Libertad de expresión sin facultad de pensamiento

En el sótano de la tardo-modernidad que nos ha tocado vivir, aún prevalecen los que se preguntan acerca de las utilidad de las ciencias del espíritu (la filosofía encabezando los cuestionamientos y burlas) y de lo que podemos hacer con ellas, cómo si todo consistiera en sumar y en restar, y luego de ello repartir, de repetir como loros, formatos pre-moldeados y discursos sin sentido, matar y morir por disputas que no son nuestras ni nos competen y creer que vivimos en una sociedad que nos contiene y respeta como sujetos hacedores y partícipes de la misma. El valor de desandar la crítica, bajo el formalismo de que tendríamos garantizados los espacios para decir lo que se nos ocurra (famosa garantía de libertad de expresión) es otra de las aristas que la parte más inhumana del sistema nos propone. Nos facilita los medios, pero nos ha quitado el contenido. Nos sobran plataformas, con la consabida garantía señalada de libertinaje, como nos faltan, facultades para  instalar conceptos, pensamientos e ideas. Una prueba cabal e irrefutable de esto mismo, es que se vuelve a plantear la utilidad de la filosofía, atacándosela al punto de pensar en el cierre de lugares formales en donde se la imparte formalmente.

El amplificar la voz de quién, ha sido ungido como administrador de los bienes comunes, no es necesariamente la única finalidad de la comunicación, como tampoco el generarle al sujeto o al conjunto de intereses que está priorizando con lo que dice, una contraofensiva o un contrapoder, quizá por necesidad, de la lógica comunicacional, cada tanto se necesite, socavar de la ética para paliar alguna necesidad material, pero sí dotamos a la misma comunicación, sobre todo la pública, debemos instarnos a pensarnos cómo sujetos con criterios humanos, y como tales, hacer preponderar en la vidriera pública, aquello que tiene que ver con lo que somos, por ejemplo nuestras sensaciones y pensamientos.

Las preguntas que nos someten a la incertidumbre, son tan naturales como nuestras rodillas, como el ombligo o cualquier otra parte del cuerpo. Nadie ha elegido que las mismas nos sobrevengan, es decir que ocurre cuando morimos, porque nacimos, que es el amor, y todas esas sandeces en abstracto para el mundo moderno-capitalista-productivista-hipercomunicacional, seguramente sí hiciéramos una votación planetaria, ganaríamos aquellos que desearíamos haber nacido con tales interrogantes saciados, o sin que los mismos asomen. Pero de esa raíz, proviene también el temor a perder el trabajo, a ser engañados por nuestras parejas, a que se nos enferme un ser querido, a que la vida no sea tal como la pretendemos, si es que alguna vez tenemos la osadía y la seguridad de saber con plenitud cómo sería eso.

De allí tan sólo un paso, a que las incertidumbres políticas, sólo sean resueltas por el mandamás de turno, sobrecargando sus espaldas, socavando sus energías, distrayéndolo de temas importantes y provocándole más un perjuicio que un beneficio. Ocurre que cuando estos, toman o designan colaboradores bajo la vara única del pago político o de la confiabilidad, por lo general se rodean de estos  seres supernumerarios, que por más buenas intenciones que tengan y por más fidelidad que demuestren, sólo podrán cortar y pegar maquinalmente, aquello que le envían bajo memorándum. Y la política es otra cosa, en algún momento al menos, no es ese producto enlatado creado a gusto y placer para un público determinado por el fenómeno de turno. Porque sí tan sólo fuera esto, hasta quienes por voto popular, tengan bandas o bastones, sólo estarán cumpliendo un rol maquinal, pues en algún  momento la realidad los encorsetará tan fuerte, que la respuesta que tengan que dar, estarán más que “digitadas”, premoldeadas y pre-establecidas, y cuando intenten recurrir a colaboradores, que le hagan valer el poder de la crítica, fuente inspiradora de la creatividad, sólo encontrarán más razones para entender que sólo son monigotes, o muñequitos disfrazados, en la torta del poder, del cumpleañero llamado sistema que les ha tomado la libertad a cambio de que luzcan de smoking y peinados unas ciento de noches.

