Pensar en comer, pensar en comprar

“Los hace trabajar:

el hambre como herramienta indispensable.”

Martín Caparrós

El Hambre

A un habitante tipo del Primer Mundo le resulta extraño tener que pensar en comer nada más terminar de haber comido, pero donde la pobreza es severa y el hambre persigue cada instante resolver un asunto tan inmediato y vital emerge como el pensamiento único de urgencia monocorde. Mil millones de personas, o más, se encuentran en esta crítica situación de manera cotidiana.

En Occidente, ese concepto coloquial que nos traslada la imagen de riqueza sin parangón, desigual y clasista eso sí, la ideología capitalista ha sustituido arteramente el comer por el comprar como impulso cultural que engloba todas las conductas permitidas. A través del trabajo escaso y la competencia a codazos, por supuesto. Se compra una infinidad de cosas tangibles o no: estatus, moda, alimentos, ropa, objetos de lujo, novedades de última hora, fetiches, naderías, tiempo de ocio…

Sin duda que no es lo mismo comer que comprar, pero en esencia ambos impulsos, uno de orden biológico y otro cultural, comparten un esquema invisible que los hace funcionar como la precisa maquinaria de un reloj: las relaciones de poder entre dos polos que se necesitan a la vez que se repelen, de estructura jerárquica, donde el abajo se supedita o subordina a un arriba, abstracto en ocasiones, bajo sus reglas y perspectivas de interés propio.

Lo que se pretende con este binomio inestable reseñado es dotar de sentido social a una estructura económica determinada, naturalizando sus causas y sus efectos de todo pelaje. El interés general es el interés del arriba, del que ejerce el poder. Para conseguir esta ilusión colectiva es necesario, sin embargo, crear un relato, una ficción que cuente con convicción un mito constituyente de una relación dada. El mito convertido en discurso aceptable y asumido por el abajo sirve de convención para establecer un espacio o lugar de encuentro, y colaboración más o menos cordial, entre dispares o fuerzas contrarias.

No hay relación de poder que no se funde en un mito hecho relato. El primer arriba sería la Naturaleza, esa inmensidad desbocada y sin leyes que asombró a los seres humanos de las cavernas. La Naturaleza era severa e incomprensible pero ella facilitaba los recursos y la energía para seguir viviendo. De la Naturaleza surgían dádivas y dones, regalos maravillosos en el discurrir diario de las gentes primitivas. A ella, por consiguiente, entregaban sus gruñidos más toscos en señal de gratitud, pánico y respeto.

Aquel grito rudimentario se fue transformando en modos de vasallaje muy distintos. Nacieron dioses de muchos delirios y penas. Llegaron los amos en diferentes versiones, hasta los patronos del sistema capitalista. Las vinculaciones personales y sociales se volvieron sucesivamente mucho más complejas y transversales, pero la víscera de las relaciones de poder permaneció a la sombra de usos culturales diversos que fueron adaptándose a cada tiempo histórico.

Las relaciones de poder más groseras o notorias se cobijaron en mil recovecos intelectuales, sociopolíticos y emocionales de complicado acceso. Era necesario ocultar sus efectos más nocivos dado que el abajo había ido tomando conciencia de su rol subalterno dentro de las relaciones de poder realmente existentes. De múltiples rebeliones vieron la luz formas políticas nuevas, que intentaron recoger esas aspiraciones de igualdad del abajo, el cual se fue difuminando como estrategia de defensa del arriba opresor o hegemónico en variedades sociales enfrentadas entre sí por intereses de nuevo cuño inducidos por el poder ejecutivo y cultural: etnias, naciones, género, razas, subclases y conceptos similares.

Sin embargo, da la sensación que nadie puede escapar de las relaciones de poder. Sus modalidades y adaptaciones a contextos distintos son numerosas. La capacidad de vivir primigenia, aún presente con especial virulencia en el mundo de la pobreza extrema, se incentiva artificialmente a través del hambre. El hambre provoca hacer todo lo necesario por rendirse a la evidencia: donde hay comida se sacia ese prurito tan infame y se puede continuar la estela vital. No hay otra salida. La mano que ofrece el don o la dádiva es la mano amiga, aunque en términos ideológicos y materiales sea la misma que provoca mi hambre y mis penurias.

Cuando se tiene hambre radical, las causas son imposibles de detectar. De inmediato se produce una identificación simbólica, contradictoria casi siempre, con la recompensa del ídolo/opresor: dios nos invita al cielo, el amo nos da de comer y el empresario nos permite con nuestro trabajo ir al mercado a comprar bienes y servicios. La dependencia anula la autoestima en el momento de actualizarse las promesas y las recompensas en forma de consuelo, vianda o empleo laboral.

Problematizar, y por ende politizar, las relaciones de poder es el primer paso para saber a ciencia cierta el lugar que cada cual ocupa en la escala social. Y no es fácil alcanzar esa encrucijada. Hay que romper con la deuda contraída en el acto de constitución de toda relación de dependencia, con ese mito convertido en relato eficaz que fija al abajo genérico como receptor de un don concedido arbitrariamente por el arriba, allí donde se inventan y generan los valores ideológicos y morales de una sociedad concreta.

Quebrar ese hilo conductor que ligaba al hambriento, al esclavo, al siervo o a la clase trabajadora a esa deuda original con el distribuidor de dádivas resulta fundamental para conquistar un mundo más igualitario, no solo en derechos filosóficos sino también en el devenir diario.

En las sociedades opulentas las relaciones de poder están solapadas en usos, costumbres y entramados jurídicos mistificadores. Incluso en los países pobres, en los cuales las relaciones son más cruentas y rudas desde la óptica occidental, el abajo hambriento lo supedita todo y lo da por bueno si tiene a mano un marco de referencia religioso que aplaque su ira y rabia por ser incapaz de salir de la miseria.

No obstante lo dicho, ambas experiencias hunden sus raíces en la subordinación mística a una deuda producida por un mito que se replica machaconamente a través de relatos adecuados vía tradiciones orales, publicidad y medios de comunicación de masas.

Aun tomando conciencia crítica de las relaciones de poder en que cada cual se halle inmerso, escapar sin más de esa tupida y viscosa red no sucede automáticamente ni por arte exclusivo de la voluntad individual. El asunto requiere sumar fuerzas sociales para conseguir el empeño de que toda relación de poder tenga razón de ser mediante la aquiescencia personal, política y democrática del abajo de referencia. Y que los abajos y los arribas dejen de ser situaciones fijas, irreversibles e inmutables.

Ya que las relaciones de poder parecen irremediables, una sociedad democrática que se precie de ello debería otorgarlas por plazos temporales definidos escrupulosamente bajo consenso público y social. De manera dialogada, con argumentos y, por así expresarlo, por obra y servicio determinado. Otro relato convincente, ¿de izquierdas?, hace falta con urgencia para llegar a tal puerto.

No hay comentarios

Dejar respuesta