¿Quo Vadis?

Ante la flagrancia de la crisis de “sentido” y por ello la legitimidad del ser humano de “migrar”, puesta en crisis por los millares de africanos y asiáticos muertos en el mar o en contenedores herméticos, al parecer ocluidos del derecho humano, ancestral e inalienable de traslado, sumado a las reiteradas declaraciones de un presidenciable ultramontano del norte y sus perros falderos que siempre reciben pocas, pero caricias al fin por parte del electorado europeo; parecen vanas tanto las declaraciones acerca de la crisis migratoria del Papa Francisco, como el “triunfo” del ¿pueblo? Griego y la esperanza que comienza a despertar el menos Británico de los Ingleses, e imperiosas la búsqueda de “razones” o de entendimientos que necesariamente deben provenir de la perspectiva filosófica.

Ninguna de las conflictividades que desde hace décadas enlutan África (como continente simbólico de la negritud de su mal, al punto que hasta la cuestión cromática ya se ha institucionalizado bajo un significante religioso/político y cultural, despectivo, peyorativo, cuando no temible) , y por las que ese occidente tutelador cada tanto muestra su sorpresa en algún medio de comunicación (es decir lo publicita y explicita, regurgita del mismo, ver el caso de la reportera golpeadora, que es evidenciada por el mismo sistema que la entronizo con el poder de la cámara y luego la penaliza, sacándole el poder que le habían otorgado, es decir despidiéndola, corriendo el foco), como para estar a resguardo de no ser acusado de ser tan culturalmente egocéntrico y dominante, podrían ser explicadas desde otro lugar que no sea el que, humildemente, pretendemos trazar.

Realizar una cronología de los acontecimientos luctuosos que son teñidos como barbaries perpetradas por falta de seguridad (guerras civiles, o como lo presentemos), o por la ausencia de civilización, no serían más que anecdóticos historicismos que no contribuirían en nada, ni a un entendimiento, y por ello, sin este paso previo, a una posible salida a las situaciones problemáticas y desgarradoras a las que a diario se vivencian, como condición necesaria y suficiente, en África, en Asia y en menor medida en Latinoamérica y que golpean, de lo contrario no nos estaríamos encargando de esto, las puertas de los jardines del palacio de la humanidad, frontera que peligrosamente se difumina en virtud de llantos que nos deberían importar, sólo en dosis homeopáticas.

Occidente ha pergeñado este sistema unívoco, en donde extensos latifundios, continentes enteros, no pueden, al no estar autorizados, al no contar con ese grado de civilidad que impusieron como eje rector de acuerdo al báculo imperialista con el que determinan que cosa significa y por sobre todo, cuánto vale que cosa en el mundo, navegan entonces en sus propias aguas borrascosas que no son ni más ni menos que las aguas más claras, prístinas y auténticas en donde puede observarse el espíritu de lo humano.

Debemos ir en búsqueda, al rescate de esta posibilidad, o de esta realidad, que estos continentes, no sólo están libres de aquellas seguridades impuestas por el orden enciclopédico y “ciencista”, sino que esto mismo, que a la luz los muestra tan profundamente inseguros para ellos mismos y para los otros, los transforma en los sitios en donde se acendran los aspectos más profundos y auténticos de la humanidad. Sí tuviésemos que construir una metáfora, a partir de esto mismo, diríamos que la humanidad posee  en el signado continente “Negro”, como la región latinoamericana que bien podrían conformar un solo bloque conceptual (lo conformaron en geofísica, en los tiempos de la Pangea), histórico y filosófico, una puerta de ingreso, tan seguro de sí, que no necesita una llave de resguardo, que proteja, o ponga barreras o impedimentos, a todos aquellos que queramos ingresar a la misma, que es en definitiva el ingreso a la experiencia humana. Claro que una vez adentro, en determinados recintos, en donde se especifica la condición de la humanidad, en donde reina el occidentalismo en su sentido más peyorativo, aquella ausencia de llave, aquel ingreso libre y no cifrado, es como una sustancial falta de un “todo” que básicamente se define como ausencia de seguridad.

Estas situaciones, estos sucesos, estas inseguridades, que observamos en emisiones milimétricas y casi cinematográficamente montadas, por medios internacionales de comunicación (no vaya a ser cosa que se piense que a nadie le importa todo un continente, o los niños que se ahogan en las costas donde creían que podían alcanzar la salvación) no son más que lecciones ejemplificadores de un occidente que necesita de su contrapartida, de su pensamiento bifronte o binario o bipolar. Esas cláusulas tan occidentales, de lo bueno o lo malo, de lo negro o lo blanco, son los patrones categoriales con los cuáles manejan el mundo mediático y de la información. El procedimiento, claro está, es mucho más complejo, incluso sus resultantes. La violencia, como la utilizada en los tiempos de conquista, como para “injertar” los procesos viciados, que llaman “democratización” o los dioses implantados, que nada tienen que ver con la música y la danza (aspectos que son estigmatizados bajo epítetos como “multiculturalismo)  como expresión fidedigna de divinidad, no pueden más que acarrear disputas, guerras, violencia y la exacerbación de las diferencias que se planteas desde la confrontación con el otro. Como si fuese un accionar en serie, no son pocas las investigaciones de diferentes espacios no viciados de esa finalidad occidental, quiénes denuncian ante el mundo, que el mismo terreno de estas experiencias político-sociales, son vastos terrenos para la experimentación médica o sanitaria, con los únicos fines de pingues ganancias de grandes laboratorios establecidos allende las fronteras de las puertas de la humanidad.

