Solo polvo

Las pequeñas partículas de polvo revoloteaban libres en los haces de luz que conseguían penetrar por las persianas. Nadie sabía explicar de dónde salían aquellas partículas. Se desplazaban con rapidez de un lado para otro. Se reunían, se reproducían y se separaban. Imponían su presencia y, al segundo siguiente, desaparecían sin dejar rastro. Ajenas a la calma y al reposo que reinaban en la habitación, quizás fueran lo único que parecía tener cierta vida en aquel lugar.

Un policía se encontraba apostado en la puerta de la vivienda, esperando a su superior. Cuando llegó, este le preguntó secamente:

—¿Dónde está? —

En la sala principal, señor. Está junto a la ventana. Todo indica que se trata de… Levantando la mano derecha, el inspector interrumpió la última frase del policía: sabía perfectamente de qué se trataba.

Añadió que nadie más entrase.

Por desgracia para él, no necesitaba de ninguna indicación para encontrar la sala principal: conocía muy bien —demasiado bien— aquel lugar. Tras franquear la puerta, el inspector contempló las fotografías que se encontraban sobre el mueble de la entrada, a la derecha. Unos rostros familiares le sonreían impertérritos desde un pasado lejano. Tomó una fotografía que le llamó especialmente la atención, porque nunca la había visto. Era la única foto que no mostraba ni el más mínimo rastro de felicidad. La chica se encontraba en lo que parecía ser un mirador, apoyada sobre una barandilla, suavemente acariciada por el sol moribundo que se escondía tras las montañas, al fondo. No miraba a la cámara, sino que su rostro se encontraba de perfil. Aunque no pudiese verle del todo la cara, el inspector podía imaginar muy bien la expresión de la muchacha… y el dolor que tras ella se escondía.

Volvió a colocar la foto en su lugar. Respiró profundamente, como reuniendo sus fuerzas, antes de girar a la izquierda y penetrar en el salón. Allí se enfrentó cara a cara con ese mismo rostro, que se encontraba sentado —como su subordinado le había indicado— justo al lado de la ventana. Habría agradecido que tuviese los ojos cerrados. La visión de aquella mirada, tan muda como acusadora, le resultaba insoportable.

El rigor mortis había embalsamado la belleza de su cuerpo. Parecía que en cualquier momento fuese a despertar, tan radiante como siempre. Pero no: sus pulmones ya habían cesado de recibir el aire de aquella primavera, que en invierno se había convertido en aquella habitación; su corazón ya había dejado de bombear el líquido vital, la misma sangre que había regalado un precioso color rosado a sus mejillas, antaño.

Sintió la obligación de acercarse para cerrarle los ojos, más para sentir el ligero tacto de la piel de sus párpados que para otra cosa. Al hacerlo, notó que el frío ya comenzaba a reclamar lo que era suyo. Él había conocido ese mismo cuerpo con una temperatura muchísimo más elevada, en su punto de ebullición, el momento justo en el que alcanzaba el éxtasis, el paroxismo de la vida. Y ahora permanecía allí, inerte. Como si jamás hubiese existido. Solo polvo.

¿Qué siente quien observa la muerte en a quien un día amó? Por mucho dolor que provoquen en el corazón las raíces infectadas del amor podrido, ¿quién no se sentiría en una encrucijada de sentimientos, sin decidir qué camino tomar: si el del remordimiento, si el de la rabia, si el de la melancolía, si el de la negación, si el del arrepentimiento…?

Como cualquier mortal en esa situación, el inspector no sabía explicarse a sí mismo la sensación que impregnaba cada nervio de su cuerpo. Desgraciadamente, veía aquel tipo de escenas con bastante frecuencia, pero jamás se habían cruzado su trabajo y sus sentimientos. En los demás casos, la causa de la muerte no tenía nada que ver con él; pero esta vez él era la causa. Él, su comportamiento y sus decisiones eran la causa. Su propia existencia era la causa.

