Fuente: http://www.elconfidencial.com (EFE)

Casi todo es lenguaje; la forma de expresarse viene a ser el fondo de lo que se dice o se pretende decir. Las palabras crean realidades, pero igualmente a través de ellas se escapan y difuminan las responsabilidades políticas. Y los silencios, por supuesto, asimismo hablan por si solos.

Hoy, los conceptos políticos por imposición mediática son la archisobada corrupción y el repetido hasta la saciedad bloqueo institucional. No le van a la zaga el formulismo de romper España y el descalificativo separatista para referirnos a los nacionalistas catalanes, y vascos en menor medida, que buscan con más o menos intención y coherencia la independencia de sus territorios vía referéndum (o no).

De esos mimbres, entre eufemismos y mentiras solapadas, se nutre la actividad política en vigor, dejando en la trastienda del escenario público asuntos sociales, económicos y políticos de mayor enjundia o relevancia sustancial, tales como el sistema democrático, la igualdad, las relaciones laborales, la educación, la sanidad y los temas fiscales. Cabría añadir la reconstrucción de Europa y la pugna contra la pobreza en un nuevo orden internacional más equitativo y solidario.

Pero no, la agenda está cargada de suculentas nimiedades y fruslerías varias para adormecer al personal y evitar el conflicto social latente, desviando la atención hacia menudencias explosivas que hacen las veces de sucedáneos azucarados para trasladar la idea de un debate político fructífero sin trampas ni cartón.

Las declaraciones de los últimos de días de los mandatarios más significativos del PP y el PSOE abundan en lo anteriormente reflejado. De su análisis se desprende que siguen al margen de la problemática real que padecen millones de residentes en España.

Rita por aquí, Rita por allá

En el PP, la noticia-bomba es la cantada imputación de Rita Barberá. Mientras los jóvenes cachorros de Génova han salido en tromba a pedir su renuncia como senadora, además de señeros ministros como Margallo y Guindos, otros como Rajoy, que calla y otorga, y Soraya, que hace un requiebro filibustero sobre la división de poderes, huyen de la quema para no mojarse en tan espinosa cuestión.

De esta dual manera, el PP salva la situación solicitando, y también lo contrario, la defenestración y amortización política de la inefable Barberá. Sí y no, y todo lo contrario para dar satisfacción a todos. Da la sensación, sin embargo, que los que se han manifestado en contra de la exalcaldesa de Valencia nada tienen que temer de ella. En la ribera de enfrente se hallaría Rajoy (y otros en la sombra) que muchos favores ocultos deberán de pasados avatares a la figura en declive de Rita Barberá.

El miedo cuida la viña de pretéritos acontecimientos, mejor sería decir presuntos actos, no vaya a ser que el honor de Camps, el ínclito expresidente de la Comunidad Valenciana de tesis doctorales bajo riguroso palio académico, se sienta mancillado y presente una denuncia contra todo lo que huela a leve insinuación que su exquisita sensibilidad pueda detectar como lesiva para sus intereses íntimos y espirituales.

La corrupción ya no es lo que era

Pero el hedor a corrupción suele unir voluntades muy diferentes. Ya sabemos que Chaves y Griñán irán a juicio, bajo graves acusaciones de la fiscalía, por el asunto de los ERE en Andalucía. Susana Díaz, la presidenta andaluza del PSOE, cree en la honestidad (que se mide de cintura hacia abajo) y la honradez (del cinturón para arriba) de ambos, destacando que ninguno de los dos hubiera sacado beneficio personal del tema investigado, según dice el fiscal.

O sea, que para Díaz las acusaciones, en este y otros asuntos de similar naturaleza, de prevaricar o malversar fondos públicos, por poner solo ejemplos muy significativos, son tonterías o descuidos menores no asimilables a la temida corrupción rampante que asuela España. Una coincidencia notable con el pacto firmado por Rajoy y Albert Rivera en fechas recientes. ¡Ya tenemos tripartito in péctore! Para eso ha nacido Ciudadanos: para tapar agujeros del bipartidismo y aparecer como nexo limpio e inmaculado de la regeneración de lo mismo de siempre desde 1978. En resumidas cuentas, que las ideas de izquierda no lleguen al poder es la argamasa del nuevo contubernio a tres que se está gestando a fuego lento.

En la barriada del puño y la rosa, las aguas también bajan turbias. Se pretende mover la silla, sea como fuere, a Pedro Sánchez, el cual, de momento, resiste las embestidas furiosas de los poderes fácticos y de sus próceres internos más emblemáticos (Felipe González, Díaz, Vara, Ibarra, Rubalcaba…) por facilitar un gobierno de derechas como puede, unas veces saliendo por peteneras rocambolescas y otras huyendo a trompicones de los micrófonos periodísticos. No obstante, tanto Sánchez como la abstención favorable al PP están madurándose poco a poco.

Sánchez tienes más enemigos en casa que fuera. Ahora ha saltado a la palestra Rubalcaba calificando de asfixiante el ambiente que se respira en el PSOE actual. Lo que se intenta es convertir a Sánchez en una especie de Stalin socialdemócrata terrible, erosionando ante las bases su figura como secretario general del partido elegido a través de primarias.

