Los #Panama Paper sobre la #Nuit debout
Fuente: http://www.telesurtv.net/ Foto: BBC

Tal como un mito urbano, o cómo los antediluvianos que precedieron a los tiempos del reinado del logos, estábamos plenamente convencidos que, en esos archipiélagos de excepción geográfica que irrumpen en el caribe, amparados por el país del canal y de los sombreros de películas, funcionaban las catedrales de la religión político, social y financiera que determina nuestras vidas desde hace un tiempo considerable.

Nuestros mayores pastores, abrevan en esos lugares de calles y estado ínfimo, rodeados de aguas cristalinas y del paraíso en la tierra, que es mucho más que arena, calor y mar. Es básicamente el depositario del dinero, contante y sonante, que les sobra, y que lo han adquirido a riesgo de que a muchos les falte lo mínimo e indispensable. Como si fuese el colmo de la gula, el elixir de la acumulación por la acumulación misma, la guardaban allí para no tributar ningún impuesto, para no contribuir con los estados que ellos dirigen a costa de expoliar a los pocos que se salvan de no tener nada, para sostener sus caprichos, placeres, prerrogativas y privilegios.

Seguir derramando tinta meliflua, llanto virtual o cibernético, no puede seguir siendo una real opción, ante quiénes no formamos parte de los engordan sus cuentas en estos paraísos fiscales que nos sentencian y someten a la mayoría de los habitantes a vivir el actual valle de lágrimas o infierno en la tierra, a la que nos quieren acostumbrar, mediante sus promesas, que cada vez son más difíciles de seguir siendo mínimamente creíbles.

Los intelectuales o quiénes escribimos tenemos nuestra gran cuota de responsabilidad. Desde aquel tiempo en que renunciamos, por culpa o vergüenza tal vez, a sostener que la conducción de los asuntos públicos debería estar en manos de los más sabios, a los actuales, en que pasamos a ser meros espectadores y en el mejor de los casos, comentadores de la realidad.

Hemos renunciado a proponer, a postular propuestas de acción concreta ante la ciudadanía, emborrachados tal vez por el opio de las cucardas intelectuales, por los Guantánamos académicos en que el sistema ha transformado en ciertos recintos del supuesto saber, en donde también está prohibido pensar, de allí que más luego, que sea imposible actuar.

Estamos impelidos al salto al vacío por un desahucio, a ser mutilados por un atentado, a la inanición por la injusta distribución de recursos y la anulación de la expectativa y del deseo de todo lo que no se nos ofrece y nunca lograremos siquiera acariciarlo. Nos amenazan con la letra muerta de la ley, que cada tanto se aplica mediante violencia institucional. En la perversa ilusión de que nuestros hijos podrían estar a salvo, cada tanto nos los ejecutan a mansalva, cuando no son perseguidos por las drogas de diseño y por los brazos victimarios de un sistema tecnológico, que está más cerca de perpetrar el  ecocidio o el apocatástasis que de brindar ciertas satisfacciones tan momentáneas y efímeras como un me gusta cuando subimos una foto o una frase a nuestra cuenta de red social. Pese a que desde tiempos inmemoriales nos reconocemos como finitos, en la plenitud de conciencia que algún día esto va a acabar, la vida, que no elegimos, nos ganó otra partida, quizá la más decisiva, la que podríamos elegir, que es básicamente, cómo y porque morir, que por contrapartida, se trata de lo más sustancial de la humanidad; la razón de la vida, o del sentido de está, que es el único patrimonio real al que debemos prestar atención.

No podemos seguir con la excusa vana, de que las religiones y los medios de comunicación nos convencen de una vida ultraterrena, sea mediante las indulgencias de parcelas de cielo en el más allá, o mediante la inmortalidad, precoz, de ser inmortales por cinco minutos de fama, inconsistente, como los dioses de pies de barro que sostienen tales dogmas.

