Recuperación de la función política del vecindario
Fuente: http://www.elimparcial.es/ EFE

Desmasificar es la clave del nuevo modo de hacer política. El desconcierto entre los representantes de la vieja política, creída en que la concentración de medios de comunicación bastaba para el control del pensamiento, es evidente. No han logrado neutralizar a estos modos más “humanos” y directos de construir propuestas políticas. De allí, que el común de los ciudadanos se preguntase cómo romper la cautividad a la que los sometían las reglas del juego de la Transición. Luego del fracaso programado de la reciente investidura se evidenció que el bipartidismo ahoga la iniciativa ciudadana. Recordemos que el 15M dio la respuesta en las plazas de los vecindarios, allí los ciudadanos lo confirmaron. Las personas son sabias.

Útil durante las primeras décadas, este sistema bipartidista, impersonal, de hacer política de la Transición, se ha mostrado cada vez más incapaz de afrontar los problemas reales. Con síntomas de corrupción, se demostró insolvente para resolver con éxito las necesidades de los ciudadanos. Porque de eso trata su razón de ser: la función de gobernar por y para las personas. Sin embargo, para desgracia de muchos y beneficio de pocos, con el paso del tiempo se demostró también que solo es efectivo para sostener estructuras y camarillas que se protegen a sí mismas, respondiendo habitualmente a los intereses de los grupos económicos. Creían que los ciudadanos en general tendían a sentirse anónimos, irrelevantes, desarticulados. En suma, con escasa influencia y bajo perfil participativo. Error.

La Política es una institución que, como tal, debe representar una pauta de comportamiento que sea funcional a los intereses del conjunto. Que no necesariamente signifique la expresión más abyecta de la condición humana. Que pueda recuperar su significado más digno. Ha llegado el momento de la Política Disruptiva, la participativa, generada en el ágora de los vecinos. Este es el resultado, porque tal vez sea que la política que se ejerce actualmente se ha convertido en algo particularmente insatisfactorio para los ciudadanos. Aquí, debería recuperarse que sólo existe una política: la real, la que afecta a las personas, la que se concibe para resolver las dificultades de toda la comunidad, no solamente en beneficio de unos pocos.

En España se están produciendo situaciones que, por su novedad, parecen paralizar a sus protagonistas. Tímidamente, pero de manera dinámica, se están llevando a cabo acciones políticas que han dejado huella en estos nuevos escenarios desde las últimas elecciones europeas. Por un lado, los partidos de la Transición, básicamente PP y PSOE, con una IU en transformación, y los representantes nacionalistas, siguen con su visión centrífuga de la democracia. Siguen eligiendo candidatos con unos procedimientos que dejan al desnudo sus vicios. Las tensiones internas son cada vez más difíciles de ocultar. Por otro, los grupos de consumidores, y los integrantes de grupos sociales son poderosos si se reconocen como protagonistas de su destino. Es frecuente observar cómo resultan sorprendidos cuando logran torcer la voluntad de los centros de poder. Pero es así. Por ello, los partidos políticos “viejos” procuran difuminar su capacidad de constituir una voluntad conjunta. De tal manera, alientan una dirección de la democracia de carácter descendente, paternalista. Que solo requiere a los ciudadanos para disponer de la coartada del voto. Luego, con esa presunta legitimidad, articulan políticas que pueden ser, al menos, cuestionables. Adoptan decisiones inconsultas. Se atribuyen potestades claramente antidemocráticas cuando designan a personas fuera del sistema de voto de sus afiliados, centrando la legitimidad en la camarilla reunida en los comités de dirección partidaria. No es casual entonces que los ciudadanos deban comulgar, permítaseme la metáfora desde mi agnosticismo, con decisiones que nada tienen que ver con los valores a los que suponen lealmente responder. Así, los personajes que se han perpetuado en la escena política e institucional de este país llamado España siguen pretendiendo perpetuarse, cuando ha quedado claro que no responden a las necesidades ciudadanas. Y siguen designándose los unos a los otros para cargos cada vez más escasamente representativos. Se visten de patriotismo pero venden a España sin rubores a través de sociedades off shore.

En la llamada “crisis”, término polisémico e imperfecto con pretensiones de resumir a varios fenómenos que se han alineado en una conjunción compleja, pero no irresoluble, los ciudadanos se veían soportando los costes propios y ajenos de la gestión corrupta durante los años “felices”. Observaban atónitos como la oposición y los sindicatos se plegaban a la aceptación o complicidad. Unos y otros salpicados por casos de corrupción. En tanto, estupefactos, descubren que la Justicia y sus órganos se están diseñando no para mantener su rol de custodio del equilibrio democrático de la separación de poderes. Sólo parecen ser concebidos para consolidar un estado de cosas cada vez más cuestionable. Su reestructuración responde a la clara intención de blindar a los posibles responsables del descalabro que, por incompetencia o corrupción, colocaron al sistema socioeconómico español en los últimos años al borde del colapso.

Todo esto ha producido una recuperación de la conciencia asamblearia en el seno de las comunidades de vecinos, o víctimas del abuso de los poderes, como Angrois, Metro Valencia, Hepatitis C y demás. Como por consecuencia de los recortes: los afectados por la privatización sanitaria. Ya entonces Gamonal le gritó a toda España que era posible. O el ejemplo de la PAH, liderada entonces por Ada Colau, militante honesta que llevó el vecindario a las instituciones. Es la clara demostración de que se pudo. La movilización ciudadana por la recuperación de la dignidad se demostró capaz de asustar a todo el aparato del statu quo político, sindical y gubernamental. Los medios de comunicación tradicionales se están evidenciando, al menos, como cómplices del apagón informativo y la manipulación del mensaje. Tal vez por ello, pareciera que la dirección de la voluntad ciudadana está cambiando de dirección. En lugar de ir de arriba a abajo, está retornando a la fuente del poder democrático: las personas. Desde las personas, la democracia fluye y se vigoriza con la realidad. Las personas individualmente se demostraron claves como vehículo de solución a los problemas de los ciudadanos. Por tanto, si bien las plataformas sociales y los nuevos proyectos políticos se muestran receptivos a ese cambio, en estas elecciones generales solo serán históricas si el vecindario se moviliza. El PP, Ciudadanos y una porción de la dirigencia del PSOE lo saben y, por ello, han puesto en marcha el Gran Pacto. Lo que parecen no aprender estos personajes, es que las personas tienen una fuerza moral tal, que las organizaciones que se le oponen solo consiguen fortalecerlas.

Ha llegado la hora de la Democracia Ascendente nacida en el vecindario. Participa.

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