¿Quién es la peor criatura que nos chupa la sangre?

Cargamos con un tipo que nos roba continuamente nuestras mejores virtudes pero podemos deshacernos de él si nos lo proponemos

Mirad este vídeo antes de leer nada. ¿Os acordáis de ese anuncio? Era de un banco de cuyo nombre no quiero acordarme. Evidentemente no vamos a hablar de bancos, pero sí de lo gráfico que resulta el spot para hablar de la carga que llevamos continuamente encima.

Si nos paramos a pensar, todos cargamos con ese tipo de traje negro, gafas y pelo engominado (en el mejor de los casos), que podríamos ponerle distintos nombres. En el spot es una hipoteca, pero bien podría ser esa criatura que nos chupa la sangre y nos paraliza continuamente: el miedo.

Mi parte preferida del anuncio es cuando el protagonista está jugando al tenis y el hombre-fardo hace esfuerzos por llegar a la pelota pero siempre a espaldas del otro. Pues eso es lo que hace el miedo con nosotros. Nos da instrucciones, nos arenga, nos dice lo que debemos hacer y sobre todo lo que NO podemos hacer, pero siempre en su trono dorado y cargando con él a cuestas.

Considero importante mantener esa imagen en nuestra cabeza para cuando pasemos delante de un espejo poder visualizarnos con ese tipo encaramado a nuestra espalda que nos sonríe de manera inquietante, como el emperador romano cuando decide la suerte del gladiador desde su palco.

El miedo no para de engordar

Podemos tomarlo con humor y reírnos (es lo más aconsejable siempre), porque de esa forma nos podremos dar cuenta de que TODOS llevamos encima a un espécimen con nuestra fisonomía pero bastante más gordo, gordo casi como un luchador de sumo.

El miedo pocas veces pasa hambre, de hecho, no para de engordar y no tiene intención de ponerse a régimen, total para qué, si le llevan de un sitio a otro sin rechistar… Se alimenta de nuestras ilusiones, nuestros proyectos, nuestras  buenas intenciones y nuestra libertad y por si fuera poco, mientras le llevamos encima, nos va metiendo el dedo en el ojo con una mano y con la otra nos da puñatezos a diestro y siniestro, nos lleva la contraria y nos insulta continuamente. Con alguien así 24 horas es difícil hacer nada…

Sin embargo, no todo es negativo. Técnicamente, deshacernos de este polizón es muy fácil, tan solo tenemos que hacer una torsión de tronco hacia un lado para que caiga. Y si se agarra con uñas y dientes (que se agarrará, porque es un tipo dependiente), le arrancamos con fuerza de nosotros como si fuera una sanguijuela.

El problema es que ya nos hemos acostumbrado a caminar con este pasajero a bordo y puede resultar que hayamos desarrollado un síndrome de Estocolmo con nuestro captor que nos impida decidir su deportación inmediata. Todos nuestros hábitos están condicionados por el luchador de sumo, por ejemplo los tiempos.

Sabemos que tardamos más en llegar a los sitios y aún así lo aceptamos, como también aceptamos el sobreesfuerzo que tenemos que hacer día a día y la merma que supone a la hora de tomar decisiones tener a un tipo diciéndote continuamente que no lograrás lo que te propongas.

Todos hemos sentido esa carga en algún momento. Quizá no de manera continua pero sí cuando sucede algún imprevisto, cuando estamos ante una encrucijada o cuando tenemos que solucionar algo que en principio no tiene una solución aparente. Es cuando el miedo nos dice: “No lo vas a solucionar. No tienes capacidad para hacerlo, no lo harás…”.

Cómo enfrentarse al miedo

El miedo es como un jefe al que todos le ríen las gracias y le preguntan el lunes en la máquina del café por su fin de semana. Todos lo hacen por costumbre, sin pararse a pensar si es realmente lo que quieren, y el jefe se siente poderoso viendo cómo su séquito hace lo que quiere.

Estamos tan acostumbrados a convivir con él que ni siquiera nos hemos parado a pensar que podemos continuar sin él. Nosotros le hemos cedido el poder pero también podemos arrebatárselo. Tan solo debemos cambiar de actitud, aprender a contradecirle nosotros a él y no al contrario, pedirle amablemente que se baje en la siguiente estación y continúe a pie o, si es necesario, obligarle a que se baje por las malas.

Es importante tener una discusión seria con él. Mirarle a los ojos. Mantenernos firmes. Aunque nos parezca invulnerable también tiene su corazoncito y podemos vencerle. ¿Cómo? Simplemente diciendo que MIENTE, que es un parásito chupasangres y que no vamos a permitir que siga haciendo de las suyas. Recordemos que el miedo se alimenta de nuestra debilidad, de nuestra indolencia y nuestra indecisión, si le negamos esos manjares todo empezará a cambiar.

En el momento que nos enfrentemos al miedo sin miedo, él quedará totalmente desorientado porque no está acostumbrado a eso y empezará a hacerse pequeñito y nosotros más grandes, su voz se escuchará cada vez más lejana hasta convertirse en un leve susurro y poco a poco notaremos menos peso en nuestra espalda. Le hemos quitado el poder que en su día le dimos y ahora ese poder está en nuestras manos.

Cuando dudemos a la hora de enfrentarnos al miedo solo tenemos que hacernos la siguiente pregunta: ¿Qué es lo peor que puede pasar si lo hago y qué puedo ganar si continúo adelante? Como si estuviéramos jugando a un videojuego, al enfrentarnos al miedo pasamos al siguiente nivel y es el primer paso para poder vencerlo. Tarde o temprano lo haremos, nos recargamos de vida y estamos listos para luchar contra el siguiente villano que aparezca. En este caso, probablemente será la incertidumbre. ¿Cómo tratar con esa vieja amargada? Lo veremos en el próximo episodio.

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