Las horas huecas - Capítulo 7

Nervioso, bien asidas las manos al barandal y a veces al pasamanos, Toñito trepó uno por uno los peldaños de la angosta escalera de caracol que conducía a la azotea de Cerrada de Hamburgo. Se había prometido que le iba a ver los calzones a su hermana y sobre todo a Jerónima, que subían delante de él, pero estaba tan oscura la noche, eran tan estrechos los escalones y se veía cada vez más feo el cubo de la escalera mientras ascendía, que se olvidó por completo de su osada intención.

-Ssshhhhh……ssshhhhh…….no hagan ruido…..ya salió, ahí va en su bicicleta, con plena sovoz Jerónima logró que los niños se volvieran prácticamente fantasmales.

-¡Sí, ya lo vi!, confirmó Pera la visión fantástica, igualmente en voz casi inaudible.

-No veo nada, muévanse………¡Ya lo vi!, ¡ya lo vi!, ¡ahí está!, y susurrándoles a su hermana y a la sirvienta, al fin Toñito pudo dar fe de lo increíble que aparecía ante sus ojos.

Pensando en avisarle a su papá de inmediato, como de rayo, sorprendido y bastante espantado, el niño bajó sin hacer el menor ruido la escalera de caracol, mientras guarecidas en la negritud de la noche Jerónima y Pera se quedaron para llenarse, para hartarse lo más que pudieran las retinas con la imagen fantasmagórica que ciertamente nadie les iba a creer que estaba ahí, ante ellas, cuando mucho a un metro de distancia.

En la sala, ya medio “alegres”, Antonio y Esperanza escuchaban un disco de Dean Martin, al tiempo que disfrutaban sus cubas con ánimo pacífico, comentando y riéndose por los regalos que supuestamente “en secreto” los niños habían elaborado en sus escuelas y que a la mañana siguiente, domingo 10 de mayo (Día de las Madres), le iban a entregar a su progenitora. La cachaza de la pareja fue interrumpida por su hijo, el que sofocado y siempre en su acostumbrada manera impersonal de dirigirse a sus padres, simple y llanamente les gritó: ¡en la azotea está el diablo todo vestido de negro!, ¡está subido en una bicicleta que camina sobre una reata que puso desde el cuarto de Jerónima hasta la azotea de la escuela y de ida y vuelta cruza el precipicio echando lumbre por las manos!, ¡la bicicleta camina sola sin que la maneje para nada!, ¡allí están Pera y Jero, el diablo las hipnotizó!, ¡vengan rápido, se las va a llevar hipnotizadas!

Para nadie era novedad que Toñito añadía a su imaginación una tendencia a empequeñecer o engrandecer las cosas. Para él las cosas eran cositas o eran cosotas, pero jamás cosas. A pesar de ello y tal vez por los alcoholes que le impedían ya racionalizar los hechos, Antonio Ruiloba salió como loco de la sala echándole mentadas de madre al diablo, llegó a la escalera de caracol, la subió a toda prisa y de casualidad no resbaló, pero cuando al fin puso un pie en la azotea, ya no habían ni diablo, ni bicicleta. Sólo encontró una cuerda de yute amarrada con nudo de alpinista a una clavija en el pretil de la azotea, exactamente frente al cuartito de Jerónima, y que se extendía tensa hasta la azotea de una escuela que estaba atrás de la casa de los niños, sobre la Avenida Florencia, que era paralela de Cerrada de Hamburgo. Entre ambas azoteas existía un vacío de al menos quince metros de longitud. Y si bien tampoco vio ninguna lumbre, sí halló dos estopas tiznadas que guardaban olor a quemado reciente.

-¡Cabrón hijo de puta!, ¡pinche diablo pendejo! ¡Te mato si vuelves a espantar a mis hijos, cabrón culero!, varias veces le gritó Ruiloba al cobarde de Mefistófeles, que nunca se apareció.

Por su lado, y gracias a que no había rebasado la etapa inicial de la embriaguez, tan de buen humor andaba Esperanza que cuando todos bajaron de la azotea, bien asustados la mucama y los niños, y Ruiloba aún echando pestes contra el diablo miedoso, los invitó a la sala a que Toñito y Pera se tomaran una Coca-Cola y…… ¡oh sorpresa!, ¡una cuba, Jerónima! Y así lo hicieron. Claro está que treinta minutos después de que Jerónima, Pera y Toñito repitieron como pericos cada uno que fue verdaderamente cierto que vieron a alguien totalmente vestido de negro ir de ida y vuelta varias veces, de azotea a azotea, montado en una bicicleta que caminaba sobre una larga cuerda arriba del precipicio, sacando fuego de sus manos (por lo que tenía que ser el diablo, a fuerzas), les empezó a dar sueño a Antonio y Esperanza. Sin embargo, antes de su somnolencia los patrones le sirvieron una segunda cuba a Jerónima para que quedara bien curada del susto. Haciéndose tantito del rogar al principio, acabó empinándosela casi de un solo trago. La cara de la hidalguense se fue poniendo cada vez más colorada y los escuincles a lo descarado le empezaron a echar chanzas a la Jero, diciéndole, entre otras cosas, que si amanecía cruda mañana cómo le iban a salir los huevos rancheros.

La cara de pena que Jerónima traía el domingo, afortunadamente día de su salida, día de su descanso semanal, no le permitía desviar la vista del piso. Ni a Toñito le dio los buenos días cuando éste saliendo del baño se la encontró. Antes de las ocho de la mañana, contra su costumbre, ya estaba en la calle. Por ello mismo tuvo que esperar como una hora en la esquina a Juan, el albañil. Con él llevaba tres domingos seguidos de ir a la Basílica de Guadalupe y al cine, pero todavía no se le “declaraba”, pues era medio “güey”, según ella le confesaba a los únicos confidentes que tenía y que no eran otros que Pera y Toñito, tanto en Cerrada de Hamburgo, primero, como en Montañas Rocallosas 516, después, luego de que Esperanza compró en agosto de 1953, en 250 mil pesos, la bonita casa también de estilo californiano, que en tal dirección acababa de ser construida. El californiano era el estilo arquitectónico de moda en las zonas residenciales más exclusivas de la Ciudad de México. Los niños, a su vez, no tenían más protección ni paño de lágrimas que Jerónima, hubiere o no hubiere Ruiloba de por medio.

