Las horas huecas - Capítulo 6

Embebido de la tonadilla pegajosa que acababa de escuchar en una estación de radio, Toñito cantaba con mucho énfasis el jingle de uno de los refrescos de moda que la mercadotecnia había impuesto a los niños para que lo consumieran y a sus papás para que lo compraran: “Los pollitos dicen pío, pío, pío/cuando tienen hambre, cuando tienen frío/ Los niñitos dicen PEP, PEP, PEP/cuando tienen ganas de apagar la sed/”.

-Ya atarantas Toñito, ya párale, se oyó el grito furioso, desesperado de Jerónima, quien para acabarla de amolar andaba bien atrasada en el quehacer.

-Los pollitos……..fue la “cortés” respuesta del niño, que iniciaba así el décimo o undécimo minuto consecutivo de su canto recio, aunque desafinado. De pronto se escuchó que sonaba el timbre de la puerta de la calle. Jerónima recargó en un sillón la escoba con la que estaba barriendo, salió de la sala y abrió la puerta. Desde el rellano de la escalera, Toñito soltó la retahíla de datos que se había memorizado sobre el departamento número 4 que se ofrecía en renta en la vecindad que Esperanza poseía en la Calle de Guanajuato, en la Colonia Roma: “el departamento 4 está muy bien ventilado y cuenta con su lavadero propio, también pintado con el número 4 en la azotea; si no trae fiador que sea propietario en el Distrito Federal y su propiedad no esté registrada en el Registro Público de la Propiedad ni muestre las dos últimas boletas de predial y la del agua, re, re, res, res, res….pectivamente, respectivamente, perdón, no se le va a rentar y por favor no insista ni nos haga perder el tiempo; son dos meses de renta por adelantado y todo lo demás se lo puede decir el señor Alfonso, que es el portero, y tóquele en el número 12; el departamento no tiene humedad y renta……”

-¡Toñito, cállate!; ¡cállate, es mi papá!; ¡mi papá, Toñito!, le gritó feliz de la vida, emocionadísima, Pera a su locuaz hermano en el instante mismo en que se asomó por la ventana de la recámara de su madre y se percató de la figura baja y menuda de su progenitor.

La niña parecía que volaba, que no pisaba los peldaños de la empinada escalera, hasta que llegó, o mejor dicho se impactó contra Antonio Ruiloba, al que empujó hacia atrás por el impulso que llevaba. Padre e hija se fundieron literalmente en un largo y amantísimo abrazo. Ruiloba se doblaba hacia abajo para alcanzar el rostro de su hija y llenarlo de besos, mientras que ésta se alzaba de puntillas lo más que podía para hacer lo propio con la cara de su padre. Atónitos, sin decir nada, Jerónima a un lado de la puerta y Toñito desde el rellano de la escalera, observaban la escena.

Después de unos tres o cuatro minutos, padre e hija reaccionaron y voltearon hacia el niño que los observaba sin pestañear.

-¡Baja Toñito!, ¡ven!, ¡ven a saludar a papi!, invitó Pera a su hermano, quien no salía de su estupor y no sabía qué hacer.

Paso a pasito, tantito con pena, tantito con desconfianza, tantito con miedo, Toñito fue bajando la escalera. Sentía que le hervía la sangre. Estaba todito atolondrado. No sabía qué pensar ni qué hacerle ni qué decirle a ese señor chaparrito y flaquito que estaba allí, abajo, a seis escalones de distancia, enfundado en un traje de color café, con corbata granate, sombrero beige y pisacorbata de oro, del que decía su hermana que era su papá, pero que para él, Toñito, Antonio Alfredo Ruiloba Videgaray, era un auténtico y verdadero desconocido. ¿Qué había que besarlo y abrazarlo? ¿Acaso, desde ya, tendría que llamarlo papá, si a Esperanza Videgaray nunca jamás le había dicho mamá? ¿A poco también tendría que decirle te quiero, si a Esperanza Videgaray tampoco nunca se lo había dicho? ¿Y cómo es que lo tenía que querer, si a su madre sólo la odiaba, no la quería?

Estas y mil cuestiones más se amontonaban en el cerebro del niño, el que ya sentía como que le empezaba a doler la cabeza. Cada escalón lo bajaba lo más lentamente posible, mientras sus dos manitas apretaban con fuerza el barandal y el costado derecho de su tronco, ahí recargado, se iba deslizando como buscando frenarse, tardarse, eternizarse en su llegada al inicio de la escalera. Y no era ciertamente tratar de evitar el inicio de la escalera, era buscar evadir el encuentro con el padre desconocido, con el señor ajeno a su breve historia, a sus momentos y horas de pavor e indefensión, tristeza y sufrimiento, angustia y soledad.

Toñito no llegó al inició de la escalera. No tuvo que hacerlo. El padre no soportó más, se desprendió de Pera y de una zancada llegó al escalón donde estaba su hijo, lo tomó y alzó, lo abrazó, lo estrechó contra sí, casi impidiéndole respirar por el fuerte apretón, al tiempo que le llenaba la cara de besos y no paraba de de decirle, sin apartar su vista de la cara de Toñito, ¡hijo!, ¡hijo!, ¡hijo!, ¡hijo!

