Rosetta y el mendrugo

Mandamos un trasto a sentar los reales sobre un pedrusco que va lanzado a decenas de miles de kilómetros a la hora por el Universo y acertamos. Aunque luego se quede sin pilas, ¡vaya proeza!

Tras contemplar esas imágenes -que han recorrido en un periquete largos senderos siderales hasta nuestro plasma- salimos a la calle a por unas birras, que luego hay partido.

Entonces, tenemos un encuentro que a algunos nos deja con las pilas más bajas que las del Philae, el módulo del Rosetta: una viejecilla permanece sentada en la acera, frente a una cajita de madera con un cartelillo que reza “para un mendrugo, gracias”. La venerable tiene hambre. Mejor dicho: pasa hambre. Todos los días. Sólo hay que verla.

Dejo caer unas monedas en la cajita y murmuro, antes de salir por piernas un tanto avergonzado, “tenga suerte, señora”. Y mientras me alejo me voy diciendo que vaya tontería desearle suerte a una mendiga vieja. ¿Qué suerte ha de tener? ¿Que algún piadoso ciudadano le deje, bien plegadito en su cajita, un billete de cien euros?, ¿o quinientos, o mil? ¿Qué suerte cabe esperar cuando además de haber sido alcanzado por la vejez nos ha alcanzado la miseria? Ninguna de las dos cosas es para tomárselas a broma, no. Pero, si la vejez ha de alcanzarnos a todos irremediablemente -si no espichamos antes-, la pobreza de esta señora, en esta España de hoy, parece también inevitable: según el gobierno de la nación, no hay dinero para esta gente, ni para los dependientes u otros necesitados. Claro que para el gobierno la pobreza es un dato estadístico: por eso prioriza como prioriza. Si el presidente y sus ministros fueran pobres, seguramente gastarían los dineros en otras cosas que en las que lo hacen; en comida y albergues y ropa y medicinas y viviendas dignas, por ejemplo. Y también en asistentes sociales y residencias para la gente mayor (tan escasas y tan caras hoy). Pero nuestros ministros acostumbran a ser ricos o casi. Por eso, muchas cosas hay que ocupan a los ministros antes que esta señora que pide un mendrugo. Cosas muy modernas, como el PIB, la deuda de los bancos o de esa prima de riesgo que tanto preocupaba.

Lo dicho: la pobreza es un dato estadístico. Eso es literalmente cierto cuando hablamos del Gobierno de la Nación. ¿Y los demás? También. Acostumbramos a hablar de “la pobreza” como un ente eidético, reducible a difusa categoría estadística; usamos el lenguaje para evitar mencionar a los pobres concretos, al que nos pide en el semáforo, al que agita la escudilla a la puerta del supermercado, a esta vieja que se sienta en la acera de mi casa. Pero para el ciudadano que se ha salvado de la quema de esta crisis multiplicadora de pobres, para el que tiene empleo, es empresario o funcionario ¿es la pobreza algo más que un dato? La clase media que queda -no se cabreen-, como el gobierno, no tiene la pobreza entre sus prioridades. El futbol, las vacaciones, la última novedad informática, la película de la semana, el cole de los sobrealimentados hijos, el partido de futbol de máxima rivalidad siempre, las banderas, los himnos, la letra de auto, la hipoteca, el seguro médico, la moda… todo eso está antes que esa vieja que pide un mendrugo de pan. El consumo ocupa su pensamiento constantemente. Pero ¿los pobres? Quía, si además son antiestéticos. “Son cosa del Gobierno”, nos decimos a sabiendas de que el Gobierno pasa de ellos. Ni siquiera, a la hora de decidir el voto, esos pobres influyen en nuestra decisión. Son cosa del Gobierno. Y la papeleta con nuestro voto va para quien nos promete menos impuestos, o mejor sanidad o cambiar una bandera por otra. Somos hooligans de la mediocridad y del consumo. ¿Molesta eso? No debería: hay lo que hay, se es lo que se es. Aceptarlo es la mejor forma de ser feliz ¿verdad?

La gente decente, la clase media, consume baguettes, pan de pipas, de cebolla, de espelta, panecillos de Viena que huelen a mantequilla de vaca que ríe. La gente decente no come mendrugos. Ni han visto uno en su vida, o no saben muy bien qué es un mendrugo. Eso se soluciona yendo al Diccionario de la Real Academia: “Pedazo de pan duro o desechado, y especialmente el sobrante que se suele dar a los mendigos.” También admite otra acepción: “Hombre rudo, tonto, zoquete.” Yo añadiría una síntesis de las dos: tontos y rudos zoquetes que ignoran qué vale un mendrugo para un pobre. Ahí cabe mucha gente.

Menos mal que las probabilidades de que existan el Cielo y el Infierno como los pintaba Dante en su Divina Comedia es casi nula. Porque si existiera un Cielo, seguro que sentada junto a la puerta estaría esperándonos esa vieja que pide un mendrugo. Y cuando fuésemos a cruzarla, quizá escucharíamos salir de sus labios un “que tenga suerte, señor”, y lejanos ecos de demonios que se frotan las manos.

Realmente, ¡qué proeza la de nave Rossetta y el módulo Philae! ¡Cómo progresa la humanidad!

Y qué suerte tenemos de que el Cielo sea sólo un vacío inmenso surcado de rocas con las que afinar la puntería.

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