Una de las verdades incontrastables de la política en su hacer, no desde su perspectiva de ciencia, es la condición circunstancial, es decir, por más que permanezca un tiempo largo o considerable el poder no puede anidar eternamente en mismas manos, por la finitud del sujeto básicamente y por definición, de allí que para legitimarse, desde el poder se construyen razones, argumentos, o representaciones, como para validar esa tenencia del poder que practican los tenedores. La autoridad constituida mientras se funde en razones más argumentadas, plasmadas en sofisticadas leyes o cuerpos normativos, serán más difíciles de desandar para los que no estén de acuerdos con las mismas. Es decir, si la construcción de una autoridad de poder, se sostiene en principios de autoridad que hacen referencia a situaciones poco racionales, desligadas de la misma y basadas en la informalidad de caprichos o de decisiones plagadas de irracionalidad, seguramente, será mucho más circunstancial su permanencia o latencia en el poder, puesto que tendrá que ratificar tales principios, con un incremento de la fuerza irracional del poder, que al acrecentar su nivel de presión, se convierte en opresión, culminando en un estallido de las normas hasta entonces aceptadas (de allí que las “revoluciones” o crisis siempre conlleven sangre y fuego”).

Ciertos sistemas políticos se edifican desde la identidad cultural de los pueblos a los que conducen y de allí su permanencia por períodos considerables, que son desplazados por otros grupos que reinterpretan mejor los cambios o ajustes que esa cultura precisa de su identidad cultural-social-política. Internarnos en estas cuestiones ameritaría al menos, un tratado pormenorizado, solo nos limitaremos a nominalizar o señalar en verdad como ejemplos, a los que estamos refiriendo o tratando de.

La democracia en ciertas latitudes, o el sistema político mejor dicho, avanza hacia lugares donde el soberano electo, posee un poder cada vez más limitado por la participación de los ciudadanos que incluso le pueden elegir hasta sus colaboradores o ministros, los programas de gobierno que tiene que ejecutar y las prioridades en la agenda pública. El desmadre de la tecnología o esta era nanotecnológica, de comunicación instantánea y vida tras una pantalla, es utilizada para estos fines, que podríamos decir que se ajustan un poco más a los relatos de las polis griegas y el ágora de las discusiones políticas, nominalizadas ahora como redes sociales o interfaces virtuales.

Para finalizar, leemos a quién ha comprendido con mayor versatilidad el fenómeno del poder, sus orígenes y consecuencias.

“Desde esta época- es decir, con el desarrollo de los estados modernos y la organización política de la sociedad-, el papel de la filosofía ha consistido también en vigilar los abusos de poder de la racionalidad política, lo que le proporciona una esperanza de vida bastante prometedora…más que preguntarse si las aberraciones del poder del estado se deben a un exceso de racionalismo o de irracionalismo, sería más sensato, centrarse en el tipo específico de racionalidad política producida por el estado…la doctrina de la razón de estado intentó definir cuáles serían las diferencias, por ejemplo, entre los principios y los métodos de gobierno estatal y la manera en que dios gobierna el mundo, o el padre a su familia o un superior a su comunidad…el gobierno racional se resume en lo siguiente; dada la naturaleza del estado éste puede abatir a sus enemigos durante un tiempo indefinido, pero no puede hacerlo más que incrementando su propio poder. Sus enemigos hacen otro tanto, por lo que el estado que únicamente se preocupa de perdurar terminará con toda seguridad catastróficamente…la razón de estado no es un arte de gobernar que sigue las leyes divinas, naturales o humanas. Este gobierno no tiene por qué respetar el orden general del mundo. Se trata de un gobierno en correspondencia con el poder del estado. Es un gobierno cuyo objetivo consiste en incrementar este poder en un marco extensivo y competitivo…los que se resisten o rebelan contra una determinada forma de poder no deberían contentarse con denunciar la violencia o criticar la institución. No basta con hacer un proceso a la razón en general; es necesario poner en cuestión la forma de racionalidad vigente actualmente en el campo social…la cuestión consiste en conocer cómo están racionalizadas las relaciones de poder. Plantearse esta cuestión es la única forma de evitar que otras instituciones, con los mismos objetivos y los mismos efectos, ocupen su lugar (Foucault, La Vida de los Hombres Infames)

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