Nietos de la miseria

Es momento de hacer balance de lo que el largo tiempo ha ido construyendo, los años que escriben la historia de cada uno y que comparte con los acontecimientos surgidos los que forman sus capítulos y donde nosotros protagonizamos pequeñas historias muchas con similitudes y con proyectos comunes, sueños y esperanzas que se realizaron en época de bienestar y crecimiento.

Ahora que la lentitud de la recuperación de metas conseguidas, me hacen volver la mirada al principio, donde veo mi origen, herencia de los que mudos obedecieron las normas y políticas impuestas y callados durante años nos daban con esfuerzo lo mejor que conseguían. No dejo de olvidar qué y quiénes fueron, qué nos dieron y en qué nos convertimos y qué hemos dado para seguir manteniendo ese proyecto de una sociedad libre y donde las oportunidades son posibles y las metas alcanzables.

Soy nieta de un país donde existió la miseria, donde los hombres emigraron a otras regiones más prosperas a otros países más industrializados.

Donde se abandonaron los pueblos de calles sin asfalto y campos sin producción suficiente.

Donde el recuerdo del pasado era gris, doloroso y sobre todo hambriento.

Infancia con pocos recursos donde la televisión  no estaba en todos los hogares y algunos vecinos compartían poder ver juntos partidos de fútbol o series americanas donde se mostraba  un mundo inalcanzable, de confort, de cómodos sofás en salones y aspiradores eléctricos que yo no veía ni en la tienda donde vendían pequeños electrodomésticos.

Sábados donde en blanco y negro descubríamos el mundo de Disney en un lugar llamado Disneylandia  en otro continente donde soñábamos poder ir pero  parecía tan lejano como ir a la luna.

En mi infancia donde los padres trabajaban y las madres se quedaban al cuidado de los hijos, nuestros recursos para jugar en las vacaciones, eran la calle como lugar, y lo que encontrabas en ella para improvisar.

Claro que eran calles sin tráfico, sólo tenían coche algunos propietarios de negocios y los 3 o 4 taxistas del pueblo.

Yo tenía como vecino uno de estos pequeños empresarios con negocio en la construcción y cuyas hijas compartían sus juegos con nosotros pero en compañía de sus últimos juguetes que les eran regalados sin ser navidades o cumpleaños, por el simple hecho de que sus padres podían hacerlo, algo impensable en mi casa y en otras que conocía.

Y mis calles eran el patio inmenso de juegos ,sin columpios, sin zonas verdes, por supuesto sin  parques, donde nos reuníamos los niños de todo el barrio. Los niños se vigilaban solos, todos nos conocíamos de punta a punta de la calle. Por eso si alguno se iba a casa de otro los padres estaban tranquilos.

Las abuelas con sus sillas sentadas delante de sus casas antes del ocaso al caer la tarde, tejiendo puntillas  con sus bolillos para ajuares de futuras novias  y  compartir charlas con sus vecinas.

Calles por las noches donde pasaban los basureros en tractores y vaciaban cubos, protegidos por papel de diario, no se utilizaban todavía las clásicas bolsas de plástico.

Donde el afilador con su silbato armonioso era la canción del verano y de vez en cuando los gitanos zíngaros con su carromato, su cabra equilibrista y sus panderetas, la única distracción y lo más parecido al circo.

Mi madre siempre me daba dinero para poder comprar dos cosas en vacaciones que compartía con mi hermana, una goma elástica para saltar en nuestro juego llamado “la goma” y una pequeña pelota de caucho que compramos en el estanco y que nos pasamos el día golpeando en las paredes de los edificios viejos con mucha fachada sin ventanas.

Éramos felices así, ya que todos teníamos el mismo presente y las mismas pequeñas cosas, los que más poseían, un pequeño grupo mezclado con  nosotros pero que al final nos venían a buscar para poder compartir juegos. Los juguetes nuevos no son divertidos jugando a solas.

Meriendas de pan con aceite y azúcar o chocolate de barra, bebida solo agua, los zumos ni los conocíamos, el de naranja natural en los catarros igual que el yogurt danone en envase retornable que tomamos cuando padecíamos un desarreglo intestinal.

Días de playa en viajes interminables en autocares repletos de madres con niños cargados con sombrillas y flotadores. Desde cuyas ventanas veíamos las motos con sidecar con padres, hijos y abuela.

Playas donde el negro de los grandes flotadores de caucho rodeados por niños y adultos llenaba sus aguas y los parasoles de dos colores con grandes pelotas de plástico y la gente tumbada su arena.

No teníamos sensación de carencia ya que lo común era lo mismo, solo en las imágenes que veíamos en series de la lejana USA, nos mostraba una sociedad más moderna con comodidades y hablando de viajes en vacaciones y universidades para sus hijos.

