Personas transformadas en mitos: bárbaros, indígenas, negros, judíos, inmigrantes, refugiados

¿Superioridad? ¿Inferioridad?
¿Por qué no simplemente
intentar tocar al otro,
sentir al otro, revelarme al otro?
Mi libertad, ¿no se me ha dado
para edificar el mundo del Tú?

Frantz Fanon
Piel negra, máscaras blancas

En épocas muy pretéritas, las hordas bárbaras, los extranjeros que buscaban aventuras y nuevos territorios o exploraban otros horizontes para saciar las hambrunas que asolaban sus pueblos. Poco después descubrimos a los aborígenes de tierras lejanas, gentes extrañas que nos recibieron con los brazos abiertos, de manera amable y confiada. Anteayer, la negritud, esa inmensa isla donde moraba el eslabón perdido, los ancestros, la animalidad en estado puro, el pasado salvaje al que hicimos nuestro esclavo predilecto para uso doméstico y explotación laboral. Hace casi nada, los judíos, esa comunidad rara y ensimismada que financiaba nuestros delirios y proyectos: inteligencia poderosa que podía ensombrecer el protagonismo absoluto del europeo indómito. Hoy, una mezcla heterogénea de todos los citados, los que huyen del hambre, los quieren sortear la muerte cierta.

Todas esas categorías míticas han edificado la colosal superioridad occidental del hombre blanco. También sus fobias y sus miedos, convirtiendo en chivos expiatorios a todas ellas para salvaguardar su propia preeminencia. El bárbaro arrasaba las aldeas; los indígenas hacían el amor sin tabúes; los negros de pene grandioso penetraban el alma blanca de nuestras mujeres arias; los judíos se hacían ricos con nuestras penurias; en fin, los inmigrantes y los refugiados pretenden robarnos la seguridad del hogar, el futuro de nuestros vástagos.

Así, a pasos de gigante, se ha ido conformando la mente maniqueísta del occidental medio, el inconsciente colectivo que inventó, desarrolló y justificó la esclavitud, las guerras imperialistas y los holocaustos de decenas de miles de personas ahogadas antes de traspasar nuestras fronteras y saciar su sed histórica.

Ese Otro nos resulta amenazante porque lo venimos construyendo así, pavoroso, inmundo, retrasado, terrorista, subhumano. Y todos los blancos somos responsables de cada ser humano que se deja llevar por el destino desde sus confines de miseria hasta la orilla de Occidente.

La presunta libertad de la que disfrutamos en el mundo rico está hecha de biografías anónimas e individuales que han sido vilmente explotadas o han perdido la vida a causa de nuestra rapiña institucionalizada y nuestra ambición desbordante. Nos creemos los amos del planeta y no somos más que pasajeros afortunados de un devenir cultural e ideológico no definitivo, cuyos fines y objetivos obedecen a intereses económicos y motivaciones políticas concretas. Ninguna ética civilizadora o moral religiosa puede servirnos de coartada.

Todo ha sido contingente, no había metas señaladas a modo de excusa en ningún texto legendario. Hemos ido adaptándonos a cada sobresalto mientras elaborábamos credos y leyendas en las que el hombre blanco, la suprema raza universal, apareciera como el Bien Absoluto, destruyendo de paso toda opinión, vestigio, arte o industria que pudiera competir en igualdad de condiciones con nuestras hazañas militares, intelectuales o científicas. Y para llevar a cabo tamaña misión no tuvimos más remedio que subyugar y transformar al Otro en menos que nada, si bien los ecos de sus gritos desgarrados y la sangre de sus heridas torturan la conciencia blanca desde entonces. De ahí, de esa proyección del sufrimiento ajeno, nacen los miedos, el pánico a que los millones de voces a las que callamos con la espada, las bombas o la indiferencia se hagan canto coral unánime y arrase con las mentiras del relato capitalista de los ases sin parangón elegidos por el dios cristiano y el progreso desenfrenado.

Sobre ese barro movedizo, quizá humus benévolo y fructífero algún día, se está levantando el equilibrio cada vez más inestable y poroso de la globalización neoliberal. Parecía que con la razón ilustrada como aliada y los derechos humanos como lugar de encuentro teórico, utópico y dulcemente acogedor, la Tierra se transformaría en un espacio de armonía cósmica casi total. El pensamiento único de la posmodernidad, que emergió al tiempo que se derrumbaba el socialismo real, anunciaba una sociedad sin conflictos, todos a una en el ocio y por el conocimiento. Hasta nunca lucha de clases; hola por siempre jamás querida economía de mercado.

Ahora nos estamos despertando, entre contradicciones y paradojas existenciales, del sueño neoliberal. Ayer, hoy, mañana: nuevas víctimas en el océano; más muertos en conflictos bélicos; más pobreza absoluta y relativa; más naufragios de viejas filosofías a la deriva. La consigna es defenderse de lo extranjero, no compartir nada con el monstruo, con el otro, con la piel oscura y maloliente. Tal pensamiento opera de forma automática y colectiva en el subconsciente individual ante el mínimo roce con el foráneo, con el presunto terrorista.

Todos nuestros miedos indagan y hurgan a oscuras en un escenario fantasmagórico para identificar amenazas escondidas entre las ruinas de nuestros prejuicios. Nos ayudamos unos a otros en esta tarea quijotesca y desmesurada de dar nombre al vacío existencial: aquí un molino de viento, allí una luz cegadora. Nada es lo que parece. O mejor expresado aún: toda apariencia es un enemigo, un adversario que hay que combatir, desterrar o deportar hasta su aniquilación definitiva, el olvido doloso o su conversión en una borrosa imagen que nunca alcanzará nuestra conciencia política.

Esta cárcel de sombras chinescas y apariencias terroríficas es el mundo que habitamos ahora mismo. Un hogar que no queremos compartir, una casa que hemos registrado como propiedad privada a base de añagazas legales y cuentos de hadas moralizantes. Nos hemos creído a pies juntillas nuestros propios delirios de grandeza.

Hoy sentimos el acoso constante de estallidos de violencia y de ira incontrolada, de explosiones a ras de suelo, a un paso de nuestro bienestar en crisis… Y no queremos saber los motivos de tanta inquina acumulada. El mundo está en lucha: los pobres, las mujeres, los de abajo… Y nosotros, una suma de yoes cerrados a cal y canto al tú de Fanon, permanecemos a la espera, atónitos, incrédulos, encantados de habernos conocido.

Si no emprendemos ya la marcha hacia el Tú, millones de Otros vendrán a nuestro encuentro. Quizá cadáveres, tal vez hordas de personas hartas de no ser nada en este preciso instante. Sean zombies o ejército invasor, el final es predecible: la disyuntiva será elegir entre morir de peste o acabar arrasados por la Historia. El contagio, pues, resulta inevitable.

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