Papelitos de colores

La cháchara de su hija se hacía insoportable en sus oídos. Era un sonido monocorde que se abría paso por sus conductos auditivos y se perdía en ellos sin llegar a penetrar en su conciencia. La anciana no podía dejar de pensar en su compra y temía que la charla insulsa y banal de su hija lograra que se olvidara. A estas alturas del monólogo su hija calló y la miró con una expresión entre enfadada y sorprendida _ ¿mamá me estás escuchando? Parece que no te importa nada de lo que te cuento._ la anciana suspiró casi imperceptiblemente y sonrió a su hija _claro que te escucho, solo que se está haciendo un poco tarde y yo todavía tengo que comprar.

 Su hija le respondió que no se preocupara que tenía tiempo para todo. No era consciente del momento en que se había convertido en la hija de su hija, ese instante en el que una empieza a ser tratada como una niña pequeña, en los que los deseos son oídos pero no atendidos porque en realidad tu hija sabe lo que te conviene, no lo soportaba, quería a su hija pero últimamente sus cuidados resultaban excesivos. Lo intentaba, quería a su hija, de eso estaba segura, pero no disfrutaba de su compañía, eran tan distintas. Amelia era superficial, un poco simple y solo se ocupaba de banalidades con las cuales ocupaba todo el tiempo que no podía llenar con algún interés sincero por algo. Era el tipo de persona que la vida le pasaba por al lado sin rozarla apenas, era impermeable a casi todo y por todo ello nunca había habido entre ellas el tipo de conexión de la que su madre y ella disfrutaron hasta que murió. Con su hija no tenía nada en común más que el cariño que se profesaban mutuamente, pero nada más. Le costaba reconocerlo pero su hija era su gran decepción. Nuria siempre se había sentido orgullosa de ella misma, de su vida, de la de su madre y sin embargo Amelia era el verso suelto en su vida, era la anécdota en medio de todo lo demás, la banalidad en medio de tanto esfuerzo, sufrimiento y lucha. Sin quererlo siempre esperó que Amelia fuera como su madre: una mujer fuerte y con convicciones, le tocó demostrarlo muy pronto y sufrió por ello el desprecio de todos los que consideraron un crimen que se casara con un rojo, que nunca bajara la mirada cuando iba a verlo a la cárcel y que no se dejara comprar por un trozo de  pan ni unas medias bonitas. Había conseguido con el paso de los años aceptar que su hija no era lo que ella  pensó que sería cuando le cogió la manita por primera vez. Intentaba ser paciente y quererla, lo primero le costaba, sin duda, lo segundo le salía espontáneamente: nunca le costó querer a Amelia. Pero ahora estaba perdiendo la paciencia, notaba con angustia como su tono de voz se volvía más crispado y aunque le dolía en el alma dejar así a su hija, casi con la palabra en la boca, tuvo que hacerlo, su compra no podía retrasarse más. Se excusó diciendo que se sentía un poco cansada y se marchó, cuando le dio el beso en la mejilla sintió una punzada de tristeza, no sabía cuántos momentos más podría pasar con su hija siendo ella misma.

Los remordimientos, sin embargo, se diluyeron en cuanto entró en la papelería del barrio. Era una tienda moderna llena de colorido, al ver lo que necesitaba se tranquilizó al instante y la angustia que la había atenazado toda la tarde desapareció. Ahí estaban, de todas las formas y colores inimaginables. Compró de todos los modelos, hizo una gran provisión, así no debería preocuparse durante una larga temporada. Se dirigió a casa feliz, decidió llama a su hija para pedirle perdón e invitarla al cine, a las dos les gustaba mucho el cine, aunque las preferencias de ambas eran muy distintas, pero haría un sacrificio y dejaría que escogiera Amelia.

Cerró la puerta, en ella, al lado de la cerradura había un pos-it, en él se podía leer” cerrar con llave y dejar la llave en la puerta”, la anciana sonrió complacida. Se dirigió al sofá y allí encima de la mesa vio más papelitos de colores, uno de ellos estaba pegado al mando de la televisión “el botón rojo enciende el televisor, los números son canales, tus preferidos son el 3 y el 5”, Nuria reconoció su letra menuda y apretada, encendió el televisor mientras pensaba cuando tardaría en olvidar quien era, no podía imaginar el dolor que le causaría a Amelia que su madre no la reconociera, que injusta era la vida, su enfermedad: el alzhéimer, la condenaba a morir dos veces. Primero moriría ella, todos sus recuerdos, su vida, a los que quiso, desaparecerían mucho antes que su cuerpo muriera. Le ahogaba pensar que viviría sin reconocerse, sin recordar a su madre, a su hija. Una enfermedad cruel, los olvidos eran cada vez más frecuentes, se desorientaba y solo los pequeños papelitos de colores le ofrecían un asidero ante el abismo al que se precipitaba. Tendría que hablar con Amelia, quería hablar de muchas cosas antes de desaparecer prisionera de un cuerpo que ya no sería más que una cáscara vacía. El único consuelo que le quedaba era saber que la buena posición económica de la que disfrutaba Amelia le permitiría no tener que cargar con ella sola y sin ayuda. Al menos de eso no debía preocuparse. De pronto se acordó que hoy había salido con las zapatillas a hacer la compra, escribió” ponerme los zapatos, no las zapatillas”, se dirigió a su habitación y lo pegó en la mesilla abarrotada de sus papelitos de colores, mientras los miraba lloró amargamente.

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