Los reinos de Taifas y El Principito
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Según cuenta la Historia, la muerte de Almanzor en 1002, tras sufrir una derrota en Calatañazor, abrió en al-Ándalus una larga etapa de fragmentación y disputa. En menos de treinta años nueve califas se sucedieron en el trono, finalmente el califato de Córdoba terminó por desaparecer en el año 1031. En su lugar surgió un mosaico de pequeños reinos, llamados de taifas expresión que significa “banderías”.

A partir de aquel suceso, de manera progresiva las taifas o banderías de Almería, Murcia, Alpuente, Arcos, Badajoz, Carmona, Denia, Granada, Huelva, Morón, Silves, Toledo, Tortosa, Valencia y Zaragoza fueron independizándose del poder central de Córdoba. En un principio el Califato se fragmentó en veintisiete reinos de taifas. Los más débiles fueron desapareciendo y fueron anexionados por los más poderosos. Pese a que aún se mantuvo la presencia árabe por varios siglos, estos pequeños reinos, mucho más débiles que el Califato, se mostraron sumisos hacia los dirigentes cristianos, a los que entregaban unos tributos llamados parias. Me recuerdan a los abstencionistas del PSOE. Mientras tanto, el avance de la reconquista cristiana culminó con la conquista de Toledo en el 1085. Una vez rota su unidad, al-Ándalus estuvo a merced de los cristianos del norte, que procedieron a la ocupación paulatina de los territorios que habían estado bajo el poder musulmán. Hubo intentos por recuperarse, pero, habría que leerle esto a la Sultana, a partir de la derrota en las Navas de Tolosa en 1212, el avance cristiano fue imparable y la España musulmana acabó reducida al pequeño reino de Granada.

De allí se deriva la descripción de una Taifa como “un ente virtual, pero cierto, sobre el que alguien tiene fuerte ascendencia y no se le exige que rinda cuentas claras”. Los estilos políticos actuales, máxime luego de los sucesos recientes, en donde la dirección, y su poder, está alejada físicamente de sus bases o representados, o no tiene un buen control sobre ellos, manifestando un desorden de las normas y de los procedimientos, puede ser claro indicio de que se pierde la cohesión, porque los intereses de unos y otros son divergentes.

¿España se ha convertido en un Reino de Taifas? La creciente división que se ha producido por la pertinaz e incalculable presión de los minoritarios grupos económicos deja a las claras que la voluntad del electorado no se atiende. Las tensiones territoriales en este contexto no hacen más que agravarse. Las injusticias y los juicios cuestionables con los que se está administrando el patrimonio público ya no se pueden ocultar bajo vagas promesas de paraísos por venir. La corrupción no es del pasado, digámoslo claro. Es un fenómeno insuficientemente aclarado, por muchos propósitos que se enuncien. Los entramados político empresariales siguen intactos.

La legislación no parece concebirse para crear una sociedad justa, sino que sugieren la preservación de los reinos de Taifas de las camarillas políticas y empresariales que la aprueban y las aprovechan. Puertas giratorias mediante. Rita Barberá inclinándose ante la Corona. ¿No es alarmante que el Monarca hable de que la corrupción es del pasado? En unos días acude como investigada-imputada. Penosa imagen, captada pese al esfuerzo del realizador de la televisión pública, que no hizo más que amplificar al episodio.

¿El error de calado que mostró el contenido de la alocución real en el Congreso, posicionándose por una opción resultante de movimientos extraparlamentarios, le resulta satisfactoria a Felipe VI? Si así fuese, estamos en el comienzo de la decadencia de los Borbones. Esa definición en su oratoria más parece un gesto desesperado, que la defensa de los valores generales de España. La Monarquía no tiene mucho margen, excepto que desee ser cómplice de los ajustes que se avecinan. Porque llegan tiempos en los que de estos errores se multiplicarán las consecuencias. La Monarquía se ha descolorido y los españoles se han percatado de ello. Y convengamos que la única razón de ser de esta arcaica institución, no es otra que la de servir a su pueblo.

En el capitulo décimo de “El Principito”, Antoine de Saint-Éxuperi, nos narra el encuentro del protagonista con un rey que habitaba él sólo un planeta. Sin súbditos su reinado carecía de sentido. No obstante, el rey definió muy bien un ejercicio adecuado de la corona: “…Debe exigirse de cada uno lo que cada uno puede dar, prosiguió el rey. La autoridad se fundamenta en primer lugar en la razón. Si ordenas a tu pueblo que se tire al mar, hará la revolución. Yo tengo el derecho de exigir obediencia porque mis órdenes son razonables”. Aún así el Rey se volvió a quedar solo.

Sería adecuado que Felipe VI no nos vuelva a pedir que nos tiremos al mar. Tampoco que sigamos aceptando lo que no se ha votado ¿no creen?

Deberían asesorarlo más prudentemente.

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