Entre el día de su llegada de Estados Unidos, en marzo, y el último y definitivo pleito de Ruiloba con Esperanza, en julio, corrieron sólo cuatro meses. Durante esos ciento veinte días la mayor parte del tiempo Antonio durmió en un hotelucho de la Avenida Chapultepec, a dos cuadras de la Ciudadela, pues los dos acaso lograban no discutir ni insultarse por periodos no mayores de cuarenta y ocho horas. En alguna ocasión, yendo a comer al lejano restaurante Mesón del Caballo Bayo, a medio camino la pareja comenzó a pelearse y manotearse, y Ruiloba se bajó intempestivamente del Ford que él iba conduciendo. A pesar de que sus hijos estaban en el asiento trasero, recogió unas piedras del pavimento y las lanzó contra el parabrisas, estrellándolo. Pero cuarenta y cinco minutos más tarde alcanzó en ese restaurante a los niños y a Esperanza y, entre tequila y tequila, ambos ex esposos acabaron reconciliándose y besuqueándose sin parar, no importándoles que el local estaba lleno hasta el tope y que se habían convertido en la atracción del resto de comensales, que así gratuitamente gozaron de un espectáculo adicional al tradicional de los mariachis. Pera y Toñito nunca sabían cómo iba a terminar el día con el par de locos que tenían por padres.

Así transcurrían siempre los días y las semanas, con la dinámica del pleitoreencuentro-pleito, en la más auténtica incertidumbre, hasta que arribó el jueves 16 de julio, fecha en la que después de golpear a Esperanza en la mañana y salirse de Cerrada de Hamburgo, Ruiloba volvió por la noche, como ocurría casi en todas las ocasiones para buscar hacer las paces, sólo que entonces se llevó la sorpresa de su vida: Armando Castañeda.

Y es que tras ser golpeada, y segurísima de que por la noche regresaría su ex marido a pedirle perdón, Esperanza fue en busca de doña Licha y mediante ésta Castañeda recibió un recado y un sobre rechoncho de billetes de diferentes denominaciones. Por el escándalo matutino, muy tempranero, pues ocurrió como a las seis de la mañana, los niños ya no pudieron ir a la escuela. A decir verdad, su asistencia en el Americano, el Garside, el Columbia y el Tepeyac era irregular y muchas veces Esperanza tenía que atender citatorios en las direcciones escolares respectivas, donde era reconvenida por violar los reglamentos y advertida de que sus hijos podrían ser expulsados.

Los rencores acumulados de su madre y, tras la salida de Antonio, su anuncio a grito partido de que iba a mandar por Castañeda para que se lo “madreara”, hicieron que Pera pensara de inmediato en qué hacer para defender a su papá, pues lo veía muy chiquito y al otro muy grandote. Como Esperanza se fue sola por doña Licha, Pera tuvo todo el tiempo del mundo para planear, con las opiniones en contra de Jerónima y Toñito, cómo atacar a Castañeda. La sirvienta de plano se zafó de esa bronca en perspectiva, pero Toñito fue obligado a participar en el complot: de la obra que había en Florencia, cerca de la escuela, iban a traer tabiques suficientes, unos diez o quince. Los iban a esconder atrás del refrigerador y en el momento en que Castañeda empezara a sonarse a su papá (al que por cierto no le daban ni una sola oportunidad de victoria), los iban a sacar, bajarían las escaleras a toda mecha y brincarían sobre los hombros de Castañeda para golpearlo con los tabiques en la cabeza, hasta matarlo, para acabar de una vez y por todas con ese tipo y todos los problemas que ocasionaba. Naturalmente Pera convenció a su hermanito de que no podrían ir a la cárcel, pues sería en defensa propia. Después de la comida, a la que por cierto no llegó su mamá, todo fue sentarse a esperar, mirar el reloj de la cocina y verificar una y otra vez que del hueco que había entre la parte trasera del refrigerador y la pared no se asomara ninguno de los tres tabiques que sólo pudieron robar en la construcción, pues para su mala fortuna el pretendiente de Jerónima, Juan, no fue a trabajar ese día y no conocían a ningún otro albañil que les pudiera regalar tabiques.

Fue una espera larga y angustiante. Hacia las ocho de la noche llegó Ruiloba con una enorme sonrisa y un ramo de rosas todavía más enorme que su sonrisa. Casi enseguida, se oyó que Esperanza abría la puerta y, contra todos los pronósticos, ni gritos ni insultos se profirieron, por lo que sus hijos y Jerónima se quedaron confundidos.

Esperanza les ordenó que se fueran a acostar y con un ademán le indicó a Ruiloba que pasara a la sala. Agazapados en la escalera, procurando no ser vistos, los tres, por más que se esforzaban en escuchar, no lograban oír nada de lo que Antonio y su ex esposa hablaban, por lo quedo que lo hacían y porque sorpresivamente por primera vez en años la mujer cerró la puerta de cristal biselado de la sala, lo que hacía inaudible todo sonido, amén de que distorsionaba las imágenes.

Por ahí de las nueve de la noche sonó el timbre y Esperanza rápidamente salió a abrirle a Castañeda. Ya adentro, éste quiso besarla, pero ella lo rechazó con ambas manos, le guiñó un ojo y con el pulgar derecho lo dirigió hacia la sala. Ingresaron ambos y fue en esta ocasión Ruiloba quien cerró la puerta de cristal. Jerónima y los niños hasta aguantaban la respiración lo más que podían para evitar el mínimo ruido, pero por adentro tenían deshechos los nervios y sentían que en cualquier instante iba a principiar la batahola.