En mi escuela las niñas estudiábamos comercio mercantil y bachiller los niños, solo cuatro o cinco niñas, entre ellas las hijas del Director lo hacían.

Nietos de la miseria

Y aprendimos a escribir a máquina, taquigrafía, algo de francés como idioma y nociones de contabilidad. Y de esta manera a los 14 años las empresas establecidas en el polígono industrial de nuestro pueblo acudían a las escuelas en busca de jóvenes con esta preparación y eran contratadas como aspirantes administrativas a esa edad tan temprana cobrando pero sin una cotización en la seguridad social. Pasábamos de la infancia al mundo laboral sin saber que era la edad del “pavo”, no teníamos tiempo ni de pensarlo trabajando desde  las 7 de la mañana.

No teníamos edad para entrar en las discotecas a bailar ni permiso familiar, pero si para entrar en el mundo laboral.

Y así todos empezamos a trabajar en edades muy tempranas y los domingos aprendimos a colarnos ,un poco maquilladas para aparentar más edad ,en las discotecas cercanas.

Allí con la música disco en nuestros oídos se formaron parejas que más tarde formaron familias.

Y en una España con los últimos coletazos de una dictadura agonizante, vimos nuestras primeras manifestaciones en las calles y la palabra libertad empezó a oírse y la palabra democracia sonaba a futuro.

Y mis padres  que callaron en largos años, empezaron a hablar de partidos políticos que llevaban años en la clandestinidad y la muerte de un dictador abrió la puerta a una nueva experiencia, donde ya no se veía lejana la sociedad moderna en otros países.

Ilusión truncada una tarde de Febrero, que nos llevó a una noche en vela, mientras mi hija de poca edad dormía en la habitación de al lado ajena a todo y  donde sentados en nuestra  cama, descubrimos de nuevo la radio como único medio de comunicación oyendo a José María García que esa noche no habló de fútbol, acurrucados temíamos por nuestra libertad y el oscuro pasado parecía asomarse de nuevo.

 Y aprendimos las siglas de lo que ya no era  prohibido “PSOE”, “PC”, “PSUC”. Y en Cataluña pedíamos el regreso de nuestro President Tarradellas en el exilio. Mientras un joven Felipe González con americana de pana nos deleitaba en sus mítines y llevó a la izquierda al poder después de tantos años.

Rápidamente aprendimos al tiempo que nuestro país creció en libertad, apertura a una democracia y a una educación política, con sueños de un futuro mejor para nosotros y nuestros hijos, donde lo que nosotros no pudimos tener pudiéramos ofrecérselos a ellos.

Soy como muchos nieta de gente venida de una posguerra de miseria y que perdieron hasta la libertad de expresarse y el que sus nietos fueran la primera generación de oportunidades en muchos aspectos, les llenaba de orgullo.

Ahora en este mi presente, donde se puede consumir a través de un pequeño portátil con una tarjeta con saldo y donde mis hijas se han formado mucho mejor incluso han  podido estudiar en universidades y hacer un curso de Erasmus en el extranjero, después de todo lo vivido, lo acontecido en esta sociedad en todos estos años y en los logros obtenidos en muchos aspectos, a veces me pregunto con temor  si no nos será arrebatado.

Pero esta vez no van las empresas a los Institutos en busca de mano de obra cualificada, y las calles de los polígonos son rutas obligadas para repartir folios en busca de oportunidades.

La miseria vuelve a formar parte de las vidas de muchas familias y los nietos son ahora biznietos de esa miseria lejana, pero con la suya propia la actual la que nos ha creado esta crisis que parece no terminar  y las expectativas de preparación en Universidades se convierte en proyecto imposible.

Oigo las nuevas normas en estudios universitarios y masters donde muchos no podrán acceder, la situación actual no da para pagar estudios, se han necesitado dos trabajos fijos para poder dar esa oportunidad a la generación de mis hijas.

Normas represivas otra vez, esas que impidieron que muchos de mi generación no pudieran llegar a tener una oportunidad en las universidades, mi hermano entre ellos.

Y el pasado se refleja en  el presente y la miseria que creíamos olvidada se asoma en algunos hogares.

1 Comentario

  1. Aysha, parece que vivimos la misma españa… y bien que la recordamos. También me “eduqué” en la calle (las de barcelona) y me pillo la Transición con dieciocho… Aquella miseria del franquismo de extraradio, de misa y policía, de libros prohibidos, y películas prohibidas, y casi todo lo que vale la pena o significa un derecho prohibido, tenía su propia cara: la del dictador nacional catolicista. La miseria de hoy es más difusa; la trituran los mass media y nos la dan a sorbos en los telediarios, dosificándola para que nos acostumbremos a ella, para que nos inmunicemos de ese peligrosos virus para el Sistema llamado Solidaridad. Me ha gustado leerte y me ha traido recuerdos (buenos y malos, claro) Un saludo, josep turu.

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