Sin dinero... II

Imaginemos un mundo exactamente igual al actual, pero sin la existencia del dinero.

No regiría, por supuesto, un modelo capitalista como forma de administrar la manera de obtener los bienes y servicios disponibles. En realidad, no habría un “sistema” para regularlo.

Cada cual se formaría en conocimientos y habilidades en función de sus gustos y capacidades y sería el propio logro de esas aptitudes la verdadera moneda de cambio para esas adquisiciones.

 Sería un mundo exactamente igual al actual, pero desprovisto de toda lacra asociada al imperio del modelo capitalista. Todas aquellas organizaciones asociadas a la pretensión de acumulación de riqueza quedarían, pues, obsoletas: asociaciones criminales, como mafias y bandas organizadas, o conductas corruptas tanto en la esfera pública como privada quedarían sin efecto.

Lacras como la pobreza, el paro, o la desigualdad quedarían asimismo sin efecto.

 En este mundo idílico la base de la interacción económica no sería ya la existencia de un patrón establecido para esa relación, como la moneda, —cuya mera existencia es ya un problema en sí mismo, al poseer una naturaleza acumulativa—, sino la confianza y el valor, entendido éste como criterio subjetivo de atribución de esa confianza.

 La naturaleza acumulativa del dinero alude a los más bajos instintos de la especie humana. Si permitimos que para poder tener más alguien pueda aprovecharse del trabajo de otro la única manera de evitarlo sería que sencillamente no se pueda “tener más”.

Y para que ese “tener más” deje de tener sentido se debe eliminar el objeto a acumular. Paradójicamente sólo se puede acumular algo que sirve de patrón, de moneda arbitraria de intercambio, algo cuyo valor intrínseco se reduce al del papel o metal del que está fabricado.

Esta servidumbre ante la necesidad de obtención de dinero lleva a mucha gente a la realización de trabajos ingratos. Y cuando digo ingrato no me refiero a la propia naturaleza del trabajo, —que todos son igualmente respetables y dignos–, sino a que, debido a la salvaje competencia del mercado y a las condiciones draconianas del libre comercio y del acceso al mundo laboral, la mayoría de la gente no puede aspirar a vivir conforme a ese lugar común que suele decirse: trabajar en lo que a uno le gusta…

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