Subvertir el presente, Jeanne Hersch y el tiempo de la música
Fuente: http://www.rts.ch/

El tiempo corre de la misma manera para todos los seres humanos, pero todo ser humano flota de distinta manera en el tiempo.

Yasunari Kawabata, Lo bello y lo triste.

Julio Cortázar, además de cronopio, es un gran pensador sobre el tiempo –allá al fondo está la muerte, y sus instrucciones para dar cuerda al reloj–, pero también es un pensador de la música, y de la intersección entre ambas. El ritmo, el contrapunto aprendido a base de jazz, domina sus mejores frases, como un Charlie Parker perdiéndose entre las letras. En una de sus incursiones musicales, en La vuelta al día en ochenta mundos, el gran cronopio contaba “La vuelta al piano de Thelonious Monk”:

«Entonces es Pannonica, o Blue Monk, tres sombras como espigas rodean al oso investigando las colmenas del teclado, las burdas zarpas bondadosas yendo y viniendo entre abejas desconcertadas y hexágonos de sonido, ha pasado apenas un minuto y ya estamos en la noche fuera del tiempo, la noche primitiva y delicada de Thelonious Monk.»


Frente a la destrucción del tiempo de la rutina, en la que enormes cantidades de tiempo pasan sin apenas registro, sin ser apenas nuestras, el tiempo de la música se esfuma al ritmo en el que las notas se desvanecen en su recorrido por la sala.


La música, pero quizás con mayor intensidad en la experiencia del concierto, es capaz de sacar al tiempo fuera de sus goznes. Un minuto vale una noche, o Ornithology podría sonar durante horas mientras el catálogo parkeriano suena en todas sus variantes.

Algo pasa con el tiempo, con los tiempos, cuando nos metemos en la música. Todos esos tiempos inspirados en el cambio, en el movimiento, que Aristóteles supo arrancar a las personalidades del tiempo, se resignan, en la música, a algo que a duras penas alcanza con llamarlo “presente”.

Frente a la destrucción del tiempo de la rutina, en la que enormes cantidades de tiempo pasan sin apenas registro, sin ser apenas nuestras, el tiempo de la música se esfuma al ritmo en el que las notas se desvanecen en su recorrido por la sala. Y sin embargo, en el colmo de lo efímero, en la imposibilidad de recortar un fragmento de sonido y explorarlo como un cuadro en un museo, a la salida del concierto nos encontramos en cierto estado de plenitud vivida.

No vale la pena buscar el detalle, el concierto se nos presenta como un fragmento de tiempo irrompible, inseparable, una experiencia que no podremos desgranar en memorias externas (a menos que nos hayamos pasado el concierto grabando con el móvil, externalizando nuestra propia experiencia); lo que recordaremos, en unos años, será aquel concierto, siempre con una apariencia de totalidad y plenitud.


Escribía Jeanne Hersch (Ginebra, 1910-2000) sus esfuerzos por aproximarse a resguardar algunos retales del tiempo de la música. Tiempo y música (Acantilado, 2013) es sobre todo el registro del asombro con respecto a algo que se creía constante e insondable, el tiempo.


Si prestamos atención a estos detalles de la música, de la forma en que la vivimos, quizás lleguemos a la conclusión de que, además de los sentidos habituales, la experiencia de la música puede agudizar nuestro sentido del tiempo.

Abandonemos inmediatamente toda retórica barata en este sentido, aquí no se trata de hablar de sextos decimonovenos sentidos, se trata de pensar cómo llegamos adquirir la sensación del tiempo, cómo sintetizamos eso que no es más que un anónimo movimiento planetario alrededor de una estrella (los calendarios empiezan cuando les inventamos nombres a ambos).

Hablamos muchísimo del tiempo, lo hacemos sinónimo del clima, le inventamos futuros y pasados, pero la dificultad del pensamiento radica en describir la sensación de tiempo, como quien habla de la sensación de calor o de frío.

De ahí que Aristóteles buscase un anclaje que nos permitiese algo así como una visión del tiempo en su acontecer: el movimiento, el cambio, son los anclajes en los que el estagirita sitúa el tiempo. No solo Newton acabó con la física aristotélica, Heidegger también puso su granito de arena, y nos hizo notar que hablábamos del tiempo siempre como una variable física, que decimos sentir el tiempo como algo medible.


