Recuerdos del pasado

Cuando pasas mucho tiempo en un país extranjero puedes terminar olvidando algunas cosas, hayan sido importantes para ti o no, de tu antigua vida, aquella que tenías en el lugar en el que solías vivir. Incluso en momentos puntuales puede que, por mucho que te cueste reconocerlo, olvides alguna palabra en tu propio idioma, pues de tanto repetirla en otro, de algún modo, la acabas asimilando y cuando quieres utilizarla, ya no la recuerdas, buscas en tu cerebro, pero ya no está ahí, ni siquiera recuerdas cómo sonaba cuando la pronunciabas en el idioma con el que has crecido, el idioma que aprendiste cuando no eras más que un bebé y usabas pañales.

Ahí es cuando te das cuenta, por lo menos a mí me pasó, que has olvidado cosas que antes considerabas algo normal en tu día a día, repetitivas en cierto modo. Puede que una mañana estés esperando el autobús para ir a trabajar y, en ese instante, recuerdas algo y, dependiendo de cómo te hayas levantado ese día, aparece una sonrisa en tus labios o, por el contrario, tus ojos terminan anegados en lágrimas. Con ambas opciones solo puede pasar una cosa, la gente que está esperando el autobús al igual que tú, pensará que estás absoluta e irremediablemente loca. Pero tú sigues allí, de pie, sonriendo o con las lágrimas a punto de desbordar de tus ojos como la loca que eres, sin importar lo que piensen los demás.

Y es que, cosas que antes te sacaban de quicio, ahora cuando echas un vistazo a tus recuerdos, tu corazón te dice que anhela disfrutarlas de nuevo, aunque tu cabeza sabe que cuando vuelvas a experimentarlas acabarás aborreciéndolas otra vez. Por ejemplo, empiezas a añorar cuando tu vecina te despertaba todos los días, como un reloj, a las ocho de la mañana poniendo Radiolé a todo volumen, deleitando a todo el vecindario con su “preciosa y melodiosa” voz cantando, a viva voz, lo que sonaba en su cadena de radio favorita. O al coger el autobús que te lleva camino del trabajo, tan silencioso y aburrido, extrañas las voces que siempre podías encontrar en el transporte público de tu pueblo, donde todo el mundo hablaba alzando la voz, donde esas ancianitas que iban camino del trabajo eran las que más reían y hablaban, un transporte lleno de confesiones, penas y cansancio, pero también de alegría y diversión en cierta medida, ya que siempre podías unirte a cualquiera de las conversaciones y terminar riendo con aquellas personas.

Puede que también añores despertarte con el olor del café y las tostadas recién hechas, o el olor de la comida que está cocinando tu madre para el almuerzo. Puede que añores ir a la cafetería, una de tantas tardes, a tomar un café con tu madre, tus tías, amigas… Y hablar de lo que está pasando en la vida de cada una de ellas, pero también hablar de todo lo que pasa en tu pueblo y acabar vaticinando lo que pasará. Puede que añores a los extraños y divertidos habitantes que viven en tu pueblo, con sus siempre desquiciantes costumbres y lógicas retorcidas. Puede que haya cosas que añores tanto que, en cierto modo, te causen dolor, un dolor que solo tú eres capaz de entender. Puede que ahora, cuando vuelves de visita, te sientas fuera de lugar, como si ese pueblo al que antes llamabas hogar, ahora solo fuera una sombra de lo que fue, en el que solo quedan los recuerdos de tu vida pasada. Sonríes, pero por dentro sientes cierta añoranza, algo parecido a la nostalgia, mezclado con un poco de miedo a perder lo poco que te queda de tu lugar de procedencia. Aunque en tu interior sabes que, ese pedacito de tierra, tiene un hueco en tu corazón y por qué no, en tu alma, porque por mucho que, en el pasado, hayas querido huir y no volver, ese será, pase lo que pase, el lugar donde creciste y, en consecuencia, tanto si te gusta como si no, parte de tu historia se encuentra escrita allí, en sus calles, en sus gentes, en el barrio donde creciste y en la casa en la que viviste.

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