Dieron las nueve y media, las diez, las diez y media, pero nada pasaba, se oía nada. Tampoco se veía. Les llamaba la atención que nadie hubiera salido al baño o a la cocina por vasos, hielos, refrescos y licor. Igualmente, era imperceptible el humo de cigarro. En cualquiera de ambos casos iban a meterse en un brete, pues por necesidad quien saliera a ello tendría que subir las escaleras y resultaría imposible que no los descubriera cuando corrieran a esconderse. Pese a estar conscientes del riesgo, los chamacos y Jero, muertos de curiosidad y ansiedad, empezaron a bajar con todo cuidado escalón tras escalón, alcanzando el pie de la escalera cuando, intempestivamente, se abrió la puerta de cristal de la sala e, ¡increíble, pero cierto!, la abandonó cabizbajo y llorando el hombrón de Armando Castañeda, quien absorbía los empellones de Ruiloba, el que dio tremendo azotón a la puerta de entrada cuando aquél, trastabillando, abandonó la casa.

-¡Puta!, fue lo único que los niños y la mucama escucharon una vez que Antonio, de regreso a la sala, le gritó a Esperanza, lanzándose sobre de ella y propinándole un par de fuertes cachetadas. Hecho esto, el hombrecillo se ajustó la corbata, se abotonó el saco y a paso veloz salió de ahí, sin el menor intento por cerrar la puerta de la calle, mientras escurría un hilillo de sangre por la comisura de los labios de la mujer, quien no por ello dejó de gritarle a todo pulmón “¡lárgate para siempre y no vuelvas jamás!, ¡cabrón, impotente, epiléptico hijo de perra!”

Por reacción natural, Jerónima, sin medir las consecuencias, se dirigió a la puerta y de una vez la cerró con llave y puso el pasador. Y los niños, igualmente, se incorporaron para ver completo el cuadro de la madre tirada en el suelo, pasándose una mano sobre la boca para quitarse la sangre y gritando a más no poder cuánta picardía le vino a la cabeza.

-¡Pendejos!, ¡lárguense a la chingada!, ¡y tú india pendeja métete en tu cuchitril!, ¡puta de mierda!, les gritó con todo el odio y rencor del mundo, perfectamente delineados en su rostro, Esperanza Videgaray Salas. Al parecer, ahora sí definitivamente se había quedado sin ex marido y sin ex amante.

Libre ya de toda atadura sentimental y segura (según ella) de haber superado su prurito sexual, Esperanza se veía de continuo con los Young, los Mulayo, Medrano, Herta, el Duque de la Obscuridad, Blanca García Travesí, Gloria Cuevas, los Dunkley,

Víctor Gómez, Nils Paulsen y Arni Himanen. Pero de vez en cuando se aparecía en

Cerrada de Hamburgo alguno que otro “maletilla”, para el deleite y aprendizaje de Toñito, quien no se perdía ni sus palabras ni los detalles de su personalidad que siempre lo impactaban y dejaban boquiabierto. Los “maletillas”, en el submundo del toro, eran los torerillos que deambulaban siempre buscando un padrino o una oportunidad de torear y así llegar a triunfar para abandonar la pobreza.

En las cantinas de los rumbos de la Plaza México o El Toreo de Cuatro Caminos Tony Medrano (muy aficionado a la tauromaquia) levantaba, alimentaba y emborrachaba “maletillas” a cambio de su conversación y compañía, las más de las veces a costas de la hospitalidad de Esperanza, la que los trataba con admiración y respeto, siempre dirigiéndose a ellos, por más alcoholizada que estuviera, de usted y llamándoles invariablemente “maestro” o “matador”

Estos soñadores con llegar a ser figuras del toreo, que lo único que con seguridad toreaban día a día eran el hambre y la sed, pronto entendían su papel y lo ejecutaban con exactitud artística: plasmaban con garbo en la sala cada pase, cada suerte y los explicaban; platicaban sus experiencias traumáticas; si las tenían mostraban las cicatrices que alguna vaquilla o algún becerro o algún novillo les hubieran producido y, si también contaban con ellas, presumían las fotografías en que aparecían en algún festival toreando algún novillo enfundados en su parco traje de corto o en su remendado traje de luces. Pero, sin duda alguna, se convertían en dueños del escenario y en admiración de los borrachos presentes….y de Toñito igualmente.

De entre todos los que frecuentaba, Esperanza Videgaray tenía especial aprecio y la máxima confianza para con Blanca García Travesí. Le parecía que era la amiga más honesta y la más desinteresada, mucho más que Gloria Cuevas, quien la mitad del día se la pasaba cazando actores y la otra mitad embelleciéndose al máximo frente al espejo. A Víctor Gómez sólo lo tenía reservado para sus asuntos legales y el resto sólo le servían como garantía de muy buenas y alegres borracheras. Claro está que Joe Mulayo cumplía además el papel del “tío” para los asuntos familiares y siempre tenía presente que fue el infaltable e infatigable compañero de parrandas de su padre, el general.

A la vuelta de la Calle de Mayorga, donde vivían los Mulayo, en el número 516 de Montañas Rocallosas Oriente, estaba a la venta en doscientos cincuenta mil pesos una bonita casa que contaba con su buen jardín, espacioso patio, chimenea, una sala con su gran ventanal, comedor, desayunador, cocina, tres amplias recámaras, dos y medio baños, sótano, garaje, cuarto con baño integrado para el servicio y su infaltable porche, muy a la gringa. Esa casa la descubrieron Rosita y el Chino Joe a petición de Esperanza, quien les había encomendado buscar y encontrar una residencia en venta en las Lomas de Chapultepec, pues a más tardar el primero de septiembre tenía que desocupar Cerrada de Hamburgo, ante la negativa de su propietaria de renovarle el contrato de arrendamiento, por la fuerte presión de los vecinos, gracias a sus escándalos e indiscutible mal ejemplo.

