Los políticos no distinguen entre objetivos y propósitos
Fuente de la imagen: http://www.expansion.com/

La temeridad es un atributo destacado en el perfil de la dirigencia política en general y en la española en particular. Concedamos que es razonable que los líderes dispongan de una cuota de tal requisito. Lo que no resulta aceptable es la repetición de mensajes políticos, que se suponen interdisciplinariamente elaborados, como enunciados rectores de la gestión política posterior.

Es decir, la mayoría de los jefes de gobierno deberían estar preparados para ser los responsables de la aplicación de esas propuestas, pero considerando el alcance y características de superación de las pruebas de aceptabilidad y factibilidad de cada una de ellas.

En este punto entran los recursos necesarios y su disponibilidad, en el caso de la factibilidad, es el conocido caso de las leyes nobles pero carentes de la dotación presupuestaria necesaria para llevarlas a la práctica. Realicé un estudio de un año sobre la Ley 39, conocida como de la Dependencia. Aunque también los aspectos instrumentales. Fue desolador comprobar cómo, en la intención política, era una norma necesaria pero, en su reglamentación, chocó con la estructura funcional de los gobiernos a nivel nacional y autonómico.

Me explico: una ley sociosanitaria se enfrentó a los límites de una estructura que diferenciaba ambas incumbencias. Por un lado las áreas de gobierno sociales y, por otro, las sanitarias.

En cuanto a la factibilidad, la carencia de una dotación presupuestaria y de instrumentos de coordinación que pusiesen de acuerdo a lo social con lo sanitario, demostró que, su propuesta y aprobación parlamentaria, pudiendo ser enunciadas como uno de los “pilares” de la Sociedad del Bienestar, en la práctica fue un motivo de confusiones, usos desnaturalizados y motivos para las privatizaciones de esos servicios.

Este relato inicial deja al desnudo que no es posible confundir entre propósitos y objetivos. Excepto claro, que se trate de generar “efectos políticos”. Si fuese esto último, deberíamos tener en cuenta que estarían afectando directamente a las expectativas de colectivos enteros.

Un propósito es antesala de frustraciones. La razón es que no contempla que “tareas” que son necesarias para su concreción. Lo que se conoce como estudio de viabilidad económica, y se refiere a las actividades necesarias para ser llevadas a cabo en su concreción.

Por tanto, un Objetivo contiene un Propósito más sus Tareas. Esto es tan fundamental, como que podríamos denominarlo un Plan de Gestión, tanto de un Gobierno, como de una organización de cualquier tipo. Los propósitos son el “qué”. Las tareas son el “cómo”.

A los españoles nos han escamoteado la definición de esos Planes de Legislatura, más allá de los propósitos que aspiraban a calmar a los colectivos que respaldaban a cada opción política. Sin embargo, luego, en la práctica, por medio de los Presupuestos Generales del Estado, los ciudadanos comprobábamos con desolación, las contradicciones entre los “propósitos”, el “qué”, y su asignación presupuestaria, el “con qué”. En el “cómo” se domiciliaba el tipo de modelo defendido por cada partido.

Porque de lo que se trata, no tanto es el “qué” necesitamos los españoles. Las grandes diferencias están en el “cómo”. Según qué modelo sea, así será el “cómo”. Por eso se enuncian coincidencias y loas a la grandeza de España. No se llamen a engaño. El núcleo será el “cómo”. Pero eso no parece estar en las negociaciones de la mayoría de formaciones políticas.

Se ha gobernado para los compromisos con grupos de interés, en muchas ocasiones contradictorios o irreales. Los supuestos de recaudación, basados en una fiscalidad injusta, no solamente produjeron una serie de frustraciones emocionales. También nos trajo al empobrecimiento que estamos presenciando.

Las rentas del trabajo se contrajeron en 40.000 millones de euros. En buena medida como consecuencia de una reforma laboral injusta. Reforma que, seamos honestos, no parece incluirse como una norma a derogar en los cincuenta propósitos que el PSOE ofrece a los partidos en su búsqueda de investidura.

Consideremos también que el PP de Mariano Rajoy ejercerá una oposición destructiva, la única que sabe a la perfección. Lo que supondrá una legislatura de “choque de modelos” parlamentario como nunca se ha visto.

Lo que me inquieta, es que el equipo de Pedro Sanchez tiene el propósito de llevar el déficit al 1% pero sin modificar el artículo 135, pactado por Zapatero y Rajoy como concesión a la Troika. Tampoco mencionaré las servidumbres financieras que aún tienen los partidos con las corporaciones del IBEX35. Esto es un hecho.

Es decir, la cuestión es ¿qué modelo desean aplicar nuestros políticos? De Albert Rivera y de Pablo Iglesias lo tiene claro la mayoría de españoles. ¿Cuál es el que desea Pedro Sanchez?

Repito, todos coincidimos en el QUÉ, la diferencia de los modelos está en el CÓMO.

Que se aclaren por el bien de España. Ya no queda tiempo.

Fuente: Publicoscopia

No hay comentarios

Dejar respuesta