Reflexiones en España (I)

Cada vez que alguien se propone escribir un artículo de determinado tema, sabe que recibirá un feedback posterior, en función del cruce de ideologías del escritor y del lector potencial. Así pues, una mente abierta entiende que sus palabras serán alabadas del mismo modo que criticadas… ahí reside la amplitud de miras de una mente madura.

Sin embargo, me es imposible obviar el hecho de que durante esa tormenta ideológica, las palabras de un escritor o simplemente de una persona con unos principios determinados, pueden llegar a generar un malestar social casi irreversible. Doy por sentado, que muchos de los escritores de la página web de Liverdades, leen las posibles críticas u opiniones formales que reciben sus artículos. Como ya he dicho, el feedback, puede ser tanto positivo como negativo.

Y sumergiéndome en ese pozo de sabiduría popular, en el cual las gentes de diversa ideología dejan sus comentarios u opiniones al respecto y generan de manera indirecta un sub-enfrentamiento ideológico; logro percibir una hostilidad inherente a la humanidad que lo único que genera es que un debate político o un cruce de ideas o lo que en el mundo de la empresa se conoce como brainstorming, acabe degenerando en un mar de miedos, insultos, cábalas conspiracioncitas, amenazas y en general, en un saco de sátira hiriente que lo único que refleja, son las inseguridades de los lectores guión comentaristas del artículo original.

¿Qué obtiene el lector y potencial comentarista de un artículo al pretender imponer su ideología frente al escritor o ante otros comentaristas de ideales opuestos? ¿Es una competición? ¿Queremos demostrar quién es el más brabucón? ¿Queremos afianzar nuestro ego personal pregonando a los cuatro vientos que la tenemos más grande o que mi causa vale la pena mientras que la tuya es infundada o surrealista?

¿Qué gana la gente, permítanme tacharles de populacho, al querer pavonearse desde el anonimato que ofrece internet, o al menos desde la distancia geográfica que separa al populacho entre sí? ¿Es acaso constructivo decir que una ideología determinada es inferior a otra porque algo similar, no igual, quedó en evidencia en los anales de la historia en otra época y lugar diferentes a la actualidad?

Es cierto que el ser humano es el único animal que tropieza dos, tres o infinitas veces, con la misma piedra. Pero con cada tropiezo, y cada vez que el ser humano se levanta, el aprendizaje que obtenemos, es gratificante… o debería serlo.

En nuestro país, el orgullo, el ego, o la necesidad de estirar el cuello más que los demás, es un mal endémico que nos impide analizar con frialdad y objetiva sensatez cada situación que la vida nos plantea.

Por ello, os propongo que reflexionemos un poco antes de escribir a través de internet, nuestro miedos, pesares, nuestro orgullo y nuestro ego… solo con ello, logramos herir a otras personas que son movidas por ese orgullo y ese ego, alimentando una sed insaciable de venganza ideológica. ¿Acaso un maestro sería didáctico y profesional, si ante un alumno que se equivoca en una asignatura por carencia de una base elemental, humillase en público a ese alumno y lo relegara a un cuarto oscuro en el que sus penas serían el único alimento mental?

No. Tratemos de ser pacientes. Si de algo carece nuestra sociedad, es de empatía y paciencia. Somos un país de “sangre caliente”, en el cual prima más la respuesta desmedida y vulgar a pensar con objetiva sensatez, una respuesta que no ha de buscar ser perfecta o ni tan siquiera, superior a la de los demás. A veces, es bueno pararse a pensar lo que oímos de fuera y reflexionar en nuestra mente sobre esas palabras. A veces, es necesario dejar que impere la calma y la empatía para comprender a nuestro potencial rival ideológico. Y una vez analizados todos los prismas de esa opinión rival, es cuando debemos pronunciar un veredicto, que puede o no, estar condicionado por nuestra ideología o tozudez mental.

Me da lástima ver en los debates políticos, que el argumento principal de nuestra élite en el gobierno y oposición, sea el consabido e infantil “y tú más” o el “y tú peor que yo”. Seamos serios. Espero, que los futuros políticos de nuestro país, tengan una base que esté cimentada en valores humanos como la comprensión. Espero, que en un futuro, nuestros políticos, de la ideología que sean, pretendan buscar una especie de mesa redonda como en las leyendas artúricas, en las cuales, primaba el consenso común.

Imaginaros, que en un futuro, en nuestro  Congreso, hubiera diez, veinte, treinta o cuarenta partidos políticos y entraran todos a partes iguales, en el gobierno. Un representante o partido, indiferentemente de cuántos fieles seguidores o votantes acérrimos tuviera cada partido. ¿Sería una utopía democrática, verdad?

Lástima. Solo si esa conclusión perdura en vuestras mentes, estaremos abocados a involucionar hasta el punto en que el miedo y el odio de los ideales, predomine sobre la cordura y el bienestar de las personas que son recipientes de dichos ideales. No cometamos el error de involucionar… construyamos un futuro juntos, con respeto y entonces, y solo entonces, podremos vanagloriarnos de que nuestros ideales personales, sean superiores a los del resto. Pues irremediablemente, nuestra ideal particular, será común a todos: el respeto.

 

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