No sólo el precio y las características de la casa animaron a Esperanza a comprarla, sino fundamentalmente el hecho de que estaba a cinco minutos, caminando, de los Mulayo, con lo que se evitaría los largos desplazamientos en automóvil desde la Colonia Juárez cuando los necesitara para embriagarse y además así siempre tendría cerca a alguien de confianza y “responsable”, ya sea para vigilar de la casa cuando saliera de viaje o ya sea para que viera por Pera y Toñito si así se requiriera por alguna emergencia. Por si todo ello no bastara para animarse a adquirir esa propiedad, estaba también el hecho de que el grueso de sus vecinos eran estadounidenses, todos ricachones.

El día de la mudanza, mientras los muebles eran metidos a enorme camión estacionado fuera de la Cerrada de Hamburgo, bajo la “supervisión” de Jerónima y Juan, el que ya era su ya novio “oficial” y al que Esperanza le ofreció diez pesos para que ayudara a “echar ojo” a los cargadores, Esperanza y su arrendadora finiquitaban en la sala la devolución del depósito, la entrega de las llaves y los recibos de lo que la desagradable inquilina había tenido que pagar. Pero lejos de todos, muy contentos y con el previo permiso (casi orden) de su madre, Pera y Toñito llevaban a cabo la “venganza apache” por la afrenta que había sido no quererle renovar a su progenitora un año más el arrendamiento.

Primero se subieron a la azotea y vaciaron en el tinaco dos botellas de aguarrás. Luego bajaron al baño y medio abrieron las llaves del agua caliente y fría, de tal manera que se desperdiciara el líquido sin producir ruido alguno. Y por último, lo que más los llenó de satisfacción: vaciaron dentro de las alacenas tres frascos de mermelada de fresa y embarraron todo el contenido de dos latas de leche condensada Nestlé en todas y cada una de sus puertas. Desde luego, para nada les dieron nervios, pues actuaban como “comando”, por “órdenes superiores”. Eso sí, cuando el último cargador salió de la casa y la dueña desde adentro cerró la puerta de la calle, los niños salieron disparados a todo lo que daban sus piernas y fueron los primeros en subirse al Ford, mucho antes que Esperanza, Jerónima y Juan, quien entre apenado y temeroso, fue incluido en la comitiva rumbo al nuevo hogar de los infantes Ruiloba Videgaray.

Mucho antes que llegara el pesado camión de mudanzas a Montañas Rocallosas, arribó el Fotingo. Afuera de la casa ya tenían un buen rato esperándolos Joe, Rosita y Emily, la que ya había cien veces reconocido, olido y orinado los prados llenos de verde que adornaban la banqueta de la residencia por estrenar. Una bandera gringa que salía de la ventana de una casa contigua, les anunció que serían muy distintos los nuevos vecinos y que ahora sí, como Esperanza lo repetía hasta el cansancio, iban a vivir entre gente blanca, gente decente, “good people” (gente buena). La oferta de la madre no convencía del todo a sus hijos, pues no era garantía alguna de que ahora les brindaría una vida normal, sin alcoholismo, sin gritos, sin majaderías durante las veinticuatro horas del día. Al contrario, la cercanía con el departamento de Joe Mulayo desde ya les auguraba conflictos y bacanales.

Sabían muy bien que su papá solía frecuentar muy seguido a su amigote y emborracharse allí, además de que junto con el Chino Joe y Rosita siempre o casi siempre estaba pegado como estampilla Eduardo del Trigal Condé. Al igual que Tony Medrano lo hacía con los torerillos, este Conde de la Gracia y Duque de la Obscuridad en ocasiones a los habituales integrantes del círculo original de borrachines, les llevaba (invitados por él a costa de los demás) a los delegados de la Asociación Nacional de Actores en los distintos teatros de revista o cabarets donde ya se presentaban sus dos hijas adolescentes bajo los nombres artísticos de Amelia Paraques y Amalia Paraques (apellido, éste, de su padrastro que las metió al negocio del espectáculo), con lo que más se alargaban las reuniones y más se animaba el cotarro.

Del Trigal no tenía empacho en platicar a medio mundo que sus hijas le pasaban dinero cada que las visitaba en los camerinos de los cabarets o de los teatros, pues ni joven ni maduro había levantado un peso con el sudor de su frente y dependía totalmente de la caridad familiar.

Esto y muchas cosas más pasaron por las mentes de los dos hermanos cuando se bajaron del Fotingo y junto a la reja negra esperaban que su madre encontrara las llaves para abrirla y poder entrar. Tras cruzar el jardín y el porche y luego de que Esperanza abrió también la puerta de madera con aplicaciones de herrería que daba acceso a la casa, ambas criaturas se fueron corriendo hacia la escalera de granito y decorada con vistosos mosaicos rectangulares que encerraban margaritas. Una vez en el piso de arriba, a gritos notificaron a todos los ahí presentes, incluida su madre, por supuesto, cuál era la recámara de cada uno de ellos. Por curiosa coincidencia ninguno escogió la recámara principal, que fue adjudicada ipso facto a la propietaria del inmueble. Esta habitación estaba sobre el comedor. Contaba con una enorme ventana que permitía ver la calle, el jardín y una parte de la techumbre enlosada de la sala, de donde esbelto emergía el ducto blanco de la chimenea, bellamente rematado con una caperuza de ladrillos rojos.