Desde el asombro filosófico, Hersch nos describe la ucronía fundamental del tiempo humano: «Nuestra vida “normal” se desarrolla, así, en la incoherencia de los diversos tiempos, característicos de la condición humana y de nuestra pertenencia a la naturaleza»


Así, el tiempo es el nombre que le damos a una serie de puntuaciones en una línea, reducimos la trama a la línea. Entonces, nosotros somos solo un punto de una única línea, y renunciamos a nuestra propia trama, y a la posibilidad de remontar de otra forma el tiempo. ¡Qué distinta sería la historia si Penélope hubiese escrito la espera de su amado hilando, y no tejiendo el telar de su tiempo, y qué triste sería no poder deshacer de vez en cuando nuestro telar para reordenar sus trazos!

Kronos también se sienta con nosotros a disfrutar del concierto, permitiendo distraerse un momento en ese picapedreo constante en nuestras muñecas –o en las pantallas de nuestros teléfonos–. En esas compañías escribía Jeanne Hersch (Ginebra, 1910-2000) sus esfuerzos por aproximarse a resguardar algunos retales del tiempo de la música. Tiempo y música (Acantilado, 2013) es sobre todo el registro del asombro con respecto a algo que se creía constante e insondable, el tiempo.

Acostumbrados a tratarlo como un sucedáneo de la sumatoria pasado+presente+futuro, el tiempo se divide ahora entre el tiempo práctico –ese que nos concierne personalmente, y cabe ver en esa asociación a la praxis un remanente aristotélico, y una negación a la posibilidad de pensar el tiempo del aburrimiento, eso que Cortázar definía como “momentos en los que no ocurre nada más que lo que ocurre todo el tiempo”–, y el tiempo de la naturaleza –ése que nos remonta a los movimientos de los astros, a los que tratamos de sincronizarnos, para sentir que de alguna manera formamos parte de todo eso–.


Hersch descubre en la música un principio de acuerdo, la posibilidad de un momento en el que el tiempo no es el de la roca girando alrededor del astro, sino algo así como un tiempo nuestro, descargado ya de la difícil concordancia entre los astros y nosotros


Desde el asombro filosófico, Hersch nos describe la ucronía fundamental del tiempo humano: «Nuestra vida “normal” se desarrolla, así, en la incoherencia de los diversos tiempos, característicos de la condición humana y de nuestra pertenencia a la naturaleza».

Tal vez por eso nos cuesta tanto llevarnos bien con el tiempo, asumir su paso como algo más que el acercamiento a la tumba (y, por supuesto, aprender en su compañía que el camino a la tumba es una trama más en nuestro telar, que podremos retrasar pero que, más tarde o más temprano, terminaremos).

Hersch descubre en la música un principio de acuerdo, la posibilidad de un momento en el que el tiempo no es el de la roca girando alrededor del astro, sino algo así como un tiempo nuestro, descargado ya de la difícil concordancia entre los astros y nosotros.

La música, observa, que existe a través de sus propias constricciones y métricas, deviene libre, y algo de eso es lo que escuchamos o, para decirlo en términos de la sensación de tiempo, lo temporizamos.


Lo que hacemos con las palabras define en buena medida lo que sentimos, ¿a qué querremos llamar “tiempo”? Mientras, no olvidemos dar cuerda al reloj, aunque sea para avergonzarlo al salir del concierto, allá al fondo seguirá estando la muerte, «si no corremos y llegamos antes y comprendemos que ya no importa»


La música, medida o improvisada, escapa a las matemáticas de las armonías y nos enseña cierta experiencia de la libertad pero, sobre todo, ofrece una experiencia del tiempo que hace que la rutina parezca un mal chiste sobre lo que se supone que debería ser el tiempo.

Kronos sale de los conciertos por la puerta de atrás, tapando su cara y asumiendo que, en cuanto termine el concierto, deberá poner todo su empeño en convencernos de que el tiempo es eso que marcan los relojes, un puñado de numeritos que avanzan en ciclo con la mayor precisión y puntualidad posible. El tiempo de la música avergüenza al tiempo de siempre, en el que ocurre eso que ocurre todo el tiempo, todos los días, todos los años.

Lo que hacemos con las palabras define en buena medida lo que sentimos, ¿a qué querremos llamar “tiempo”? Mientras, no olvidemos dar cuerda al reloj, aunque sea para avergonzarlo al salir del concierto, allá al fondo seguirá estando la muerte, «si no corremos y llegamos antes y comprendemos que ya no importa».

“Jazz Filloa”, grabado iluminado a mano, 2007, Santiago Caneda Blanco
“Jazz Filloa”, grabado iluminado a mano, 2007, Santiago Caneda Blanco

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