¿Qué hacemos con Cervantes?

Parece que por fin, después de 400 años, se ha conseguido dar con los restos de nuestro más ilustre escritor, don Miguel de Cervantes Saavedra, amor de académicos encantados de conocerse como Pérez-Reverte y pesadilla de escolares enfrentados a la versión original.

La pregunta que me surge inevitable es, ¿qué hacemos con sus restos? (Si es que damos por sentado que son suyos, porque, por muchas pistas arqueológicas e históricas que haya, desgraciadamente nos falta el ADN para poder tener una confirmación definitiva). Espero que no conviertan el convento de las Trinitarias, que las pobres ya están bastante agobiadas con tanta expectación mediática, en una especie de parque de atracciones como pretendía la todavía alcaldesa de Madrid Ana Botella. Pero no creo que su lugar de descanso tenga que ser una espectáculo turístico como la momia de Lenin, sino un reconocimiento de todos los españoles a su Apolo encarnado.

Una opción sería llevarlo a la Biblioteca Nacional, por ser quien es; sin embargo el edificio es un lugar de estudio y de investigación, y dudo mucho que ni a empleados ni usuarios les hiciera gracia ver a un montón de visitantes con chanclas y calcetines, cámara en mano, deseando hacerse un selfie con el esqueleto de don Miguel. También podríamos llevarlo de vuelta a su patria chica, Alcalá de Henares, pero, ¿dónde lo ponemos? ¿En el cementerio, en la universidad, en su “Casa”, junto al monumento…? Y así podemos seguir discutiendo los periodistas unos cuantos meses. Porque, desgraciadamente, esta discusión solo la vemos en la prensa. Creo que en cualquier otro país avanzado, si se hubiesen descubierto los restos perdidos de su primer escritor, ya habría salido el presidente anunciando un proyecto. O como mínimo un debate parlamentario, aunque en España no tengamos algo como el Cementerio Nacional de Arlington estadounidense donde enterrar a nuestros próceres. O sí: el Panteón de Hombres Ilustres de Madrid, un escondido y no tan conocido lugar público en el que descansan Sagasta, Cánovas o Canalejas. Dónde mejor que allí, digo yo.

Pero la cuestión importante no es esta. Como bien ha dicho el humorista Sabiote, retratando al genio: “Qué obsesión con encontrar mis huesos… Qué pena que no les pase lo mismo con mis páginas”. Adaptado por Pérez Reverte, por Eduardo Alonso o a pelo, el Quijote (y no olvidemos tampoco sus otras novelas, los entremeses y también la poesía, menos famosa) sigue siendo algo más que la historia de un viejo loco contra los molinos: es una parodia que, sin pretenderlo, se convirtió en una fábula inmortal. La lucha que existe en todos nosotros entre el sueño y la vigilia, la realidad y el deseo, la idea y la práctica. Una lástima que el cuarto centenario de la publicación de su segunda parte esté pasando sin pena ni gloria. Pero no se os ocurra hacer un biopic ni una obra de teatro biográfica, incautos artistas españoles, que os cascarán un 21 % de IVA. Dejo al ingenioso hidalgo que explique este sinsentido: “La razón de la sinrazón que a mi razón se hace, de tal manera mi razón enflaquece, que con razón me quejo de la vuestra fermosura”.

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