Solo un segundo

Tus dedos surcan el teclado a una velocidad que ni tu cerebro es consciente; y tu mente, genera en su interior complicadas frases que son engrasadas con datos y una buena dosis de fantasía de cosecha propia… Si, tu artículo-novela-historia, promete romper barreras como ninguna otra lo ha hecho a lo largo de la historia desde que los egipcios inventaron los jeroglíficos allá por el milenio IV antes de Cristo.

¡Alto! ¡Alto!. Una voz poderosa grita en tu interior pidiéndote un poco de tu atención. Es una voz muy similar a la tuya misma e incluso utiliza expresiones que tú mismo te dices y desdices en tu cabeza cuando tienes un momento a solas. ¿Tú conciencia? ¿Tu “yo” interior? ¿Pepito Grillo? Quién sabe…

El caso, es que has cogido carrerilla sobre el teclado. Llevas varias semanas dándole vueltas en tu cabeza, realizando anotaciones en un cuaderno o simplemente, leyendo a otros autores para “pescar” un poco de aquí y de allá. Y tras hacer una depuración de datos en tu mente, logras verter esos datos a través de tus dedos y consigues así redactar un artículo de opinión, escribir un par de capítulos de una novela que tenías ganas de escribir… las posibilidades son infinitas.

Si cada día que te levantas, sientes ese gusanillo, ese picor sano en los dedos o esa necesidad inquebrantable que te obliga a coger un bolígrafo y lanzarte sobre un cuaderno para escribir, entonces querido amigo o amiga, tiene usted el mal del escritor. No es que sea un virus pernicioso ni una actitud patógena que logrará destruir el mundo como un virus. No, simplemente, usted lleva en su interior una voz que solo usted puede escuchar y que para darle cierta relevancia a los saberes e inquietudes que esa voz le plantea, transcribe su enseñanzas al pie de la letra y las plasma definitivamente sobre papel. 

Cuando terminas de escribir dichos conocimientos, sientes que un peso que te encadenaba a una vida de penoso aburrimiento y de dolor insufrible, se ha ido de tu ser, flotando en el aire hasta perderse en los cielos. Pero sólo cuando relees lo que has escrito y tu “yo” consciente se percata de todo lo que has redactado, sientes que lo que has escrito puede ser una pizca de la locura interna que todos tenemos desde que nacemos.

Respondes subjetivamente a preguntas que nadie ha sido capaz de contestar, inventas soluciones a problemas que hacen que la humanidad se atore y estanque en un fango de dudas y pensamientos malintencionados… te sientes con superpoderes delante de una hoja en blanco sobre la que poder escribir.

Pero, ¿y si te hubieses detenido solo unos segundos a pensar con cautela en lo que has escrito? ¿Habrías escrito con una mayor calidad literaria lo que querías contar? ¿Habrías elegido las palabras más acordes al contexto que estabas utilizando? ¿Te habrías dado cuenta de que lo que hasta hacía solo unos instantes era algo obvio y simple, es en verdad una situación compleja e irresoluble? Las dosis de realidad, a veces son como una pastilla de sacarina kryptoniana en el café de Superman, para la mente de un creativo impaciente que no usa reloj para no ponerse límites de tiempo ni se deja aconsejar por las voces de sus seres queridos, para no perder el hilo de las ideas que tan minuciosamente había logrado engarzar en su mente.

Sólo un segundo. Con eso basta para tirar por tierra todo el ímpetu que los novatos tenemos a la hora de afrontar una tarea de la magnitud de una novela, trilogía o saga… Son los principios del buen escritor. Pensar, repasar, volver a pensar y por último, repasar todo de nuevo.

He ahí la clave del éxito… Queridos lectores. Ésta última frase, la he leído, oído y visto en un sinfín de lugares. La paciencia es la madre de la ciencia, dicen algunos. Y razón no les falta en el noventa y nueve coma nueve por ciento de las veces. En mis años de colegio, en las clases de biología, cuando hablábamos acerca de las teorías científicas, nos topábamos con un temario que versaba acerca de, ¿qué son las teorías y qué les hacen falta para convertirse en normas? Y todavía hoy me acuerdo de la lección que aprendí ese día.

Lo que toda teoría necesita para convertirse en ley o norma, es el acierto y exactitud durante el noventa y nueve coma nueve por ciento de las veces y casos pertenecientes a ese escueto cero coma cero uno por ciento restante, que contradigan dicha teoría; para así cumplir con la norma de “…es la excepción, que confirma la norma…”

Pero sinceramente, con cuatro libros a mi espalda, tres de ellos como mi primera trilogía, y casi una decena de libros pensados, mínimamente todo hay que decirlo, he llegado a la conclusión, de que para un escritor, lo verdaderamente importante, no es seguir el guión durante el noventa y nueve coma nueve por ciento de las veces, sino dejar que la intuición y la improvisación, esa “excepción, que confirma la norma”, se apodere de ti y dejar que sea esta y no la lógica, la que deslice tus dedos sobre el teclado.

Y pese a tener que reconocer, que mis libros no son nada del otro jueves, ya que los escribo por gusto y lo hago todo solo, y estos son publicados con infinidad de errores que harían que mis profesores de gramática me dieran de puntapiés desde Finisterre hasta Cádiz, siento que pese a conocer mis fallos, ese segundo para pensar y recapacitar acerca de lo que digo y hago, es el peor segundo invertido tras meses de dedicación a todas horas, a la tarea no obligada que me da la vida.

Por ello, amigos de la escritura, habladores de fueros internos, lectores con una pizca de demencia, yo os digo, ese segundo, es la verdadera excepción que confirma la norma.Guiaros por vuestra intuición y nunca, repito, nunca, habréis cometido ni un solo error en vuestras vidas literarias. Estos son mis principios y como decía un grande del cine y de la filosofía más incomprensible y a la vez, accesible para todos:

“…Estos son mis principios, si no les gustan tengo otros…”

Groucho Marx.

2 Comentarios

  1. Muchísimas gracias Carmen, se me enciende una vela de alegría en mi interior al saber que unas pocas palabras sirven expresar un parecer que resulta ser común en otras personas. Gracias de corazón.

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