Pera, nada tonta, se apropió enseguida de la segunda recámara en importancia, situada en la parte superior del garaje, y de cuya ventana se veían también la calle, la puerta de la reja, el camino de baldosas para que el auto entrara a la cochera, un pedacito del jardín y el porche. Y Toñito…..pues se quedó con la recámara más sencilla de las tres y cuya ventana sólo permitía ver el patio y estaba a escasos centímetros del tramo superior de la escalera de caracol que conducía a la azotea. De inmediato le surgió la idea (que claro está a nadie compartió) de abrir la ventana, subirse al umbral de la misma, cogerse del dintel o de una jamba, y extender al máximo un brazo y una pierna para alcanzar la escalera y así llegar a la azotea.

Así lo intentó más de una vez, hasta que logró agarrarse fuertemente de los barrotes del pasamanos de la escalera, pero no así pudo descansar algún pie sobre los escalones, por lo quedó bailoteando en el vacío, sintiendo que las manos se le iban resbalando del hierro asido.

-¡Auxilio, me caigo!, ¡ayúdenme, me voy a matar!, ¡por favorcito ayúdenme!, gritó desesperado el infante, que veía cómo se iba despidiendo de este mundo sin que nadie se diera cuenta.

-¡No te sueltes, no te sueltes!……¡Ahí ‘tá!, ¡Ora sí, ya te pesqué!, fue lo único que alcanzó a decir Juan, cuando con un salto rapidísimo y audaz de la ventana a la escalera, aseguró a Toñito al pasarle el brazo izquierdo alrededor de su tronco, mientras que con la mano derecha y sus dos largas piernas se sujetaba al caracol que parecía venirse abajo con tanto movimiento brusco. Toda la escalera sonaba y la pared en la que estaba empotrada absorbía simultáneamente rechinidos y golpeteos que no cesaban y ponían los pelos de punta a quienes presenciaron la escena: Jerónima y Pera.

-¡Ya verás, escuincle del caramba!, ¡orita mismo le digo a la señora!, ¡oritita te va a ir como en feria, canijo escuincle!, una Jerónima espantadísima y empalidecida le advirtió al mocoso, quien ya al pie de la escalera recibía durísimos coscorrones y pellizcos de la sirvienta, junto a los manotazos sin ton ni son que su hermana, igualmente asustada, le propinaba a un ritmo vertiginoso.

Toñito había corrido con suerte, pues cuando con su hermana subió a ver y escoger su recámara, pisándoles los talones venían detrás de ellos, cargados de maletas y cajas de cartón pesadas, Juan y Jerónima, las mismas que habían sacado de la cajuela del Fotingo y por órdenes de Esperanza debían depositarlas en cualquiera de las habitaciones.

Obviamente no hubo necesidad de que Jerónima acusara a Toñito, pues Esperanza, Joe y Rosita, si bien nunca escucharon los llamados de auxilio del niño, sí vieron, estupefactos, cómo la sirvienta y Pera bajaban como locas del piso superior, alcanzaban la cocina y salían al patio, donde Juan acababa de parar en el suelo a Toñito. Todo ocurrió tan rápido, que Esperanza y los Mulayo definitivamente no entendieron ni digirieron las atropelladas explicaciones sobre lo que había pasado, por lo que el aprendiz de escalador se volvió a salvar esa mañana, pero durante una semana completa Jerónima no le dirigió la palabra. Eso le caló muy duro. Media hora después llegó el camión de mudanza.

 A Jerónima le fue muy bien. No sólo “estrenó” un cuarto amplio con su baño integrado y hasta closet, sino que diario podía verse con Juan, pues éste consiguió chamba en una obra que apenas había comenzado en la Calle de Corregidores, muy cerca de Montañas Rocallosas Oriente y que duraría al menos dieciocho meses. Los domingos paseaban todo el santo día y de lunes a viernes el albañil se presentaba por ahí de las siete de la noche y en la reja platicaban o se besaban y acariciaban (según la oscuridad que hubiera) durante una hora y media o dos. Desde luego, todos los sábados que “rayaba”, Juan desaparecía en lo absoluto, pues agarraba la botella con los demás alarifes y hubo domingos en que se le apareció a Jerónima con un ojo morado o los labios hinchados por algún golpe recibido y siempre con un ligero sabor a “petróleo”. Claro que muchas veces los enamorados no podían verse por que había borrachera y escándalos de Esperanza y sus amistades dentro de la casa y la hidalguense le tenía pavor a la boca de su patrona, la que un día le gritó enfrente de Juan: ¡No te vayas a apendejar!, ¡no le vayas a abrir las patas, todos son unos cabrones!

Así pasaban las semanas y pronto los gringos colindantes, padres e hijos, se dieron perfecta cuenta de la catadura de la nueva vecina y del martirio a que tenía sometidos a sus dos hijos. Para Pera era especialmente molesta y penosa la situación, pues en el camión del Colegio Americano que la recogía y dejaba todos los días, también se transportaban cuatro o cinco vecinos y los chismes y murmuraciones (y en ocasiones burlas crueles) no se dejaron esperar. Toñito fue mucho más afortunado, ya que era el único en toda esa zona que iba al Colegio del Tepeyac.

Cerca de la Navidad de 1953, concretamente el sábado 5 de diciembre, día en que murió Jorge Negrete en Los Angeles, Blanca García Travesí pasó muy de mañana por Esperanza y lo único que oyeron Jerónima, Pera y Toñito, es que la amiga le dijo que ya era tarde (aunque ni siquiera habían dado las ocho de la mañana) y que un tal Fritz las estaba esperando junto con otro que se llamaba Ignatz para irse a Xochimilco. Al día siguiente, domingo, ocurrió lo mismo, aunque al revés: Esperanza cargó con sus hijos, recogió en su casa a Blanca y se enfilaron rumbo a Xochimilco, pasaron el Club España y luego llegaron al Antares, que era el club de los alemanes. Se bajaron del carro y se dirigieron hacia el área de mesas que estaban pegadas a un campo donde puros güeros fornidos y altos jugaban futbol, casi todos descalzos y con las caras color de jitomate, pues el sol invernal caía a plomo.

