No se hagan los sorprendidos

La sorpresa debe dejar de prestar su significado a las reacciones políticas de la última, aunque no ultimísima, actualidad. El intento –que no es nuevo, y que nunca debió serlo– de atribuir un grado de insensatez amplio a la ciudadanía por parte de la clase política dominante comenzó, hace tiempo, a convertirse en rutina. Precisamente por ello pareciera que nuestra estupidez se normaliza, o que su inmoralidad se consolida. En cualquier caso, la sociedad no demanda más dosis de una arrogancia unilateral, y de vuelta envía críticas inéditas y vueltas de tuercas en los medios que fuera de las fronteras no se conoce. Todo porque, además, la culpa nunca es de uno hasta que ya fue no solo apuntado, sino, prácticamente, sentado en el banquillo. Ahí, entonces, sí. Ahí sale el grueso de los de arriba para calmar a los de abajo compartiendo nuestro malestar. O mejor aún, doliéndoles más, y dudosamente mejor. La empatía rezuma en sus palabras sin darse cuenta que la vacuna contra la propaganda sin sentido ya llegó a nuestras farmacias. Los atriles se disfrazaron de escenarios y la política dio paso a la interpretación: bienvenidos a Sálvame, literalmente.

Las noticias más que correr o volar, aterrizan. Cada mañana tenemos en nuestra tendenciosa prensa un factor común: [la sorpresa de] la corrupción. No son importantes los números de ninguna de las fórmulas: lo primordial es que sus nombres no estén entre ellos. Y si aparece, pío pío, que yo no he sío.  Recuerdan al pilla pilla o al escondite. La infantilización de sus actos es directamente proporcional a la magnitud del delito. Lo sorprendente de su falsa sorpresa es que imaginan un nivel de intelectualidad tan bajo en la sociedad que pretenden que su bola de falacias pase por nuestro esófago sin devolverles un vómito de indigestión. A veces ha pasado y, tristemente, puede seguir sucediendo.  No obstante, la tendencia social indica que ya no nos tragamos cualquier cosa. Parece que su partida va a llegar a Game Over más pronto que tarde, por ello no tiene sentido que intenten continuar, una y otra vez, con esa estrategia basada en dar una respuesta automática ante cualquier escándalo político: “Siento vergüenza”. Error, queridos políticos. Vergüenza sentimos nosotros por dos motivos inconmensurables entre sí: por la inutilidad en sus cargos al no percibir las irregularidades de las que, en gran parte, erais responsables o, segundo, por la participación consciente en esas estafas que tratáis de ocultar hasta cuando el desborde del río es imparable. Quizá solo queda pedir un planteamiento de todo esto bajo una perspectiva más amplia: hoy todavía podéis engañar a un puñado de inocentes bienpensados, pero el peso de la historia no lo podrá aguantar ni el mismísimo Atlas. Por favor, no se hagan los sorprendidos.

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