Populismo infantil para tiempos complejos
Fuente: http://runrun.es/

Donald Trump significa la victoria de lo pueril, el maniqueísmo que reduce la realidad a su mínima expresión binaria: yo-nosotros contra los otros, siendo éstos, según coyuntura, la casta, los de arriba, los inmigrantes, los infieles, los rebeldes, los terroristas, los izquierdistas, los ateos o laicos, la mujer, el mundo LGTB, los refugiados, las personas objetivadas como diferentes o las minorías sociales. En definitiva, los chivos expiatorios que se adaptan mejor a los miedos personales o colectivos provocados por la globalidad neoliberal en cada territorio del sistema-mundo del capital.

Todos esos conceptos son viejos enemigos creados ad hoc por el fascismo. Desviando la atención hacia adversarios concretos que forman parte del imaginario tradicional de valores de la gente llana, el sistema capitalista ofrece carnaza para alimentar los prejuicios de la inmensa mayoría y así cegar la posibilidad de detectar los fallos inherentes a la estructura neoliberal.

Desde temprana edad se nos enseña que debemos aprender a sobrevivir en una sociedad de competencia máxima, donde el prójimo es un adversario a batir: o él o yo es la consigna ética por excelencia. El premio o recompensa se traduce en un salario, estatus simbólico y capacidad de compra.

Nuestra hipotética libertad se basa en la regla ineludible de pegar codazos al contrario para conseguir las metas propuestas y no mirar en exceso más allá de nuestro propio placer y nuestras alegrías pasajeras. Todo el conglomerado educativo persigue un solo fin, aspirar a un título o certificado que nos permita ser más competitivos en el ruedo social. Eso y adaptarnos a cualquier circunstancia, ser flexibles como el agua o el humo, sin hacernos preguntas acerca de las estructuras y porqués que determinan las acciones individuales.

Tal fondo de armario ideológico manifiesta sus debilidades cuando una crisis económica cerca nuestros valores. Los alrededores habituales ceden y nuestro hogar confortable se viene abajo. Nos apremia la soledad y el desamparo: el espejo cotidiano nos devuelve una imagen distorsionada de inutilidad personal y de fracaso, que el sistema intenta que se asuma como culpa o responsabilidad particular e intransferible.

Salir de ese círculo vicioso resulta sumamente complicado. Además, no contamos con resortes y habilidades suficientes para escapar de tan doloroso trance. Hemos sido incapaces de mantener nuestro empleo, nuestro nivel de vida. Estamos en la afueras del sistema, en el arroyo de los fracasados, el peor lumpen de todos.

Todo se transforma en un paisaje ininteligible de fantasmas para el cual no estamos programados. El desvanecimiento de la autoestima hasta simas muy profundas nos encierra en un cuerpo moribundo imposibilitado para ofrecer resistencia a la acuciante realidad social que nos rodea.

En esa situación aparece como un talismán salvador un gurú de masas que rasca directamente en nuestras emociones a flor de piel. Nos dice sin demasiadas elaboraciones teóricas que no somos una mierda, que podemos alzarnos sobre los escombros de nuestra lamentable existencia. Que somos buenos. Los malos son otros: lo extranjero, el color distinto, el acento peculiar.

Y, de esta manera, una persona cualquiera abrasada por el temor causado por el capitalismo neoliberal tiene razones de peso para dirigir sus iras hacia un agente externo, extraño a sus raíces, edificado por pulsiones primarias de autodefensa. Esa emoción inducida restaña heridas psicológicas y levanta el ánimo de mayorías silenciosas golpeadas por la crisis.

La vida es lucha continua. Y el chivo expiatorio, denigrado a conciencia previamente como ser humano, nos presenta un enemigo ideal a derrocar, un motivo para salir del marasmo paralizante en que se hallan millones de personas sin futuro en las opulentas sociedades occidentales de la posmodernidad.

El añejo relato del fascismo funciona a la perfección como un juego de niños intrascendente en sus formas dentro de órdenes duales inscritos en la mente desde tiempos inmemoriales: masculino-femenino, alto-bajo, rico-pobre, guapo-feo, listo-tonto, cow boy-indio, pantalón-falda y binomios similares. Activar esos recuerdos primitivos en la edad adulta en un universo mediático saturado de informaciones irrelevantes y de publicidad engañosa no resulta especialmente difícil.

Restringiendo la complejidad de los mensajes a discursos altisonantes de blanco contra negro, las soluciones que siguen son de fácil digestión. La realidad aparece diáfana y transparente. Las dudas se despejan en un santiamén. No requiere pensamientos elevados ni relaciones complejas adherirse a fórmulas de todo o nada.

El votante que se entrega al populismo está muy cansado de sobrellevar su propia precariedad vital a solas. Necesita un enemigo evidente donde resarcirse de tantos pesares cotidianos y de tantas frustraciones personales. Frente a lo otro se encuentra a sus semejantes o pares con idéntica problemática a la suya. Ya no está en una isla desierta. De esa reunión de emociones compartidas, sin alternativa coherente en disputa, nace Domald Trump y todos los trumps por venir.

Los electores y fans de Trump no son tontos. Simplemente han sido diseñados con memes peculiares para buscar soluciones inminentes. En definitiva, comprar mercancías atractivas sin analizar o leer las leyendas que dan fe de su contenido y propiedades.

La mayoría compramos así, por imitación, compulsivamente. La programación neoliberal ha calado muy hondo en el inconsciente colectivo. Nadie está vacunado del todo contra la fuerza arrolladora de la competitividad extrema y de las soluciones mágicas.

Hay que vivir la precariedad neoliberal en propias carnes para sentir la auténtica soledad del perdedor sumido en una soledad lacerante de autoculpabilidad sin otear salidas a corto plazo. Solo así podremos comprender las tendencias fascistas que pueden germinar en nuestro interior más íntimo.

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