Al poco rato, muy solícita, Blanca tomó de las manos a los niños y sin pedirles su parecer se los llevó al embarcadero del Club Antares, les puso sus salvavidas y los subió a una pequeña canoa que previamente allí había alquilado. Pera y Toñito se quedaron de a seis, pues no entendían por qué tanta amabilidad de la amiga de su madre y, ¡lo asombroso!, cuando un mesero minutos antes se acercó a los dos niños y a las dos mujeres para preguntarles si querían tomar algo, Esperanza con una decencia jamás mostrada antes, le dijo: “Si no es molestia, cuatro naranjadas por favor”. Alrededor de ellos, todas las mujeres que veían a los hombres correr y gritar como enajenados tras un balón de gajos café, bebían cerveza, oscura, por cierto.

Los niños nunca habían remado, al parecer, ya que la canoa se balanceaba de babor a estribor y todo hacía suponer que iba a zozobrar ahí en el canal. Desde luego tampoco avanzaba ni por la proa ni por la popa y era obvia la falta de coordinación que con los remos tenían los hermanos. La verdad es que estaban más interesados en tratar de ver lo que acontecía en la mesa donde se habían quedado Esperanza y Blanca y a la cual se acercaron dos hombres rubios: uno alto y delgado y el otro chaparro y rechoncho y con lentes de armazón color negro. Un minuto después llegó otro güero, ni alto ni chaparro y ni flaco ni gordo, con un pesado acordeón que estiraba y encogía caprichosamente y pulsaba con su mano derecha rápidamente.

El rechoncho le plantó un beso en la mejilla izquierda a Esperanza, mientras que el alto se besaba en la boca con Blanca, y el del acordeón se reía e imprimía más velocidad en los movimientos del instrumento musical que ejecutaba con destreza. Destacaban en la mesa los cuatro vasos grandes con naranjada que recién había traído el mesero, a los que unos diez minutos después se añadieron tres tarros cerveceros bien copeteados de espuma color crema que se desparramaba caprichosamente. Las dos mujeres alzaron sus vasos llenos del zumo aguado de tinte naranja y los hombres igual hicieron con los recipientes llenos del cereal líquido color negro para un primer brindis.

A fuerza de repetir coordinadamente la mecánica de la remada, Pera y Toñito dominaron la canoa y al menos dos horas continuas anduvieron navegando por distintos canales de Xochimilco, observando cómo se reflejaba en el agua limpia un impecable e intenso cielo azul; admirando la hermosura de las chinampas llenas de las flores y frutas de temporada; revisando al detalle las engalanadas trajineras con toda clase de productos y comida para ofrecer a los turistas, o aquellas otras que transportaban a un sonoro mariachi o a un alegre conjunto jarocho. Al tiempo que su piel se refrescaba con una tenue brisa y sus pulmones se alimentaban de un aire más que puro, sentían en sus adentros que respiraban paz y esa paz los acercaba a una visión nueva y distinta sobre su tierra (no la que su madre, los Videgaray e inclusive los Ruiloba les habían inculcado sobre México). Les llegó y les llenó el sabor de su tierra y un gusto por sus costumbres, sobre todo cuando veían la estupefacción que todo ese espectáculo maravilloso de colores y aromas provocaba en los extranjeros, particularmente en los gringos, que no podían evitar poner sus caras de bobos y exclamar su clásico “¡ooooouuuuu…!”, cuando se topaban con las vendedoras que llevaban las flores más variadas o con las trompetas que rasgaban el aire con los más sentidos sones jaliscienses.

Antes de desembarcar, los hermanos pasaron dos veces frente al Antares y tuvieron ante su vista material más que suficiente para elaborar toda suerte de conjeturas y abrigar temores. La primera vez vieron al alemán rechoncho besándose sin inhibición alguna con su madre y ni Blanca ni los otros dos hombres estaban en la mesa con ellos. A la segunda pasada, Blanca y Esperanza los saludaron con sus diestras, sin indicarles que ya se bajaran de la canoa, por lo que le imprimieron toda la velocidad posible para desaparecer lo antes posible de la vista de su madre. Sin embargo, sin duda alguna notaron que el rostro de Esperanza tenía ya rasgos de embriaguez y la mesa estaba atiborrada de tarros cerveceros, unos llenos, otros vacíos. Los tres alemanes tampoco estaban y Pera y Toñito, como si estuvieran programadamente sintonizados, pensaron lo mismo: Blanca no bebe, los alemanes no están: ¡ya se emborrachó!

Cuando la canoa finalmente enfiló hacia su embarcadero, y ciertos ya de la embriaguez de Esperanza, ambos se dedicaron entonces a dilucidar que se traía su progenitora con el alemán chaparro y barrigón con lentes de lechuza.

-Es el que va a sustituir a Castañeda, afirmó Pera.

-¡No!, ¿no ves que dijo que no quiere saber nada de los hombres?, la contradijo Toñito.

-¡Cállate, no seas menso!, ¿qué sabes tú de las mujeres?, le replicó Pera.

-La mensa eres tú, ¿qué no ves cómo se la suenan siempre? Y Toñito silenció a su hermana.

Con mil dificultades por la falta de práctica lograron bajarse de la inestable y pequeña embarcación, se quitaron los chalecos salvavidas, los entregaron al despachador junto con el par de remos y caminaron por el muellecito de madera hasta que entraron al área enjardinada y buscaron la mesa en que deberían estar Blanca y Esperanza. Cuando al fin dieron con ella, corroboraron que Esperanza ya andaba bien “turulata”, con la vista torcida y las muecas que siempre denunciaban su estado etílico.

-Saluden niños. Miren, éste es Martin Hoth, que ya es novio de Blanca. Haciéndose la graciosa, Esperanza presentó y señaló al alemán más alto y más delgado.

-¡No es cierto, nomás somos amigos!, precisó la sifilítica, como si los infantes estuvieran muy interesados y muy preocupados.

