¿Puede la democracia morir de éxito? Chantal Mouffe y la paradoja democrática
Chantal Mouffe: fuente: @chantalmouffe

De donde las cosas tienen su origen, hacia allí

deben sucumbir también, según la necesidad; pues

tienen que expiar y ser juzgadas por su injusticia,

de acuerdo con el orden del tiempo.

Anaximandro

Una respuesta rápida a esta pregunta podría ser: solo si nos ponemos de acuerdo. No tendría sentido imaginar un final democrático para la democracia si no es bajo la figura de un consenso total.

Por paradójico que resulte decirlo así, es indiscutible que el consenso es una de las figuras fundamentales para el desarrollo democrático de las sociedades.

Basta una ojeada rápida a las constituciones de las democracias occidentales para encontrar el consenso en la fundación misma de esos estados. No obstante, el consenso, como resulta obvio y superficial, no es un concepto independiente.


El consenso no se lleva demasiado bien con el paso del tiempo, ya que éste lo pone a prueba, lo critica, encuentra sus límites y sus debilidades.


Para que un consenso sea tal, primero debe haber un antagonismo o rivalidad que justifique la necesidad de llegar a un acuerdo. En este sentido, el consenso democrático es dependiente del conflicto y de la rivalidad entre adversarios políticos y, de esta forma, aparece como el resultado de un acuerdo, cuya legitimidad se pondrá a prueba entre los afectados.

Sin embargo, como cantaba con acierto Bob Dylan, los tiempos están cambiando. No es solo que estuviesen cambiando en ese momento concreto, los tiempos cambian continuamente, y haríamos bien en considerarlos en esa pluralidad que describió Dylan.

El consenso no se lleva demasiado bien con el paso del tiempo, ya que éste lo pone a prueba, lo critica, encuentra sus límites y sus debilidades. De ahí, uno de los grandes defectos del consenso como meta democrática es cierto esencialismo que se sitúa en el fundamento de la posibilidad misma de ese consenso. Como por ejemplo en Habermas o Rawls que, aun defendiendo la necesidad de un debate democrático lo más abierto posible, cierto tipo de racionalidad es el requisito para participar del debate. De ahí su esencialismo, ya que fijan una característica –la razón– como requisito fundamental y, las más de las veces, atemporal.


La democracia debe lidiar con el antagonismo, o debería ser al menos el marco dentro del cual los antagonismos llegan a un consenso


Cuando nos preguntamos si la democracia puede morir de éxito, apuntamos directamente hacia este problema, hacia la capacidad del consenso democrático de cambiar y estar a la misma altura que sus tiempos (que son, en definitiva, los nuestros).

Jean-Luc Nancy decía con acierto que «la comunidad no es una meta, sino una tarea», y el libro de Chantal Mouffe (Bélgica, 1943) se dedica precisamente a la comprensión de que la democracia, en sí misma, no es –no debería ser– simplemente una meta que alcanzamos y se agota en su finalidad, sino que es una tarea que desarrollamos continuamente (Derrida, por ejemplo, rechazaba hablar de democracia en presente, como si fuese algo ya existente y palpable, y optaba por una democracia por venir, para resaltar ese carácter de trabajo continuo que exige la democracia).

Bajo este planteamiento el consenso es un medio más para legitimar el sistema democrático, pero no es un fin en sí mismo ya que, de ser así, estaríamos partiendo de un esquema equivocado, que olvida que el consenso se deriva del antagonismo.

La democracia debe lidiar con el antagonismo, o debería ser al menos el marco dentro del cual los antagonismos llegan a un consenso; en caso contrario, si un rival se impone al otro, sin consenso, no estaríamos en democracia. Cabe llevar esta reflexión más allá y preguntarnos, aunque no podamos responderlo con la inmediatez que necesitamos: ¿es la democracia una meta, o es un medio para garantizar ciertas necesidades humanas?

Sabemos bien que no puede responderse tajantemente a esta pregunta, o en todo caso la respuesta sería siempre provisional.


El libro de Chantal Mouffe, que repasa bajo esta óptica el debate entre liberalismo político y socialdemocracia, apuesta por un pluralismo agonístico, no como alternativa intermedia, sino como una apuesta tan radical por la democracia, que acepta el antagonismo –que surge de la pluralidad inherente a una sociedad global– como imposible de erradicar


La democracia, en el ejercicio diario que hacemos de ella, aparece a veces como una meta que orienta el sentido de nuestras decisiones políticas o morales; pero es también, otras veces, un medio gracias al cual se llegan a proteger, por ejemplo, determinadas necesidades sociales.