Esto mismo sino explica las grandes crisis humanitarias con diferentes y diversas enfermedades, al menos puede ser un interesante punto de partida para un estudio más pormenorizado y bajo clausulas científicas (es decir sus propias codificaciones, sus propias caracterizaciones que dicen aventar los temores, las incertidumbres, los espasmos de la humanidad, terminan generando mayores problemas, o lo que es peor, en nombre de esas soluciones, se producen un sinfín de situaciones violentas, que encuentran su justificación argumental y mediática).

Podemos encontrar en el sociólogo y filósofo Polaco, Z. Bauman extensos y reconocidos trabajos (Verbigracia: “Archipiélago de excepciones”, “La modernidad y sus parias”) de como el circuito de la imposición ficta de seguridad occidentalizada, termina en eso espacios de excepción, donde no existe patria, soberanía ni alimentos, es decir en donde los humanos residuales, son enajenados del espacio y del tiempo, que son los refugiados, bajo supuestas clausulas internacionales de protección, que lo único que hacen es desguarecer al humano de su humanidad, en nombre de una protección o seguridad inexistentes.

Que nuestro “sistema” funcione, desde hace cientos de años, con millones de pobres, excluidos, marginados, un tercio cuando no, casi la mitad de la población, en vastos de nuestros terrenos, no puede ser consuelo o perspectiva que nos incite a tener una mirada positiva. Y ya que estamos con ese término, tantas cosas bajaron de esos barcos, como ese concepto de positividad, que le debe resultar de tal forma, a nuestros tuteladores, a los imperialistas, a los que sí les cierra la ciencia, desde la medicina hasta la industrial, para que nosotros sigamos poniendo los cobayos humanos, las dolencias más aberrantes, y ellos se lleven sus curas circunstanciales y sus dividendos suculentos. Las usinas en las que se viene enseñando a nuestros niños que el mundo debe ser habitado, y vivido, tal como su entendimiento o sus talentos así lo han indicado, nunca nos dieron resultados del que podamos estar mínimamente satisfechos. Ni la política, ni la juridicidad, ni la comunicación, tal como nos vienen “enseñando” desde esas perspectivas eurocéntricas, nos ofrecen respuestas a las demandas de nuestras poblaciones, que no casualmente además de las hambrunas y la desigualdad, también padece, sus democracias inacabadas, sus sistemas punitivos que no redimen, ni expían, sino que exacerban las diferencias, las recrudecen en grado sumo. Tampoco sus técnicas, ni de riego, de cultivo, o de producción de elementos, puede ser vista como un “avance” (ese es otro de los engaños, como sí la vida fuese una escalera o un dispositivo que tenga una bandera al final de llegada) dado que desde esa positividad de la técnica, no hacen más que enfermar el cuerpo de quiénes manipulan esos elementos como de los que los consumen, lo mismo que esos avanzados sistemas de detección temprana de problemas de salud, para que concluyan siempre en ese otro invento del stress que no puede ser visto, ni medido, por ninguna de sus máquinas que se preciaban de medirlo y observarlo todo.

Desde esta inquietud metafísica, inherente a nuestra condición, es que sin pretender arribar a ninguna conclusión cierta (y esta es una de las grandes diferencias con la ciencia) discurrimos por senderos harto explorados como inexplorados, y estos últimos son precisamente los catalogados como no oficiales, no santificados por la academia occidental, que no es más que otra herramienta de dominio y sometimiento, y que necesariamente nos impele a pensar desde esta sabana in extenso, en donde nuestra fragilidad se torna más evidente, nuestro desamparo aún más determinante y lo único que tenemos por delante es nuestra valoración de que debemos sobreponernos a lo que tengamos que enfrentar. Esto es básicamente filosofar, insistimos desde la posible asepsia que le podríamos realizar de sus condicionamientos, ergo contaminación, de la que ha sido víctima durante miles de años, y que necesariamente nos conduce, en sentido figurado, a que el pensamiento, puro y duro, óntico o metafísico, es, ni más ni menos, que la “Africanización del ser”.  Cuando un profesor de filosofía Alemán, sea en Friburgo o en cualquier otro castillo del saber, escolástico o neoclasicista, en la cátedra de Metafísica u ontología, se dedique a tiempo completo a explicar a sus alumnos, la necesidad que se piense bajo la modalidad de “La Africanización del Ser”, tendremos seguramente, a partir de este hecho hipotético y simbólico, un mundo en donde las incertidumbres de afuera no se correspondan con las falsas certidumbres de un adentro, por la mera y puntual inexistencia de barreras, que son levantadas, como cruzadas por lo mismo; el inmenso miedo a ser.

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