-¡Sí es cierto, eres mi novia y te voy a llevar a mi casa, a Bayreuth!, gritó el güero jirafudo, levantando a la endeble Blanquita que no quiso negarse a otro kilométrico beso de lengua del teutón, ya medio borracho.

-Este es Fritz Brack….¡toca el acordeón divino, divino! ¡Y vamos a ir a comer a su restaurant en México!, ¡ya nos invitó!, ¿verdad Fritz?

-¡Sí, sí!…, sólo acertó a contestarle a Esperanza este simpático alemán, quien simultáneamente se soltó ejecutando una melodía de Cri-Cri para Pera y Toñito, aunque la primogénita de Antonio Ruiloba ya estaba bastante grandecita para esas cancioncitas que a su hermano le encantaban.

Fritz aún no acababa de tocar los últimos acordes de “La Patita”, cuando Esperanza se acercó al rechoncho, lo tomó de un brazo y se los presentó a sus hijos:

-Y él es….bueno, se llama Ignatz, como Ignacio en español, habló Perogrullo por boca de Esperanza.

-Ignatz Krogman, con voz fuerte por sí mismo acabó de nombrarse este hombre de tronco y cara redondos.

-Anden, salúdenlo, le insistió la madre a sus hijos, quienes pusieron las caras más agrias que pudieron encontrar, aunque ni a Ignatz Krogman, a Fritz Brack y mucho menos a Martin Hoth, quien se comía a besos a Blanquita, les importó un bledo. Ya con música alemana, Fritz continuó tocando y reuniendo alrededor de la mesa a más güeros que parecían llegar como abejas a un panal, aplaudiéndolo en los intervalos y cantando a todo pulmón cuando la música se dejaba escuchar de nuevo. Los tarros de cerveza parecía que los regalaban, pues brotaban como esporas por doquier.

-¡No manita, ni lo pienses, yo manejo, tú andas ya bien cuete! ¿Qué va a pensar el

Ignatz si te sigue viendo así?, mejor ya vámonos, y finalmente la amiga convenció a Esperanza de parar ahí la fiesta.

Como a las ocho de la noche fue llegando el Fotingo a Juanacatlán y la beoda y sus hijos tuvieron que quedarse en casa de Blanca, la que, una vez dormida Esperanza, empezó a tratar de lavarles el coco a Pera y Toñito, quienes ahí se llevaron menuda sorpresa:

-Su mami tiene todo el derecho del mundo a rehacer su vida, ha sufrido mucho y ya ustedes vieron que con su papi nomás no se entiende. Este señor Ignatz es muy buena gente y va a ser el hombre ideal para su mami y el nuevo papi de ustedes y es una garantía pues es alemán y son muy trabajadores y emprendedores…es….

-¡¿Esa biznaga con cara de bacinica, nuestro padre!?, ¡¿Estás loca, Blanca!?, ¡primero muertos!, gritó enfurecida Esperanza Ruiloba Videgaray, secundada por su hermano que amenazó con que se iban a escapar de la casa. La anfitriona ya no supo cómo enmendar su error y les suplicó que no le fueran decir nada a su madre cuando despertara, que ella lo único que había querido era facilitar las cosas, porque los quería mucho y que Esperanza era su mejor amiga desde siempre.

Los días que transcurrieron a partir del sábado 5 de diciembre sirvieron a los niños para ir comprobando cómo se descaraba más y más Esperanza. En un momento determinado de plano dejó de cuidar las apariencias y se los llevó por la carretera a Toluca a recoger a Ignatz Krogman una tarde a su trabajo. Cuando éste se subió al Ford le enseñó a ella un escrito que leyó en silencio y tras ello se dieron tremebundo besote. Luego (como no queriendo la cosa para granjearse a Toñito) se fueron los cuatro al cine Metropolitan a ver “El príncipe de los piratas”, con John Derek y Bárbara Rush, y después a cenar al restaurant de Fritz Brack, que estaba a media cuadra de la Avenida Cuauhtémoc. Allí los niños continuaron en su actitud de silencio absoluto y casi no probaron alimento, pero atestiguaron la invitación cursada al dueño del local para que, junto con su acordeón, asistiera a la cena de Navidad en Montañas Rocallosas. Después de una larga sobremesa con Fritz, ya cerrado el restaurant, Pera y Toñito, el nuevo amante y su madre se marcharon hasta las Lomas de Chapultepec. Esa noche durmió allí por primera vez Krogman y tres días después regresó con sus maletas para quedarse ya a vivir con su ninfómana mexicana, la que además de inmediato lo sacó de trabajar y se hizo cargo de todos sus gastos: vestido, comida, atención médica, borracheras, viajes y diversiones.

Este afortunado y cínico sujeto, junto con su amigo Martin Hoth, apenas habían llegado a México a principios de marzo, contratados por una empresa alemana. Los dos eran meteorólogos y naturalmente fueron enrolados en el ejército de su país, con tan buena suerte que jamás entraron en acción durante toda la Segunda Guerra Mundial. Destacados en Strondheim, Noruega, desde el inicio de la invasión nazi el 9 de abril de

1940, hasta la rendición allí de las tropas de Hitler el 8 de mayo de 1945, Hoth y Krogman sólo se la pasaban observando y estudiando el cielo y el viento para posteriormente elaborar cartas y mapas prospectivos sobre las condiciones y variaciones del clima, para uso de la Kriegsmarine (Marina de Guerra) y la Luftwaffe (Fuerza Aérea). Presos de los ingleses al finalizar el conflicto armado, regresaron a Alemania en 1947. A Ignatz lo más grave que le ocurrió durante la Segunda Guerra Mundial, fue haber sido contagiado de gonorrea por una puta en Oslo, durante la primera licencia de cinco días que le dieron.