Quizás lo más razonable –pero habría que pensar qué tipo de racionalidad sería ésta– sea mantener en suspenso esa decisión, y permitirle a la democracia participar todo lo posible de nuestras necesidades y medios para alcanzarlas. Es en este punto, precisamente, donde podemos separarnos de aquellos que, como suele decirse, usan la democracia para ejercer la corrupción.

La confusión no es inocente, pues tiene la capacidad de culpar a la democracia, cuando en realidad se está ejerciendo la corrupción, como finalidad y como medio. De hecho, si asumimos radicalmente que el consenso es precario, ya que es difícil de alcanzar y los tiempos cambiantes son capaces de poner en crisis todos los valores y seguridades que sostenían nuestra razón (basta pensar en la capacidad del grave problema climático al que nos enfrentamos para exigirnos un cambio radical en nuestro pensamiento, desde un individualismo o un localismo clásico, a la necesidad de pensar en términos planetarios nuestras acciones y sus consecuencias); si asumimos esa precariedad y volatilidad del consenso, daremos a nuestro “criterio” democrático una maleabilidad capaz, o algo más capaz, de hacer frente a los acontecimientos a los que deben enfrentarse nuestras sociedades.


Plantear un modelo democrático híbrido como en la tercera vía de Blair y Giddens, apuntaría a reducir el antagonismo, hacia una sociedad en la que los consensos son rígidos porque no hay espacio para articular un antagonismo capaz de discutir la hegemonía de dicho consenso.


El libro de Chantal Mouffe, que repasa bajo esta óptica el debate entre liberalismo político y socialdemocracia, apuesta por un pluralismo agonístico, no como alternativa intermedia, sino como una apuesta tan radical por la democracia, que acepta el antagonismo –que surge de la pluralidad inherente a una sociedad global– como imposible de erradicar (de hecho, erradicarlo sería justamente lo contrario de lo democrático).

Esta característica no debe ser considerada como una imposibilidad del establecimiento de una democracia, sino que apunta a comprender que es gracias al antagonismo, y su resolución en consensos siempre temporales, que se alcanza algo así como un avance democrático.

Es este enfoque el que revitaliza la necesidad de una articulación de la política entre frentes de izquierda o de derecha (a los que cabe agregar, por supuesto, las exigencias desde el ecologismo, los nuevos movimientos sociales o el feminismo, que se plantean como transversales al eje izquierda/derecha). Es decir, plantear un modelo democrático híbrido como en la tercera vía de Blair y Giddens, apuntaría a reducir el antagonismo, hacia una sociedad en la que los consensos son rígidos porque no hay espacio para articular un antagonismo capaz de discutir la hegemonía de dicho consenso.

En ese sentido, el eje izquierda/derecha, en la medida en representa una escisión fundamental de la política y la sociedad, es una necesidad democrática, una necesidad que alimenta la salud de un sistema democrático, ya que mantiene abierto el debate, única herramienta de mejora de nuestras democracias.


Debemos soñar con sociedades cada vez más justas y democráticas y ese sueño debe ser infinito.


Una reflexión como ésta, en los tiempos electorales en los que nos encontramos y en los que la necesidad de alcanzar un gobierno de consenso o un consenso de gobierno a todo coste parecen ser la única justificación de nuestra performance democrática. Debería servir para recordarnos que la democracia no es necesariamente un estado fijo, fijado, asentado, sino que se construye diariamente, es también una tarea, a la que nos encomendamos y gracias a la cual discutimos, sino cómo debemos ser, cómo podríamos llegar a ser como sociedades.

La única forma de evitar la claudicación que apuntaba Anaximandro, es evitar la cerrazón de la racionalidad que legitima consensos cada vez más caducos. Nuestra vocación de justicia, que representamos en nuestra necesidad democrática, debe comprender que la justicia y la democracia son tareas utópicas, pero necesarias.

Debemos soñar con sociedades cada vez más justas y democráticas y ese sueño debe ser infinito. Decía Galeano que las utopías sirven para caminar, ya que el horizonte se aleja cada vez que damos un paso. Quizás la enseñanza detrás del libro de Mouffe sea la misma: que las democracias sirven para caminar.

Santiago Caneda es @santiagocaneda en twitter.

“Diálogo” (2008) Técnica mixta sobre lienzo. Santiago Caneda Blanco
“Diálogo” (2008) Técnica mixta sobre lienzo. Santiago Caneda Blanco
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