¿Podemos asusta(r)?

No deja de ser contradictorio que ciertos sectores del poder –político y mediáticos– adjetiven como susto la reciente irrupción de Podemos como primera fuerza política en intención de voto en España, y tercera, ya muy cerquita de las dos cabezas principales, en estimación. La reacción que ello provoca obedece a una suerte de egoísmo, un intento de no perder el puesto, en vez de hacer que otros miles lo consigan. Es paradójico el porqué se actúa: los cimientos de la hegemonía del poder se resquebrajan para no volverse nunca a levantar.

Los cambios históricos suceden en momentos no inesperados, si se observan desde su rutina. No es predecible el cuándo, pero sí la proximidad del mismo. Es notorio que el mundo –y España en particular– suplica por un nuevo capitán que sitúe el timón en el rumbo de la mayoría, porque desde los inicios de la crueldad consciente humana, la mayoría ha sido la que ha recibido el castigo, y los que se comían la manzana, una y otra vez, permanecían en el paraíso económico. No hace falta tener una bombilla de más para verlo venir, lo que hace faltan son unas gafas mínimamente graduadas y una perspectiva que demasiadas aristocracias cerraron tirando la llave a la cloaca. La bajada a esos malolientes salvoconductos no les resulta agradable, pero amigos/as: en esa cloaca vivimos la mayoría de la población, no pasa nada por remangarse la camisa.

¿Son los últimos sondeos de Metroscopia o el último CIS (mes de noviembre) un susto para alguien? Si eso es así: apaga y vámonos. No es realista que la torpeza de las mentes que nos dirigen llegue hasta tal punto. Ahora bien, la sensación que se transmite sí avala la hipótesis. Continúan sorprendiéndose, tanto cuando uno más de ellos es descubierto con las manos en la masa o cuando leen que Podemos puede –o va a– quitarles el asiento de oro. Sea como fuere, Podemos asusta, y podemos asustar. La incapacidad del gobierno y oposición para manejar los hilos que ellos mismos elaboraron es manifiesta por una razón sencilla: esos hilos hace tiempo los manejan personas que nadie votó. No hemos de extrañarnos, tan solo seguir asistiendo con la cabeza sus sorpresas y sus incoherencias, haciéndonos los boludos y trabajando en la sombra. Una mañana despertaremos con los muebles sin polvo: la democracia habrá limpiado lo que nunca debió ensuciarse.

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