Y así estuvieron un buen rato, un larguísimo rato, hasta que el padre, al parecer ya repuesto del choque emocional que le causó conocer finalmente a su hijo, cargándolo por las asentaderas ya con un solo brazo, con el otro empujó cariñosamente por la espalda a Pera y entraron los tres a la sala.

-Yo vi, ¿o lo soñé?, a una morenita hidalguense, muy simpática y muy chambeadora, pero muy chiveada, que creo que se llama Jerónima. ¿Ustedes no, niños? A ver, díganme, ¿la vi o lo soñé?, preguntó Ruiloba mientras le guiñaba el ojo a Pera, para que le siguiera la broma, pues Toñito de plano no levantaba para nada la cara, o evadía la mirada del padre y simplemente adoptó la postura de no hablar y poner un rostro de piedra.

-¡Aquí ‘toy, señor!, Jerónima Barranco Tolentino, para lo que se le ofrezca, ¡Dios lo bendiga y sea bienvenido a ésta su casa!. Y efectivamente llena de vergüenza, pero quién sabe por qué muy contenta, le contestó la sirvienta bonito y fuerte, como fuerte con ambas manos cogía y retorcía una de las puntas de su delantal.

– ¡Gracias, Jero! y que Dios te colme de bendiciones, le contestó Ruiloba, quien en Los Angeles había sido puesto al tanto de todo (Jerónima incluida) por Pera, cuando acompañó a su mamá el año anterior.

Ruiloba ocupó el sillón pegado a la entrada de la sala y sobre su pierna izquierda sentó a Toñito, quien para nada levantaba la barbilla que tenía de plano encajada en su pecho. De reojo a veces miraba a su papá y rapidísimamente volvía a bajar los ojos cuando sentía que las miradas de ambos estaban a punto de cruzarse. En tanto, Pera, que estaba sentada en el suelo junto a las piernas de su padre, rompía a mil por hora los envoltorios, muy bonitos, por cierto, de las siete cajas de juguetes que Ruiloba trajo de los Estados Unidos para sus hijos. El tapete se llenó de papel celofán y moños verdes, azules y rojos.

Conforme iba sacando cada juguete, Pera gritaba a voz en cuello, mucho muy contenta y sorprendida a la vez, qué y para quién era. De entre las siete cajas que Ruiloba quién sabe cómo logró traer a México sin daño alguno en los envoltorios originales que mostraban los nombres y logotipos de las tres jugueterías en que adquirió los regalos, destacaba una. Era espectacular por los dibujos impresos en su envoltura y desde luego era la más grande de todas. Cuando Pera la abrió, a Toñito se le fueron los ojos sobre ella luego, luego.

-Anda, hijito, bájate a jugar con los soldaditos, te gustan mucho, ¿verdad?

El niño no le contestó nada al padre, pero se volvió loco de felicidad. La cajota contenía cien soldados verdes de plástico (con cascos removibles) en todas las funciones y acciones habidas y por haber en un combate: fusileros, pechos a tierra, observadores con sus binoculares, zapadores con su pala en la espalda y con tenazas en las manos para cortar los alambres de púas de las trincheras enemigas, médicos con sus estetoscopios, camilleros cargando heridos en las camillas, enfermeras sosteniendo en alto frascos de suero para los heridos, motociclistas llevando mensajería, capitanes con su diestra en alto arengando al combate, capellanes con sus estolas y biblias impartiendo bendiciones, cadáveres de soldados, soldados manipulando un lanzallamas o una ametralladora o una bazuka, soldados avanzando a bayoneta calada, soldados transmitiendo mensajes por radio o por teléfono. En las cien figuras estaba representado en plena acción todo el universo bélico.

Igualmente, venían ambulancias con su cruz roja pintada, tiendas de campaña, jeeps, camiones para transporte de tropas y para cargar equipo militar, tanques, aviones, helicópteros, carros artillados, carros localizadores de ondas radiales, carros con enormes aparatos de iluminación o con radares para detectar aviones enemigos, vehículos de combate y anfibios, camiones cisterna, máquinas excavadoras, plantas móviles de energía eléctrica. En fin, todo lo imaginable, todo lo posible. Era la época del macartismo puro, de la guerra en Corea y, obviamente, eran los juguetes que la potencia triunfadora de la Segunda Guerra Mundial creaba para la educación subliminal de su niñez. A Toñito, por accidente, todo ello le cayó de maravilla. Ni en la Juguetería Ara ni en Sears Roebuck de México, ni en ningún lado jamás había visto una caja de soldados tan maravillosa.

Con su hermana se internó en un laberinto bélico, del cual no hallaban ni querían hallar la salida, pues el reloj llegó a marcar las nueve de la noche y todavía seguían jugando con los soldaditos. Ruiloba había llegado hacia la una de la tarde con dos maletas negras y las siete cajas de juguetes. De la cajuela del taxi, el chofer y él fueron sacando, con cuidado, todas las cosas. Quién sabe qué le vendría platicando Ruiloba, que el taxista, cuando recibió su dinero y se despidió de su cliente, nomás movía la cabeza de un lado a otro y, sonriendo, repetía: ¡a qué señor tan vaciado, jamás vuelvo a pedir un tequila!, ¡a qué señor!, ¡’tuvo bueno!

