Pornosofía: Sincretismo entre Filosofía y sexualidad, ejercicio que evita ser follados por la política
Marqués de Sade. Fuente: http://imperor.net/

Sí coincidiéramos con el Marqués de Sade en su obra La filosofía en el tocador, de que la definición de prostitutas corresponde al significado de las únicas filósofas auténticas, debiéramos ir en su búsqueda, dado que desde hace un tiempo no las encontramos más en los burdeles ni en las calles, porque continúan siendo perseguidas en su ejercicio desde tiempos inmemoriales y ahora confundidas con quiénes son capturadas como esclavas sexuales. Que atesoren el filosofar, puede ser incluso más cuestionable, pero sí intentamos definir que es el filosofar, probablemente el camino se nos allane. El amor a la sabiduría, tal como lo indicaría la definición etimológica, nos puede dar una pista. Las prostitutas, insistimos, las auténticas, trabajan con la esencia, la materia prima del amor, que es lo sexual y para muchos, como para nosotros, con lo único verdadero en lo que se atiene ese contrato entre privados, tan inasible como las abstracciones metafísicas, que tan buena prensa ha tenido y tiene y llaman amor. La insensatez, sobre todo política, de amar a la sabiduría, sirve en un espacio acotado de tiempo, al comienzo, tal como ocurre con personas que se dicen amar y por ello firman un contrato de hecho (matrimonio) y se someten a convivir como si esa sensación (la mayoría de las veces acendrada en lo sexual) vaya a perdurar mucho más tiempo, de lo que en verdad podría perdurar. Los que se decían amar a la sabiduría, le sirvieron políticamente a sus respectivas sociedades, en ese mismo comienzo, en ese trecho inicial, les paso a Sócrates, como a Platón, luego, esa imposibilidad de seguir amando (es decir al principio legitimaron las bases de lo político y ese amor era reluciente y real, como útil) generaba que cuestionaran aquello que habían ayudado a construir, de allí que uno terminó condenado a suicidarse y el otro evadido y vendido como esclavo, no podían continuar amando, lo que se había modificado, o mejor dicho, lo que se había cumplimentado, y tampoco, en su calidad de filósofos, podían dejar de amar esa búsqueda del saber. Aquel que contrae un contrato, o realiza un connubio, con quién se dice amar, siente en un determinado momento que esa sensación primigenia se ha modificado (otro de los aspectos constitutivos de lo sexual en relación a lo amoroso, es la idea de perpetrar sempiternamente los pocos segundos que dura un orgasmo) y que por tanto, debe romper el contrato, o tergiversar lo que en un momento sintió y dio en llamar amor y continuar bajo ese contrato y un amor que ya no es o ha pasado a ser otra cosa. Por ello es que las prostitutas, profesionales de la sexualidad, son las que conocen mejor que nadie, el momento exacto en que la verdad se transforma en mentira (tras terminar lo pactado, el pago convenido) para no derrapar en el matrimonio y fijar límite cuando lo necesario y conveniente se vuelve peligroso (lo que le ocurre a los filósofos).

Etimológicamente el Porno, o la pornografía, es lo que se escribe sobre las prostitutas y el vocablo conceptual de pornosofía, sería la sabiduría que podría estar detrás de quiénes atesoran esa actitud ante la vida de vérselas con lo que creen o sienten como lo cierto. Este último término, para no decir lo verídico, tiene un pasado, hipostasiado en la historia del pensamiento, nos inclinaremos por el término, auténtico, utilizado por el Marqués de Sade. La raíz griega de este término, implica lo absoluto y aquí encontramos un nuevo hermanamiento entre filosofía y pornografía, detrás de nuestra construcción conceptual de la Pornosofía.

El pornosófo debe ir detrás de lo auténtico, de ese absoluto que cree o pretende o por lo que se guía en su yo en el mundo, tal escándalo, tal afrenta para la filosofía, que en verdad, ¿es su opuesto?, debe escandalizar tanto, como lo pornográfico en sí, es decir, las imágenes de las genitalitades humanas entrecruzándose.

Pornosofar, es ser auténtico, también en el pensamiento, reconocer que siempre pretendemos que pase algo con lo que pensamos, que convenzamos, que conquistemos, que nos den dinero o nos rindan pleitesía con ello o tener más sexo, a partir de ello.

La pornosofía, como todo lo disruptivo no estará tabicada en las esclusas de antaño que sostienen lo académico y difícilmente tengan una prensa acorde a lo que propone, probablemente se la emparente o categorice dentro de todo aquello que no pertenece a lo común o a lo normal.

