Nos han robado nuestro bien más valioso: soñar, soñar, soñar...

El sistema sueña por nosotros. Nos han robado lo más humano, lo nuestro por antonomasia, lo que nos hace singulares en el reino animal. Soñar. Dejar volar nuestra imaginación para escapar de la cruda realidad  a la vez que intentamos hallar soluciones nuevas, audaces y originales a los problemas cotidianos que nos acucian durante la vigilia.

La utopía ha perdido crédito porque soñar se ha vuelto incomprensible. La publicidad nos ofrece los sueños elaborados, listos para consumir y tirar más tarde en el olvido del hastío costumbrista y de la demasía productiva global. Junto a la imposibilidad de soñar cabalga la libertad maniquea de la alternativa digital, un ser o no ser de dos opciones excluyentes: blanco-negro, ahora-nunca, sí-no y dilemas similares.

El desorden caótico ha ocupado el espacio del sueño individual y colectivo. Todo se resume en los anaqueles repletos de abundancia ruidosa y casquivana, de la confusión estructural. Las ciudades se convierten en manchas y aglomeraciones que se agregan a lo existente sin sentido interno ni dirección externa. El día no termina en la noche ni comienza en el amanecer. El mundo está abierto 24 horas. No hay ayer que recordar ni presente que vivir: el futuro permanente nos habita por doquier.

Espacio vacío y tiempo anodino nos han transformado en sujetos sin propósito. No hay metas adonde llegar ni estaciones intermedias. Lo “suyo” es existir en la vacuidad, viajar, moverse entre mojones iguales unos a otros, ser moda, ir yendo hacia nunca jamás, ser peterpanes sin salidas maduras ni objetivos concretos.

La ciencia nos ha tomado por bobos: siempre nos han dicho que el homo sapiens era la criatura que fabricaba herramientas, el ente nacido para trabajar, dos rasgos que definían la esencia de nuestra naturaleza transgresora y única. Fabricar, trabajar, hacer… Solo nos dejaban la sonrisa hueca como elemento travieso y compensador entre tanta fatiga existencial.

¡Mentira colosal! Si nos arrebatan el soñar, nunca hubiéramos descubierto el lenguaje ni hubiésemos creado el rico mundo de matices que nos ha servido de hogar hasta hoy mismo. Socializar miedos y esperanzas. Intercambiar experiencias. Allanar modelos de conducta. Hacer cultura. Reivindicarnos a nosotros mismos en la convivencia social. Nada hubiera sido realmente posible sin la anticipación onírica de la utopía.

Soñar es la mayor fiesta que nos hurtan a diario los que parten el mundo en un tic tac digital espurio y los que pintan de desorden y caos las calles de la vida para rociarnos de abundancia machacona y superficial.

No busquen los sueños “propios” en ningún escaparate comercial ni en ninguna psicología “new age” ni tampoco en políticas posmodernas de rompe y rasga espontáneas paridas de la nada rebosante de fruslerías varias. Los auténticos sueños ni se venden ni se compran ni se aprenden ni se manufacturan en un instante de calentón creativo. Soñar de verdad es gratis por eso resulta tan caro en la sociedad actual.

 

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