Política española y superioridad moral

A veces pienso que Caín, en su destierro a la ignota tierra de Nod, en realidad llegó a España, y que de él descendemos buena parte de sus habitantes. Solo así me explico algunas actitudes, tan bien captadas en el famoso cuadro de Goya Duelo a garrotazos: la mejor representación de las Dos Españas. La España que muere y la que bosteza, que dijo tan pesimista Machado.

Y digo esta parrafada porque a algunos, de un signo y del otro, les molesta que haya gente o partidos nuevos -o no tan nuevos- que presenten un proyecto para caminar hacia una España distinta. Apenas despuntan Podemos y Ciudadanos y ya están los de siempre, los de la Verdadera Izquierda, tirando piedras, como si ellos estuviesen libres de pecado. ¡Vendidos! Dicen a unos. ¡Fachas! A otros. Esa superioridad moral del que se cree en posesión eterna de la verdad y en disposición de repartir carnés de demócrata me resulta insoportable, odiosa e incluso peligrosa.

Las descalificaciones, pues bueno, oídos sordos y ya está. Lo que me preocupa es la concepción del mundo que subyace bajo ellos. Las falacias. El desprecio, cuando no el odio, al de enfrente. Como si el que no piensa como nosotros estuviese absolutamente equivocado y no tuviese nada bueno que aportar, y por eso está bien reírse sin más de él. Destruir sin plantar nada en su lugar.

Me gustaría una España en el que todos los interesados en política pudiésemos sentarnos a hablar y a discutir sobre propuestas y políticas concretas sin tildar al otro de traidor o autoritario. Considero que ni izquierda, ni derecha, ni centro ni los no adscritos tienen toda la verdad o toda la mentira; es natural que tengamos nuestras preferencias, pero pretender imponerlas -por cualquier vía, incluso la legal, que casi nunca justa, mayoría absoluta que la ley electoral propicia- al resto de la sociedad, además de imposible, es antidemocrático.

Igual pido mucho a un país en el que el ministro de Educación abronca y no recibe a los estudiantes que no piensan como él y en el que en las campañas electorales se cruzan más acusaciones ad hominem que ideas. Soy así de inocente. Con su permiso, me voy a seguir leyendo programas electorales.

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