¿Qué deber no permite el derecho a opinar?

Las noticias continúan aterrizando en nuestras televisiones y periódicos. Algunas incluso eligen otras vías: un vecino, el panadero, el pescadero. El debate se amplía, aunque no mejora. Las opiniones se radicalizan, pero no se argumentan. Al final, todo esto es como un juego de chiquillos, emperrados en llevar la razón y ciegos del problema real que está pasando en sus respectivos hogares. ¿Es que nadie piensa dar su brazo a torcer? Quizá el problema es que perdieron los brazos para dirigir el timón de un problema que necesita mano blanda, y alejarse de la dura. Aunque sería demasiado fácil criticar por criticar y desviar la atención al todo, como si el todo fuera la última causa de su razón de ser. Y no. El todo, en esta ocasión, tiene partes: dos personas enfrentadas dentro de un “feliz” matrimonio.

La esposa, Catalina, se ha cansado de su marido. No es evidente la razón, pero su comportamiento denota ya cierta incomodidad y recelo. El amor se acabó, piensa ella. ¿Qué habré hecho mal? Se pregunta Manuel, el esposo. Catalina le pide un tiempo de soledad. La reflexión debe ser la protagonista de toda decisión, pero él no lo ve de la misma manera. ¿Reflexión para qué?

Lo siento por Manuel, pero en este caso, como decía antes, el todo no es un culpable indivisible. Para tomar cualquier decisión, hay que reflexionar y escuchar la reflexión, le pese a quien le pese. Una vez se conozcan todas las piezas que quedaron sobre el tablero de ajedrez, ahora sí, empecemos a jugar. Pero no se puede callar la opinión latente de una persona, y menos de un pueblo entero. ¿Qué derecho impide a alguien expresarse? ¿Qué deber no permite el derecho a opinar? Cuando los derechos anulan deberes y los deberes cortan las alas a los derechos, o cambiamos la estrategia o el tablero volcará para recolocar sus piezas. Se olvida lo que significa la palabra democracia tan rápido como se prohíbe una ley democrática y, a la vez, mientras se intenta democratizar un sentimiento colectivo, las palabras y actos prohíben tener sentimientos diferentes al gran colectivo. Dicho de otra manera: aludiendo a la democracia, matamos la “cracia” del “demos”.

Volviendo a aquellos chiquillos que mencionaba al comienzo, me los imagino todavía jugando a llevar razón en la plaza de su barrio. Uno puede tener más argumentos que otro, pero tampoco importa si tenemos en cuenta que ambos están perdiendo y tienen más que perder. Mientras discuten sobre si fue gol o no, habrá otro niño más que discutió con su mamá sobre si debe o no debe cambiar de colegio. Y mientras vuelven a elegir el ancho de las porterías, otro niño ya se marchó a casa, aburrido de tanta discusión, y tan poco fútbol. Al final, ambos se quedarán solos en la plaza del barrio, disfrutando los vientos que encargaron a Eolo para airear, de nuevo, el espacio que la pandilla les dejó. El problema es que no podrán quedarse en esa cancha para siempre, ni la cancha siempre será la misma. El problema, tristemente, es que no podrán levantar la mirada más allá de la cancha.

Nadie conoce la solución al problema, y una parte no quiere dialogar para solucionarlo. Por tanto, lo que queda es lo que precede al diálogo: la ley de la fuerza, o en tiempos actuales, la fuerza de ley. Pero no, no puede ser así. Opinar no solo debe ser un derecho, sino que debería ser un deber. Las leyes deben sustentar que los derechos y los deberes puedan garantizarse bajo todas las circunstancias. Si esto no ocurre, deberá ocurrir. Primero, escuchar, después, debatir. Por último, concluir. Parece broma que la democracia se inventara hace tanto tiempo. Lástima que la broma parezca ser la protagonista de la democracia de nuestros tiempos.

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