Curiosa la sutileza de Rubalcaba, que confundirá a muchos, máxime cuando él mismo (asesor editorial del rotativo El País) y otros de su terna galáctica, histórica y en ejercicio en el PSOE, tienen ventana abierta para criticar a Pedro Sánchez urbi et orbi y a cualquier hora del día. Son los mensajeros de las puertas giratorias y otras viandas de cuantía reservada que hacen el juego al sistema bipartidista que impiden soluciones de izquierda en España. Es una mera treta dialéctica la de Rubalcaba: él opina cuando le da la real gana, al igual que el carismático González, que ahora, en una nueva versión de su servilismo al poder establecido, exige, si no se alcanzan pactos parlamentarios o de gobernabilidad, que renuncien los cuatro principales candidatos, Rajoy, Sánchez, Iglesias y Rivera, un descabellado planteamiento que únicamente pretende encubrir la corrupción de Rajoy, llevándose en el mismo viaje al incómodo Sánchez y además, gratis y sin razones de peso, a los líderes de Podemos y Ciudadanos. Todos tienen la misma culpa para González, repartiendo justicia a diestra y siniestra sin depurar responsabilidades personales de cada cual. Así luego el vulgo compra la idea trasnochada de que todos los políticos son iguales. Por eso gana lo más rancio, el PP y Rajoy. Y la secta cavernaria del PSOE.

Y hablando de rancio, nadie mejor que el expresidente extremeño Ibarra, siempre lanzando titulares desmesurados para concitar el foco mediático. Tan españolista y patriota se siente que ha voceado a los cuatro vientos que se largará del PSOE si Sánchez pacta con los separatistas, ergo de ello se desprende que Ibarra acepta mejor a un corrupto de derechas que a un político que pide un referéndum democrático de autodeterminanción soberana. La trampa de Ibarra ya es vieja, insultar al adversario, silenciando el verdadero objetivo de su propuesta.

En la España idealizada de Ibarra más vale un corrupto conocido que un nacionalista democrático o independentista de convicción por conocer. Ibarra parece más papista que el papa de Roma y más españolista que Franco, Fraga, Aznar y Rajoy juntos. Ese populismo trasnochado de izquierdistas de verbo aguerrido suele cosechar muchos votos en las áreas rurales de toda España. Véase Andalucía, Extremadura, las dos Castillas y Galicia. Cosas veredes…

A pesar de lo reflejado hasta aquí, Pedro Sánchez también está jugando con cartas marcadas. Quiere entonar un mensaje tibio con aroma de izquierdas pero pasando la pelota y la responsabilidad a Podemos y Ciudadanos. Ya sabemos todos de esa floritura semántica de que los vetos cruzados de Iglesias y Rivera impiden un gobierno alternativo de progreso al PP. Sánchez quiere sobrevivir a la quema de brujas que se avecina en su partido: esta argucia de palabrería de proximidad técnica a Podemos levanta simpatías en sus bases, al tiempo que es aplaudido a rabiar cuando grita rotundamente no al PP de Rajoy.

Sánchez está mareando la perdiz, pero en breve tendrá que tragar con el sapo de facilitar un gobierno de derechas. En su fallida investidura ya se inclinó por Rivera de modo fehaciente, dejando como convidados de piedra a las huestes de Podemos. Su vicio táctico hacia la diestra resulta más que evidente, aunque en simultáneo debe salvar la cara de un socialdemócrata convencido y fiel a las ideas tradicionales de su propia formación política.

Todos estos exabruptos y mentiras consensuados en reuniones de salón y en consejos de laboratorios de publicidad e imagen tienen que finalizar algún día. Si bien no son descartables unas terceras elecciones generales, la meta es clara: impedir que la izquierda gobierne España. Para ello hay que hacer digerible a la inmensa mayoría que el PSOE afloje sus expectativas para salvar el tipo de un PP con la mierda hasta el cuello. Tampoco el PSOE, con su gestión de los ERE en el banquillo, podrá presumir de una hoja de servicios blanca y pura.

Neutralizados ambos por sus respectivos miedos e intereses particulares, España seguirá unida en el bipartidismo acostumbrado con la guinda estética de Ciudadanos. Quizá sea un tiempo breve, hasta que el PSOE recomponga su imagen pública. Y con Podemos, todo serán incógnitas: ¿radicalizará su discurso izquierdista, entrará en la racionalidad socialdemócrata del PSOE o seguirá tejiendo palabras altisonantes de diversos populismos tomados al azar de la coyuntura?

Rajoy, Sánchez, Albert Rivera, Felipe González, Susana Díaz, Rubalcaba, Ibarra y tantos otros, ¿Pedro Sánchez también?, adeptos al bipartidismo buscan un happy end de conveniencia al actual impasse político de España, instalándonos de nuevo en el neoliberalismo y en la corrupción del PP de los últimos años. Para ellos, bloqueo es todo aquello que luche contra la desigualdad, la precariedad vital y laboral y la redefinición territorial sobre bases auténticamente democráticas. Los que buscan una salida distinta, plural y progresista no son más que separatistas, radicales y populistas. Su verdad es la única válida: el final luminoso y feliz en una bucólica unidad ficticia de España, un ente abstracto y emocional sin conflictos ni reivindicaciones sociales: pura armonía biológica y cósmica. Todo lo demás entra en la consideración unilateral de bloqueo político extremista.

Si Pedro Sánchez fuera valiente y leal con los principios que dice tener por bandera ya hace tiempo que se hubiera sentado con luz y taquígrafos con lo que se mueve a la izquierda parlamentaria y social de su PSOE. Por ahora, solo se ha movido hacia el espectro derechista de Rivera y nada más. Si solo quiere salvar su pellejo, tal vez sea buena estrategia a corto plazo. Sin embargo, los vientos de la historia ya están cargando la guadaña para llevarse consigo a Pedro y Mariano. Por mucho que resistan, ambos caerán por el bien de la España sempiterna: monárquica, seria y neoliberal. Sus imágenes ya casi no significan nada; las elites están buscando recambios más saludables y vendibles para ambos. Se nota a la legua. Ahora mismo estamos viviendo una transición muy singular: del bipartidismo antiguo al bipartidismo posmoderno. Con Ciudadanos, el mal trago será más dulce.

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