Salir o no salir de la zona de confort. Esa es la cuestión

Recordáis a aquel locutor deportivo que cuando despedía la conexión siempre decía: “¡Porque la vida puede ser maravillosa!”. Qué gran frase para dejar el mejor sabor de boca a la audiencia, independientemente si su equipo ganaba o perdía. Yo siempre que lo escuchaba me pregunta si realmente ese locutor creía que la vida era maravillosa o simplemente era una coletilla que quedaba bien en televisión para enganchar a la gente.

Lo cierto es que el tiempo pasó y ahora esa persona ya no está entre nosotros. Su fallecimiento nunca fue aclarado y aunque no me gustan nada las especulaciones, es cierto que la duda se cierne como un enorme nubarrón gris.


Quizá el principal problema con la zona de confort es nuestra obsesión por encontrar garantías en todos los aspectos de la vida.


¿Quizá su vida no era tan maravillosa? ¿Quizá vivía en una zona de confort poco confortable? Indudablemente nunca lo sabremos, pero el hecho de observar a los demás puede ser un buen punto de partida para reflexionar sobre nuestras propias vidas y tener claro hacia dónde nos dirigimos.

Todos hemos oído hablar de la famosa zona de confort, igual que hemos oído hablar de Mordor, y aunque esta nos suene más como un chascarrillo, las dos pueden ser perfectamente espacios de ficción.

Podemos estar habitando en ellas ahora mismo sin darnos cuenta. Porque esos lugares tienen la particularidad de disfrazarse de lugar cómodo y apacible cuando en realidad, nos absorbe la energía y nos convierte en auténticos robots sin capacidad de discernir.


Al final, como suele ocurrir cuando no nos decidimos, sucede algo que nos obliga a decidir por narices. Entonces echamos mano del destino, de la providencia, del ¿qué he hecho yo para merecer esto?


A mí me gusta llamarlo zona de “confort-mismo” porque vivimos resignados a lo que nos ha tocado en suerte y, aunque no nos guste demasiado, tampoco queremos cambiar nada por miedo a empeorar las cosas. Es hacer efectivo el famoso refrán: “Virgencita, virgencita que me quede como estoy”. La principal coartada que todos usamos es compararse con los que están peor y pensar que tampoco estamos tan mal donde estamos.

De hecho, el principal objetivo de casi todo el mundo es conquistar esa zona y no salir jamás de allí. Al fin y al cabo, en principio, garantiza cubrir todas las necesidades básicas y ofrece protección y confort… Eso pone en el contrato, pero ¿qué sucede si de repente todo salta por los aires y nos vemos fuera de allí? Entonces es cuando nos damos cuenta que tampoco era una zona tan segura ni tan infalible como pensábamos.

¿Por qué ansiamos tanto la zona de confort?

Quizá el principal problema con la zona de confort es nuestra obsesión por encontrar garantías en todos los aspectos de la vida. En el aspecto laboral (trabajo fijo), en el aspecto económico (un buen colchón por si pasa algo), en el aspecto sentimental (una relación fructífera y duradera), en el aspecto social (disfrutar de buen tiempo de ocio con amigos).

Si alguien nos garantizara por escrito y ante notario todas estas cuestiones en nuestra vida lo  firmábamos sin dudar y nos quitaríamos un peso encima, porque nos pasamos la vida intentando solucionar esos problemas. Por eso nació la zona de confort, ese lugar diseñado y fabricado para que los principales enigmas de nuestra vida parezcan resueltas, por lo menos a simple vista, de ahí que deseemos pertenecer al club cuanto antes.


Todos en algún momento debemos tomar decisiones que nos acercan a la zona de confort o nos alejan de ella.


Si queremos pensar que los principales ejes de nuestra vida están resueltos, es posible que la zona de confort nos ofrezca esa seguridad (ilusoria) de que efectivamente es así, pero si observamos a las personas que decidieron salir de la famosa zona de confort tampoco tienen garantías de que sus principales cabos estén bien atados, y sin embargo sí creo que han dejado a un lado la sensación de tener una cuenta atrás constante en nuestros oídos, como si cada minuto nuestra vida se escapa sin remisión.

Las personas fuera de la zona de confort suelen tener la sensación contraria, como si cada minuto tuvieran más vida. Se los ve entusiasmados, felices, con una sonrisa a veces obscena… Y todos nos preguntamos: ¿Cómo consigue estar así? ¿Podría yo hacer lo mismo?

Todos en algún momento debemos tomar decisiones que nos acercan a la zona de confort o nos alejan de ella. Pero una vez que pagamos religiosamente el alquiler es más difícil abandonar el lugar, sobre todo por miedo a perder lo que se tiene, por eso es tan importante una buena gestión de esa criatura que nos chupa la sangre… El miedo es el que nos bloquea a la hora de tomar decisiones importantes, pero hemos de saber que si no decides tú, alguien lo hará por ti, y ¿quién mejor que nosotros para saber lo que necesitamos?

¿Qué hacer para salir de Mordor?

Conceptos tan manidos como la confianza en sí mismo, motivación, perseverancia, buena gestión de emociones negativas, diseñar una estrategia, o trabajar duro, parece que están pasados de moda, que da pereza solo oírlos… La gente prefiere escuchar cosas como “éxito asegurado”, “píldoras mágicas”, “consigue lo que quieres en tres meses”, “habla inglés en quince días”… Y deciden invertir su tiempo en intentar conseguir lo que quieren siguiendo esas fórmulas y no las anteriores. Es una decisión como otra cualquiera.

Pero sí es cierto que si permanecemos en la zona de confort debemos tener claro por qué lo hacemos y si nos compensa continuar allí. De igual forma, también debemos tener claro por qué queremos marchar de allí, lo que podemos ganar o perder y cómo vamos a afrontar el desafío. Normalmente nadie tiene claro ni una cosa ni la otra. A veces navegamos con marejadilla, otras con mar en calma, otras con mar gruesa y cambiamos de opinión según la longitud de las olas que nos golpean.


El principal objetivo de casi todo el mundo es conquistar esa zona y no salir jamás de allí.


Al final, como suele ocurrir cuando no nos decidimos, sucede algo que nos obliga a decidir por narices. Entonces echamos mano del destino, de la providencia, del ¿qué he hecho yo para merecer esto? ¿Cuántos de nosotros hemos visto cómo personas de nuestro entorno perdieron trabajo, pareja (e hijos) y pertenencias de la noche a la mañana?

Ante esa situación, la mayoría de nosotros tragamos saliva e imploramos para que nunca nos suceda eso. ¿Cómo pudo pasar? ¡Si estaba en la zona de confort! ¡Allí no deberían pasar estas cosas! Pero pasan, querido amigo, ya lo creo que pasan.

Es como preguntarnos cómo pudo romperse una relación con lo que se querían… ¡Si eran la pareja perfecta! ¡Un modelo a seguir! El amor también está dentro de la zona de confort, pero ese tema arduo y espinoso lo reservamos para el siguiente capítulo.

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