Lo peor que le puede pasar a un imbécil

Lo peor que le puede pasar a un imbécil es saber que lo es.

Hablo por experiencia. Yo era un imbécil feliz hasta que empecé a sospechar que mi felicidad venía de mi incapacidad para darme cuenta de las cosas más simples. Era el típico insensato que siempre tenía una opinión sólida de las cosas; la típica solidez que da no pensar y soltar lo primero que pasa por la cabeza. Sin complejos, sin vergüenza, sin reflexión. La incomodidad que a veces mostraban algunos de mis interlocutores la atribuía en mi necedad a la fuerza de mis opiniones irrefutables, generadoras como es lógico, de envidia entre mis congéneres menos afortunados en el arte de la discusión.

Recuerdo a mi madre siempre con esa mueca de fastidio en su rostro cuando yo daba mi opinión sin que nadie la pidiera, el rictus de fastidio se transformaba en angustia cuando mis grandes ideas eran oidas por alguien más que por sus descreidas orejas. Todo era susceptible de mi aguda crítica. Desde mi eterna incorformidad, tener cosas de las que quejarme, paradójicamente, me producía una inmensa satisfacción. Lo más molesto para mí era el Mundo en general y sus pobladores en particular, fueran de la especie que fueran, salvo una excepción: yo mismo.

Cuando mi persona era depositaria de alguna mirada de desaprobación o directamente de desprecio solía refugiarme en la relectura de lo que para mí era el libro Sagrado, el Santo Grial, la Fuente de la Eterna Juventud, todo eso y mucho más. Su lectura me infundía fuerzas cuando la incomprensión de los demás hacía mella en mi perfecta càscara de imbecilidad recientemente descubierta. La obra maestra de John Kennedy Toole, “la Conjura de los necios”, fuente de reafirmación personal,se ha transformado en el ejecutor de mi destrucción como imbécil feliz. El día en que leyendo el periódico fuí conocedor que en el Ateneo de mi ciudad se llevaría a cabo una charla sobre “la Conjura de los necios”, pensé que no podía caber tanta dicha en mi cuerpo ancho de huesos, que otros desde su pobreza de vocabulario llamaban gordo. Podría explayarme sobre un tema que dominaba sin duda, no solo por las veces que lo había leído sino por la similitud de mi vida y la de su protagonista, Ignatius J. Reilly, un hermano para mí. A él como a mi lo rodeaban seres de mente inferior que no lograban entender desde su ignorancia la superioridad de la suya. Si el Mundo fuera justo, yo sería por lo menos Rey o Gran Gurú de los pequeños insectos tarados denominados humanos. Pero entre tanta ignominia, aparecía un rayo de salvación en forma de tertulia literaria. Sin embargo, todo se torció, mi querido Ignatius era el necio, y su necedad le impedía darse cuenta, si bien al principio encontré divertido semejantes ocurrencias, en el transcurso de la charla, fuí reinterpretando todo aquello tantas veces leido volviéndolo del revés. Mi Universo se tambaleaba.

Salí de allí cabizbajo, recordé con nitidez un episodio de mi vida al que jamás atribuí demasiada importancia, pero al que sí fuí capaz de relacionar con el asco maternal que mi madre me mostró desde entonces. Mi padre apareció en el funeral de mi abuela materna, era la primera vez que lo veíamos desde que nos abandonó hacía 15 años. Apareció orgulloso del brazo de una mujer impresionante, de las que vuelves la mirada cuando pasa. No era guapa, su rostro era una amalgama de tonalidades que iban desde el verde chillón de su sombra de ojos, pasando por el rojo más chillón todavía de sus finos labios amorcillados por el bisturí y su tez marrón café con leche largo de café que su maquillaje extendido a grumos le procuraba; no tenía buen cuerpo, sus piernas

estaban llenas de varices que su minifalda dificílmente podían ocultar, y sus brazos demasiado cortos le infundían un aire de Tyrannousaurus Rex extraño. Era imposible no girarse a mirar semejante despropósito y no quedar impresionado. Mi padre había acudido allí para cerciorarse, según explicó a voz de grito, que la bruja de su suegra estaba bien muerta. Mi madre, que no había parado de llorar desde el deceso empezó a gritar y pedirle que se fuera. Ante semejante alboroto tuve que intervenir y lo que entonces me pareció un acto de madurez y sensatez digno de aplauso, ahora me parecía un horror. Le dije a mi madre que se calmara, que papá solo quería asegurarse que no enterraran viva a la vieja, cosa que ella no había hecho, la llamé mala hija e irresponsable, y la acusé de ser la culpable de que mi padre me abandonara (el hecho de que mi padre nunca se hubiera puesto en contacto conmigo todos estos años, mientras ella me mantenía era irrelevante), la comparé con la novia de mi padre, preguntándole porqué no se vestía así si eso era lo que le gustaba a mi progenitor, aducí que no podía quedarle peor de lo que le quedaba al esperpento. Llegados a este punto la novia de mi padre intentaba arrancarmen los ojos pero sus bracitos no eran capaces de llegar a mi cara, sí lo hicieron los de mi padre, un puñetazo en la cara que me partió el labio y un diente, y como consuelo a tanta violencia inmerecida mi madre me dijo que ojalá se hubiera muerto en el parto, antes de poder ver el imbécil que había traido al Mundo, dijo esto porque era creyente y el aborto lo consideraba un grave pecado.

Viendo la vida sin el filtro de la imbecilidad, solo me quedaba abandonarla de la manera más digna y ese era mi objetivo, de ahí estas líneas, He decidido morir de sobredosis de azucar, una muerte dulce, no merezco otra cosa. Así que compré 5 quilos de golosinas, las ingerí y esperé, viendo que no moría, pensé que debía aumentar la dosis, volví a la tienda a por más, lo que causó la sorpresa de la dependienta, que preocupada me preguntó qué me pasaba. Le expliqué todo lo que aquí he relatado y su reacción fue adorable, dijo que también era su libro de cabecera y que solo un idiota podía interpretarlo de semejante manera, y que desde luego era una insensatez enterrar a alguien sin asegurarse de que está muerto, ella desenterró tres días consecutivos a su padre para verificar que estaba muerto y que no se había convertido en un zombi o un vampiro. El mejor argumento es el que uno quiere creer, así que me dejé convencer por su estupidez y volví a casa.

He reflexionado mucho, o poco, no lo sé, es la primera vez que lo hago, y he llegado a la conclusión que moriré imbécil, es intrínseco a mi, no me importa, pero quiero ser feliz así que lo tengo claro. Lo mejor que le puede pasar a un imbécil es rodearse de imbéciles, seres semejantes con una esencia compartida, intentaré olvidar lo que soy, pues solo en la ignorancia uno puede ser feliz, sin autocrítica somos mediocres y la mediocridad y la necedad son mi zona de confort. Creo que puedo ser feliz con la dependienta, además he superado a mi padre, ella tiene los brazos de una longitud normal.

Carmen Gracia Casals.

Puede ser que al final lo que me separe de un imbécil es sencillamente saber cuando puedo expresar en voz alta lo que siento y cuando debo callarme.

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