Lo singular es que tanto a la filosofía como a la pornografía, padre y madre de la pornosofía, les está ocurriendo esto mismo, ambas no terminan de morir y vegetan en la inanición de haber sido en sus momentos, interesantes disruptoras del orden establecido.

La filosofía ha dejado, posiblemente desde hace siglos, de dejar de ser una amenaza para las mentes más acomodadas, en lo mejor de los casos, devino en un pasatiempo, en los domingos de la vida de personas ricas o en las aventuras oníricas de jóvenes pseudo-revolucionarios, en esa flexibilidad, en esa laxitud, que en los tiempos y ante las situaciones actuales, sería connivencia, con millones de personas, que en nombre de otras pocas, continúan siendo subhumanas, filosofar es una jactancia literaria, pornosofar, sin embargo, una obligación para quiénes tienen la posibilidad de hacer sinapsis neuronal.

La pornografía, le ha dejado paso al sexo plástico, que se viraliza en redes sociales y que impone como regla, la cosificación no de un género, sino de una condición, la del pobre o del menos pudiente, es decir, la mujer acaudalada entrada en años con el joven exótico y de color, como el empresario obeso y adinerado con la modelo de turno; el reinado de la estética que impuso operaciones y resultantes de quirófano, entronizados previamente en comerciales y más media, que nos dicen que cuerpos son los más sanamente deseables. La pornografía perdió su capacidad de escandalizar, de disponer de otra discursividad, le han enajenado su posibilidad de impactar con la crudeza de las imágenes y con lo simple y sencillo de lo que ocultábamos bajo nuestras sábanas.

Pornosofar, también incorpora esta naturalidad, que escenografiada o convertida en película, puede posibilitar, pensar desde otro lugar.

Finalmente la pornosofía, llega como todo hijo, no para la superación de sus padres, sino para el rescate de sus memorias, de aquello, que como reliquia conocemos como filosofía y pornografía.

“Los hombres temen al pensamiento más que a cualquier otra cosa en la tierra, más que a la ruina, incluso más que a la muerte. El pensamiento es subversivo y revolucionario, destructivo y terrible; el pensamiento es despiadado con el privilegio, las instituciones establecidas y los hábitos confortables; el pensamiento es anárquico y sin ley, indiferente a la autoridad, despreocupado de la acreditada sabiduría de las edades. El pensamiento escuadriña el abismo del infierno y no teme. Ve al hombre, esa débil partícula, rodeado por insondables profundidades de silencio; sin embargo, procede arrogante, tan impertérrito como si fuera el señor del universo. El pensamiento es grande, y veloz y libre, la luz del mundo, y la principal gloria del hombre…Pero para que el pensamiento llegue a ser posesión de muchos, no privilegios de unos pocos, debemos eliminar el temor. Es el temor lo que contiene a los hombres, el temor de que sus acendradas creencias resulten engañosas, el temor de que las instituciones por las que viven resulten dañinas, el temor de que ellos mismos resulten menos dignos de respeto de lo que habían supuesto que era…Es mejor que los hombres sean estúpidos, lerdos y tiránicos y no que su pensamiento sea libre. En efecto si su pensamiento fuera libre, podrían no pensar como nosotros. Y este desastre debe evitarse a toda costa…” (Bertrand Russel, Principies of Social Reconstruction).

Pornosofar la política, follarla, como actitud defensiva (quitándole toda lógica de placer al acto sexual y considerándolo solamente una cuestión de poder) para que ella no nos folle, quitándonos la dignidad, evitando el virus que con su miembro, la clase política, lasciva, nos intenta inocular para que nos quedemos en el paro, laboral como existencial.

El virus que sustenta el poder de lo democrático.

“Creemos que nuestro presente se apoya sobre intenciones profundas, necesidades estables; pedimos a los historiadores que nos convenzan de ello. Pero  el verdadero sentido histórico, reconoce que vivimos, sin referencias ni coordenadas originarias, en miríadas de sucesos perdidos…El gran juego de la historia es quién se amparará en las reglas, quién ocupará la plaza de aquellos que las utilizan, quién se disfrazará para pervertirlas, utilizarlas a contrapelo, y utilizarlas contra aquellos que las habían impuesto; quién introduciéndose en el complejo aparato, lo hará funcionar de tal modo que los dominadores se encontrarán dominados por sus propias reglas” (Foucault, M “El discurso del poder”, pág. 145)