Mientras nuestro campo de acción siga siendo el pupitre que nos mutila y aletarga, mediante sus dosis encubiertas de sumisión y de obediencia, o el puesto laboral que nos garantiza la putridez del respirador artificial, azuzando, con perfidia, la supuesta posibilidad de una recuperación imposible, o la impavidez onanista, de plantear batallas de sentido, mediante el ordenador y la interfase de una vida impostada por lo virtual, que nos lleva al falso clímax, del acabar sin sustancia, de amar sin sentir, de escribir sin pensar y de la corroboración de simplemente ser, un dato estadístico que alimenta y alienta la robotización de lo poco que nos queda de humanidad, la vida, esa de la que podríamos decidir algo, que valga la pena, nos está esperando, nos aguarda, nos observa, triste y desilusionada, como nos dejamos conducir inertes, a las muertes seguras, violetas, y morbosas que se nos quieren presentar como ineluctables.

En el doble esfuerzo, de reconocernos mortales, debemos, redoblar la voluntad o más que nada apelar a nuestro profundo sentido humano y elegir, optar, escoger, tomar la única decisión que le devolverá al mundo una nueva posibilidad, tal acto de libertad, probablemente sea valorado póstumamente, pero allí radicara la trascendencia colosal de su contundencia.

Debemos elegir como morir. No podemos seguir en la lógica del amo y de esclavo de perecer con la cadena presidiaria en el cuello. Sea mediante la violencia social que genera el mundo, mediante sus sistemas imposibles, o por intermedio de esas enfermedades agónicas y dolorosas que lo único que hacen es solventar una de las industrias más perversas como lo es la triple conjunción de salud, esperanza y tecnología.

Tenemos en nuestras manos, siempre lo hemos tenido, la salida del laberinto, la clave para desatar el nudo gordiano, el cambio, real y significativo de un mundo, que mediante lo que se propone, podrá tener otra posibilidad, que sea la que elijamos en la plenitud de nuestras facultades.

No necesitamos ni dinero, ni recursos, ni logística, ni medios de comunicación, ni propaganda. Sólo precisamos de ponernos de acuerdo, en un día y una hora, para que en todas las partes del mundo, vayamos al unísono, al lugar más simbólico y emblemático del poder político. Llegarnos a las puertas, o las vallas, o las rejas, de esos edificios faraónicos, totémicos, sacrosantos.

Iniciar desde tal lugar, la huelga de hambre, colectiva y multitudinaria, más rotunda y contundente, exigiendo que las reglas del juego o las principales aristas del sistema, cambien, se modifiquen, radicalmente.

Sin violencia, sin provocación, sin incitación a nada, pero con la convicción de qué es la decisión más altruista, más razonable, romántica, salvífica y libertaria que podamos tomar. Sin temor a que seamos muchos los que podamos perecer, más temprano que tarde, tal acto de rebeldía prometeica no podrá ser soportado por nuestros amos, que sabrán de una buena vez que rompimos el lazo, que queremos dejar de ser esclavos o que al menos, necesitamos cadenas más largas y grilletes menos pesados.

Claro que es una decisión polémica, compleja, difícil, controversial, utópica, quizá.

Vos querías saber sí se podía cambiar tanto tu realidad como el mundo. Te estoy respondiendo, y sé perfectamente que te vas a desentender del asunto, no dar por aludido o seguir jugando, a la consola, al estudiante, al trabajador, al intelectual encorsetado, preso de esa ilusión que te condena a seguir siendo el títere vejado de un guion que siempre te tendrá como actor de reparto, el sujeto al cual nunca le corresponda ningún paraíso en la tierra, ni siquiera un segundo de felicidad, salvo que una vez, apelando a tu humanidad y libertad, le demuestres lo contrario…

“Haced que los hombres no estén en contradicción consigo mismos: que sean lo que quieren parecer y que parezcan lo que son. De este modo habréis arraigado la ley social en lo más hondo de los corazones, y ellos-hombres civilizados por naturaleza y ciudadanos por inclinación- serán honrados, buenos, felices, y su felicidad implicará también la de la república; al no ser ellos nada sin ésta, la república tendrá todo lo que tienen ellos y será todo lo que ellos son. A la fuerza de la coacción habréis añadido la de la voluntad, y al tesoro público habréis unido las fortunas privadas; la república será todo lo que pueda ser sólo cuando abarque todo en sí misma” (Rousseau).

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