Rompo una lanza por Disney

Culpo a Disney de mis altas expectativas respecto a los hombres”, es una de esas frases que se pueden leer en compilaciones de ocurrencias en Facebook y Twitter. Muchos de los niños nacidos a finales de los 80 y primeros de los 90 nos hemos criado con las ya clásicas películas de Disney (El Rey León, El libro de la selva, Aladdin, Toy Story, Pocahontas) y, después de haber visto estos días Frozen, la última gran producción de la vieja gigante de la animación, me he hecho preguntas. ¿Es Disney realmente recomendable para los niños? ¿Perpetúan unos valores caducos? ¿Crean falsas expectativas?

Entre todos mis amigos y conocidos, no hay ni uno solo que reniegue del símbolo de las orejas de ratón. Algunos han visto más o menos, pero muchos siguen emocionándose con acontecimientos como la muerte de Mufasa y, recientemente, han revivido su infancia hasta llorar viendo Toy Story 3. Todos están contentos con el cine que disfrutaron de pequeños y reniegan de los dibujos animados de hoy en día. Tal vez sea que nos hacemos viejos y, como todas las generaciones, criticamos lo nuevo. Pero, sinceramente, sigo sin verle el atractivo aBakugan frente a Yu–gi–oh ni nada que se acerque a Pokémon ni Digimon (en sus inicios, porque luego las explotaron demasiado y así están los pobres niños, locos tratando de capturar cientos y cientos de bichos distintos).

La gran cuestión, por la que muchas veces estas cintas de animación son criticadas, es que transmiten los valores del “heteropatriarcado”. Chicas pasivas, damiselas en apuros, que esperan a que sus príncipes vengan a salvarlas. Claro, es muy fácil ponerse las gafas del siglo XXI y con ella criticar todas las manifestaciones culturales anteriores porque no nos gustan los roles de género que nos gustan o nos parecen aceptables, en lugar de ponerlas en su contexto. Una película como Tiana y el sapo, es inimaginable en la época del estreno deBlancanieves y los siete enanitos: 1937, cuando la lucha por los derechos civiles en Estados Unidos no había hecho más que empezar. Por esa regla de tres, habría que censurar miles de años de literatura y ciento y pico de cine, para empezar. Lo bueno que tiene la democracia es que no existe pensamiento único y podemos disfrutar de todas las expresiones, por muy odiosas que les parezcan a algunos. Además, las heroínas evolucionan. La poderosa e independiente Elsa, que no necesita rey ni príncipe a su lado, nada tiene que ver con Aurora deLa bella durmiente. Incluso hay quien ve en ella un icono LGTB y ve en su canción Let it go(“Suéltalo” en español) una metáfora de salir del armario. Sin atreverme a afirmar tanto, brindo por este nuevo tipo de chica Disney.

Los niños son eso, niños. Simples e inocentes. Ya tendrán tiempo de crecer para ver dramones, penurias y tragedias. Cuando vuelvan a verlas, verán en esas películas una segunda lectura, detalles solo visibles para los adultos. Dudo mucho que, cuando crezcan, ese sea su modelo vital. Pero por si acaso, y para no decepcionar a nadie, hay que dar algunas explicaciones a los niños al llegar a la adolescencia, cosa que no todos los padres se paran a hacer. Contarles que los príncipes azules escasean más que los contratos de trabajo fijos en España y lo mismo pasa con las princesas Disney (juro que alguna he buscado, pero me eluden cual premio de la lotería). Que en la vida la gente mala no siempre puede identificarse por las verrugas o las ropas oscuras, y que los problemas no se solucionan con un número musical (aunque eso último no estaría nada mal). De pequeño no entendía aquello del ciclo “sin fin”, y ahora comprendo su belleza. El cariño fraternal en Hermano Oso, la amistad en Winnie the Pooh… Son valores que, para mí, no pasan de moda.

En fin, que si alguna vez tengo hijos, me gustaría que disfrutasen con un buen cuento de hadas, y ya después los desengañaré. Videoclips como el de la canción Let it go para mí merecen no uno, sino tres pares de premios Óscar. Tal vez con más pelis de Disney y menos de tiros habría menos armas en las escuelas, pero es una suposición inocente. El amor, dicen, no es más que una forma de locura socialmente aceptada. Seamos locos pues.

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