Esto parece estar sucediendo en varios de los órdenes en los que nos vemos sorprendidos por la realidad. A nivel internacional, migrantes que se imponen en la fáctica más contundente de cruzar, cuál émulos bíblicos y próceres históricos, montañas y mares, a costa de la muerte de niños, mujeres, ancianos y enfermos, para simplemente tener la posibilidad de subsistir, pero en esa esperanza, casi espiritual, inercial del ser humano, en esa pulsión de vida instintiva, están logrando hacer carne aquel apotegma, Nietzscheano “de lo que no te mata, te fortalece” y más temprano que tarde, serán quiénes manden en los órdenes internacionales, es que nadie aún ha reparado, que ya lograron que las guerras que los azotan, en aquellos terrenos hostiles y lejanos de los que huyen, se disputen ahora en el centro de la comunidad económica europea, y eso, es un triunfo inusitado, un cambio de paradigma, que es sólo un comienzo. Lo venimos sosteniendo desde hace años, la democracia tal como la entendemos, será modificada, por estas generaciones de víctimas de la misma, a las que aún no le han resuelto ningún problema fundamental, tal como se la impusieron bajo promesa. La alborada de que los ricos se hagan cargo del problema de la pobreza, nunca ha sido una cuestión de lástima o de sensibilidad, es una cuestión neta y nata de poder, de poder real, de poder político, que empieza a evidenciarse intempestivamente, tras años de agazapamiento.

Lo hemos expresado en nuestro último libro ensayístico, nutrimos a la política contemporánea, de una nueva resignificacion de lo democrático como lo “incierto”, por intermedio del análisis de su columna vertebral; el voto. De aquí que el libro anterior, lleve como título “el voto compensatorio; redefinición del contrato social”; porque el cuestionamiento de lo democrático, de sus promesas y expectativas no cumplidas, necesita brindar, esa respuesta donde estuvo ausente, esa garantía que debió haber existido siempre en la firma de cesión de derechos de los ciudadanos para ser gobernados, de que ocurriría cuando ese estado, creado a partir de entrega de soberanía, no garantizará que todos tengan la posibilidad de comer. Falta que como si fuese poco, se agrava cuando, ese estado deudor, le exige a la marginalidad de su ciudadanía con la que no ha cumplido, que ratifique el contrato, mediante voto, y de allí que sus cancerberos (enviados por quiénes sí están en una posición de privilegio, los adinerados y los políticos) le entreguen, peculio, drogas o artefactos, como legitimización de la dádiva. Por esto, es que consideramos que la clave, para salir de la incertidumbre de lo democrático, no pasa por un programa de televisión, por una marcha o por un partido, pasa porque pensemos en el fondo de la cuestión, en este caso, nuestra propuesta, redefinir el voto, dotarlo del elemento compensatorio, para que valga más, númericamente, para los que menos han tenido producto de la falla o incumplimiento del contrato. En países centroamericanos en que se han llevado elecciones, o el ausentismo o los escándalos, no son más que réplicas de estas consideraciones, que insistimos no las encontrará tan fácilmente en los medios concentrados, tanto por el capital, como por el populismo, pues en ambos formatos, el virus de la “espectacularidad amistosa” les ha sido inoculado. Hablamos del fénomeno, de que esas cadenas construidas, por diferentes patronales, transitan senderos convergentes, que no asumen la profundidad del diagnóstico. Ejercen, con la fuerza de sus extensiones, análisis epiteliales, vacuos, en varios de los casos superfluos, conducidos por hombres menores, por atrofiados mentales, con la única virtud del oportunismo, de haber estado en el momento justo y en el lugar indicado, para ser genuflexos ante alguien. Esta enfermedad en grado de pandemia, atacó a todas y cada una de nuestras estructuras conocidas, por ende, muy difícilmente podamos encontrar respuestas valederas, ante quiénes no se preguntan por temor a pensar. La academia, como los circuitos culturales, también han pasado a ser un coto de caza, un terreno de disputa, entre aquellos mandaderos mencionados, que en estos campos de batalla, utilizan a otro tipo de soldaditos, con otras características, pero afectados por el mismo mal, de la mirada torcida, envilecida por el temor a ir más allá, de pensar en lo impensado, ingresar en el sótano de la condición humana, les da un pavor tan magnánimo, que ni siquiera se lo plantean, sólo se regodean con sus absurdas cucardas emitidas por esos centros nocivos de poder, en donde se estupidiza al ser, mediante estratagemas hábilmente diseñadas y de un inusitado poder de precisión e impacto.

Pensar o pornosofar, puede ser el vehículo que nos conduzca a nuevos o viejos horizontes que nos vinculen con nuestra parte más humana.

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