

Para los epicúreos, por su parte, el placer es el logro máximo de una vida 10 o, mejor expresado, con evitar el dolor, existencia resuelta, algo no tan fácil o viable de conseguir dentro de universos sociales complejos e interdependientes en muchas esferas de la vida cotidiana.


Con la calidad de vida sucede algo parecido a los tests de inteligencia: solo tienen un relativo valor de aproximación cabalística para sujetos o grupos muy cercanos que compartan orígenes, educación y costumbres casi idénticos


Nos detenemos ahora en la calidad de vida. A pesar de que casi todos entendemos lo que se pretende decir con ello, el concepto presenta ambigüedades muy manifiestas o veladas entre una maraña de prejuicios e ítems culturales de muy diverso signo. No se trata de un valor absoluto ni cerrado, pudiendo interpretarse de maneras muy diferentes incluso paradójicas entre sí. Precisamente, por esa flexibilidad semántica diversos autores y organismos han inventado fórmulas e índices para medirla de un modo científico, neutro y definitivo.

Sin embargo, calidad de vida no es un concepto neutral que cabe deducir de estadísticas frías y omnicomprensivas. ¿Entienden lo mismo por calidad de vida un ciudadano lapón, un tailandés, un alemán o un hondureño? Sus culturas, historias e idiosincrasias son dispares. Sus necesidades, también. Por tanto, el PIB y otros datos micro o macroeconómicos están imposibilitados para establecer criterios irrefutables y comparativos al respecto.


Sin duda que detrás de los tres conceptos analizados a vuelapluma hay ideología a raudales y proyectos de encarar la acción política de modos y maneras que se oponen radicalmente.


Con la calidad de vida sucede algo parecido a los tests de inteligencia: solo tienen un relativo valor de aproximación cabalística para sujetos o grupos muy cercanos que compartan orígenes, educación y costumbres casi idénticos. En cualquier caso, calidad de vida es el instrumento que pretende estandarizar a la población mundial dentro del redil de la globalización capitalista, siendo el cenit o centro integrador la sociedad occidental (la metrópolis ideológica de la globalización) y sus parámetros o paradigmas tecnológicos. A ellos se supeditan sus índices o mecanismos de medida: personas y países que se hallen por debajo (casi todos) de sus elevados o inaccesibles registros son catalogados de subdesarrollados o en un término estrella de la neolengua actual, emergentes, un eufemismo propicio para encubrir las disputas sociales que se libran en territorios en auge económico pero de distribución de rentas desmesuradamente desiguales.

Nuevas ideas para un nuevo mundo

Sin duda que detrás de los tres conceptos analizados a vuelapluma hay ideología a raudales y proyectos de encarar la acción política de modos y maneras que se oponen radicalmente. La calidad de vida se vincula de forma directa al sistema de explotación capitalista: producir bajo marcas que roban legalmente la autoría de las distintas mercancías y consumir a troche y moche son sus momentos culminantes; la vida reducida a un tener más de todo, a un movimiento continuo que no permita reflexiones críticas que causen dolor existencial.

La felicidad es pura obligación retórica en nuestros días, reservada su mera enunciación protocolaria para eventos iniciáticos, de paso, de efemérides institucionales o familiares muy señaladas de circunstancias no previstas: fiestas navideñas, aniversarios, matrimonios, nacimiento de hijos, días comerciales de la madre o el padre, la suerte anónima de ganar en exclusiva un sorteo millonario…


Ya estamos con el buen vivir o sumak kawsay, teko kavi, suma qamaña, una revolución ideológica total que supera con creces la calidad de vida capitalista o la felicidad metafísica


Su significado se ha restringido en el uso cotidiano porque está mal vista, da vergüenza ser feliz o mostrar felicidad en un universo tan conflictivo, caótico, competitivo, cruel y precario como el nuestro. También se utiliza como filosofía residual en cursos de autoayuda, sectas religiosas minoritarias o tendencias new age para captar prosélitos insatisfechos con las exigencias y penurias provocadas por la locomotora sin maquinista ni frenos del régimen capitalista.

La felicidad es una antigualla o utopía de alquimistas sociales visionarios y gentes de bien acosadas por el malestar colectivo de nuestros días. En el centro comercial, en el trabajo asalariado o en el paro, y en la precariedad vital resulta inoperante, un deseo imperioso que nunca cumple las expectativas que promete.

Tomemos un respiro final. Última reflexión. Ya estamos con el buen vivir o sumak kawsay, teko kavi, suma qamaña, una revolución ideológica total que supera con creces la calidad de vida capitalista o la felicidad metafísica, negándolas e incluyéndolas a la vez en su seno. Se trata de una sabiduría del aquí y ahora con sentido histórico, que busca y ensaya la armonía desde múltiples facetas: relación de cooperación conmigo mismo, con el otro, con la naturaleza, con el cosmos y con el futuro de las generaciones venideras.


La dinámica aparente del capitalismo, detenida en instantes sin historia que acontecen como fugacidades inefables, no permite reparar en conceptos tan profundos, versátiles y ricos en potencialidades éticas y políticas como el sumak kawsay, teko kavi, suma qamaña.


Estamos ante un buen vivir ya anunciado o implícito de alguna manera en el hombre nuevo de Antonio Gramsci y en la propia dialéctica marxista, pensar y hacer, teoría y práctica unidas en una acción múltiple y social no segregada en facetas aisladas o autónomas que nunca se encuentran ni intercambian experiencias.

La dinámica aparente del capitalismo, detenida en instantes sin historia que acontecen como fugacidades inefables, no permite reparar en conceptos tan profundos, versátiles y ricos en potencialidades éticas y políticas como el sumak kawsay, teko kavi, suma qamaña.


Si nos quitamos la careta de nuestro complejo de superioridad, quizá aprendamos algo útil de ellos para bien de todos.


El futuro se está alejando de Occidente a zancadas gigantes. Ni la izquierda es capaz de salir del círculo vicioso dibujado a grandes trazos por la rueda infernal del capitalismo. Decir que otro mundo es posible sin cortar amarras con el sistema ideológico, cultural y de explotación de la globalidad es tanto como abonar quimeras fantásticas para quedarnos en lo consabido, la tradición conservadora o reaccionaria, el calor de la costumbre y las inercias mentales de siempre.

Miremos, siquiera sea por hacer un descanso lúdico en el trayecto habitual o por mera curiosidad intelectual, qué nos proponen desde Bolivia y Ecuador, desde el milenario saber hacer y saber vivir de las legendarias culturas amerindias. Si nos quitamos la careta de nuestro complejo de superioridad, quizá aprendamos algo útil de ellos para bien de todos. Que así sea.

 

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