Su buena estrella no la tuvo, por ejemplo, su hermano mayor Joseph, destacado en el frente ruso y del que nunca se supo si murió en combate o se pudrió, como cientos de miles de teutones, en los campos de concentración soviéticos. Ambos provenían de una familia de campesinos católicos del norte de Alemania, concretamente de Lohne, en Oldenburg. Ignatz se sabía de memoria su árbol genealógico que databa desde 1743 con un tal Johan Heinrich Krogman y presumía que había leído a todos los clásicos griegos y latinos, a pesar de que por su formación profesional su atención principal la había enfocado a las matemáticas y a la física.

Lo que sí es cierto, es que llegó a México literalmente muerto de hambre. Traía el hambre muy atrasada, no sólo limpiaba su plato con la lengua, una vez consumido lo que hubiera contenido, sino que también se terminaba, sin que nadie se lo pidiera, las sobras de los platos de Esperanza, Pera o Toñito. Verlo “comer”, sencillamente revolvía el estómago al más pintado. Cuando su pareja, verdaderamente asqueada y enojada, le decía que no lo hiciera, que se le podía servir más comida limpia, Ignatz se limitaba a contestar, necio, que los alimentos, don de Dios, no se debían tirar a la basura.

Más listo que Hoth y Krogman, Fritz Brack se salió muy a tiempo de Alemania donde trabajaba como chef e ingresó a México en 1940. Abrió su restaurant especializado en comida alemana y polaca en la capital de la república y se enriqueció rápidamente. El pequeño local no sólo era visitado por miembros de la colonia alemana, sino también por muchísimos mexicanos. Sin la menor duda, su rápido éxito se debió a la combinación de dos factores: la excelencia de su comida y el don de gentes de Fritz.

Krogman y Hoth conocieron a Brack hasta el día en que entraron a su negocio.

El jueves 24 de diciembre Montañas Rocallosas lucía espléndida. Un enorme árbol navideño se apreciaba junto al ventanal de la sala y el hogar de la chimenea lograba iluminarla toda, las veces que apagaban la luz eléctrica para gozar ese espectáculo. El acordeón de Fritz reproducía las notas musicales de los cánticos navideños alemanes, que en ocasiones eran acompañados con sus letras en inglés, muy bien, por cierto, por el grupo coral que ahí nació accidentalmente, integrado por Pera, Jeanie, Sheila y Diana Young.

No cabía un alfiler: estaban también Rupert, los Mulayo, Herta, Medrano, Himanen, el abogado Gómez (quien sólo se tomó una copa y se fue), Martin Hoth, Blanca García Travesí, los Dunkley, Eduardo del Trigal, Nils Paulsen, Toñito, Krogman, Esperanza y las dos primeras amigas que, muy jovencita, tuvo en México, cuando su padre, el general Videgaray, decidió que abandonarían definitivamente San Antonio, Texas: Lola y Cuquita Romero, solteronas, coquetonas y nalgonas, como las describiría su enamorado de esa noche, el Conde de la Gracia y Duque de la Obscuridad. Y desde luego, la pobre de Jerónima, quien trabajó como negra todo ese día y el siguiente.

El Chino Joe fue, como siempre, el cocinero oficial y sus ayudantes Toñito y Jerónima, ya que Pera, transformada por quién sabe qué razón misteriosa, para nada se despegó toda la velada de Jeanie y Sheila. Fritz tampoco se quedó a cenar y fue su debut y despedida de Montañas Rocallosas, pues con toda razón y dignidad se retiró a la primera peladez que Joe le soltó, cuando el chef alemán se acercó a la cocina a tratar de ayudarlo. Se notó que ahí también se distanció de Hoth y Krogman.

 Krogman se apoderó del papel de señor de la casa, que por cierto le iba muy mal, y sólo logró un ambiente pesado, denso, que se podía cortar con cualquier cuchillo. Simplemente no hubo mucha “química” entre los gringos y los alemanes. Fue la primera vez, además, que Esperanza no se emborrachó en Navidad, pues le entró duro la fiebre de la moralidad y durante las tres o cuatro horas que las Romero permanecieron en la casa, las anduvo vigilando y “cuidando” (Lola tenía 40 años y su hermana 43). Y es que desde que pisaron la casa, de plano fueron flechadas por Eduardo del Trigal. Este se las llevó al jardín, al garaje, al patio, a la calle, a cada una de las tres recámaras y, finalmente ofendidas, no con él sino con su añeja amiga, telefonearon al sitio de taxis cuando en la oscuridad del sótano Esperanza las pilló con las faldas enrolladas hasta sus respectivos vientres, jadeantes y dejándose acariciar y tallar los coños por cada una de las manos del inofensivo galán, que in situ se llevó tremenda regañada de la anfitriona por……¡inmoral!

El único que agarró la borrachera como Dios manda fue el filipino, quien hacia la una y media de la mañana invitó a todos a su departamento, siguiéndolo únicamente Medrano, Herta, Himanen, los Dunkley y por fuerza su esposa Rosita. Fue el momento que Hoth y Blanca, la familia Young y Nils Paulsen e inclusive el apenado Conde de la Gracia y Duque de la Obscuridad, aprovecharon para irse. Aunque nada se dijo ni se insinuó, para todos quedó claro que la irrupción de Krogman en la vida de Esperanza cancelaba (o al menos modificaba) la unión de ese grupo que tan buenas francachelas había compartido a lo largo de los años.

Las horas huecas – Capítulo 6

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Las horas huecas – Capítulo 2

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Jose de Villa

José de Villa nace en México, D.F. en 1946. Después de estudiar periodismo en la UNAM, trabaja en distintos periódicos como reportero, articulista, editorialista y jefe de información y redacción, e incursiona como director de Comunicación social en distintas dependencias oficiales. Junto con el Dr. Jürgen Neubauer, es coautor del libro Máximo Líder, publicado en Alemania, Holanda, República Checa y Eslovenia. En 2010 escribe su primera novela: Las horas huecas.

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