Sabía de sobra que jamás se debía desplazar —ni siquiera tocar— un cadáver, por riesgo de contaminación de las pruebas. Pero ¿acaso hacía falta prueba alguna? La caja de barbitúricos se encontraba volcada sobre la mesa, testigo y asesina muda. ¡Qué demonios! ¡Al infierno con el procedimiento! Con sus manos desnudas, cogió delicadamente en brazos a la que un día fue su mujer y decidió llevarla a su habitación. Sus brazos inertes se balanceaban a cada paso que él daba; tenía la cabeza inclinada hacia atrás, como ofreciendo su cuello al beso que la devolviese a la existencia terrenal. La tumbó en la cama, que había sido su tumba en vida, y posó un beso, de despedida, en sus fríos labios. Al contemplarla, pensó en que estaba espléndida incluso en su muerte, en que ni dos décadas habían envejecido su belleza, y así es como quería recordarla.

Siempre había antepuesto su trabajo a todo lo demás, y esa era la razón por la que aquella mujer ahora yacía sin vida en su propia cama. Su sueño siempre había sido ser policía; pero en aquel momento, observando el cadáver, lo comprendió: ¿a quién le importaba ser policía, abogado, juez, médico, profesor, escritor, etc., cuando se estaba vacío de un amor verdadero, cuando se estaba vacío de toda humanidad?

No… Las pastillas no habían causado la muerte a aquella mujer. Había sido él mismo, por haberla abandonado; los barbitúricos no eran asesinos, sino solo testigos. No… Aquello no había sido un suicidio. Había sido un asesinato, y el espejo de la habitación, en el que tantas veces se había mirado antes de salir a cumplir con su sueño, le mostraba claramente quién era el culpable.

A la espera del ascenso a comisario, tenía que dar el máximo ejemplo a las nuevas generaciones. No podía dejar que un asesino siguiera suelto por las calles. Mientras así fuera, ¿en cuántos inocentes más podría despertar el sufrimiento? Aquel caso era el más difícil al que se hubiese enfrentado en sus años de carrera. Y no por la complejidad del misterio que rodea toda muerte, sino porque exigía uno de los esfuerzos más difíciles para la especie humana: reconocer la propia culpa y actuar en consecuencia, independientemente del precio.

Independientemente del precio… Independientemente del precio… Aquellas palabras se agolpaban y se repetían sin cesar en su mente. El instinto de supervivencia dejó de tener sentido; ahora primaba la responsabilidad y el sentido del deber.

Volvió a mirarse en el espejo. Apenas conseguía reconocerse. Su rostro, su corte de pelo, su cuerpo, su ropa… le eran extraños. Un perfecto desconocido le devolvía la mirada desde el otro lado. El asesino siempre regresa al lugar del crimen, y allí se encontraba, en el espejo, desafiante, escurridizo. Pero el inspector no iba a permitir que escapase. La hora de la redención, de equilibrar la balanza, había sonado. El policía, que tanto había crecido a costa del marido, haría pagar al asesino que moraba en su interior…

El policía que se encontraba en la puerta de la vivienda corrió hacia el interior, alertado por el estruendo del disparo. El salón estaba vacío: «¿Dónde está el cuerpo?», se preguntó. Un fuerte olor a pólvora lo condujo hasta la habitación principal. Y lo que allí encontró lo dejó totalmente confuso.

Encontró al inspector tumbado sobre la cama de matrimonio. En sus sienes había dos orificios de bala, uno de entrada y otro de salida, de los que brotaban sendos hilos de sangre. El arma reglamentaria del inspector se encontraba en el suelo, humeante. Por su parte, la mujer, que presuntamente se había suicidado, estaba abrazando al inspector. Ambos parecían descansar, y en sus rostros podía vislumbrarse esa sonrisa única que solo el amor de verdad es capaz de dibujar.

El joven policía retrocedió lentamente, avergonzado, como haría cualquier persona que invade un dormitorio ajeno cuando sus huéspedes están descansando en él.

Con la máxima perplejidad, los forenses fueron incapaces de separarlos. Parecían petrificados, unidos para siempre el uno al otro. Y así es como decidieron dejarlos.

Poco tiempo después, otro inspector, que había hecho todo por poder cumplir su sueño, fue elegido comisario. El otro inspector pasó a los dominios del olvido, como si jamás hubiese existido.

Solo polvo.

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