Como de costumbre, pasadas las diez de la noche, Esperanza Videgaray aún no regresaba a la casa y en todo el día no se había comunicado a ella. En la sala, decorada con las cortinas de humo de dos cajetillas de Lucky Strike que Ruiloba ya llevaba consumidas, cuatro hileras de cascos de cervezas Carta Blanca amenazaban con caerse de la mesa con encendedor eléctrico que estaba junto al brazo derecho del sillón en que se había sentado Ruiloba. Eran diecisiete o más botellas vacías y la que aún estaba por la mitad. Ruiloba ya arrastraba las erres y seguido enchuecaba la boca, pero aun así no paraba de mirar y mirar a Toñito, quien se hacía el desentendido.

Un plato con restos de galletas saladas y sardinas quedaba como evidencia de lo único que el padre beodo y sus dos hijos habían comido durante el día entero, a diferencia de Jerónima, quien entre escapada y escapada por cervezas a la tienda de abarrotes que estaba sobre la Avenida Florencia, se empinó en la cocina sus buenos tacos del pollo en escabeche que había guisado la víspera.

Dada la hora que era ya y puesto que sentía no estar en todos sus cabales, Ruiloba les dijo a los niños: ¡Bueno, piratas!, ¡al abordaje!, ¡cada quien agarre su almohada y vámonos a la cama! Pero primero despídanse de su padre como Dios manda y muéstrenme la recámara de su madre. ¡Tú, Jerónima, a tu cuarto!, yo voy a acostar a mis hijos. Y en eso estaban cuando el inconfundible motor del Fotingo se escuchó y Pera salió disparada a abrir la puerta de la calle y empezó a gritarle a Esperanza Videgaray: ¡Mami, mami!, ¡adivina quién llegó!, ¡adivina quién está aquí!, ¡apúrate!, ¡ya vente!, ¡mami, ya!

Esperanza venía medio briaga del departamento de Diana Young e hizo caso omiso de la vehemencia de su hija. Con toda parsimonia se bajó del carro, revisó que estuviera dentro de los límites del cajón correspondiente, cerró con llave la puerta del lado del conductor y finalmente se encaminó hacia la casa.

-¿Y qué se te perdió aquí, cabrón?, ¿qué quieres?, ¿qué es lo que buscas?, le espetó sin decir agua va una enfurecida mujer al hombrecillo que delante de ella apenas atinaba a mantenerse en vertical y fajarse los pantalones que tenía uno o dos centímetros por debajo de su cintura.

-¡Nena!, ¡ven a mis brazos!, le musitó Ruiloba.

-¡Nena, tu chingada madre, hijo de puta! ¿Qué aquí está tu pendeja, para cuando se te dé la gana te la vengas a coger y arreglada la cosa?; ¿eh, cabrón?; ¿así de fácil vas a tener otra vez hoyo y lana, estúpido?, a grito partido le imprecaba Esperanza a Ruiloba en el quicio de la puerta de la recámara principal.

-¡Por Dios, Esperanza, aquí están los niños! ¿Acaso te volviste loca?, le gritó finalmente Ruiloba a su ex mujer y jalándola de un brazo la aventó hacia la cama y de un portazo cerró la puerta. Todavía se oyó que se arrojó arriba o al lado de ella por el rechinido de las patas de la cama. Afuera, Jerónima tranquilizó un poco a los niños y los acompañó hasta que se pusieron sus piyamas y se acostaron.

Aunque la sirvienta se quedó con ellos casi una hora, ninguno de los dos pudo conciliar el sueño, pues ambos estaban a la expectativa de que algún pleitazo surgiera en cualquier momento. Jerónima, verdaderamente agotada, se fue a dormir a su cuarto y quién sabe a qué hora de la madrugada los hermanos entraron en el ámbito de Morfeo: eso sí, tras oír varias veces los resortes del colchón de la cama de su madre, en un vaivén al que estaban más que acostumbrados o, mejor dicho, al que los había acostumbrado Armando Castañeda las veces que había compartido el lecho con su progenitora.

Toñito sintió cómo una mano se posaba en su hombro derecho y lo movía hacia atrás y hacia adelante. Acostado en posición fetal, sentía que dicho movimiento se volvía más y más intenso, al tiempo que una lejana voz que no identificaba con claridad le repetía “levántate, tienes que ir a la escuela”. El infante hizo un intento por regresar a su sueño profundo, pero ya no lo logró. No había estado soñando. Efectivamente una mano movió con insistencia su hombro y una voz lo conminó a levantarse: eran la mano y la voz de su padre, que a las seis de la mañana de ese viernes 3 de marzo de 1953 hacían hasta lo imposible para que se despertara y levantara cuanto antes.

Aunque la luz del cuarto ya estaba encendida y sabía que en el baño Pera ya había terminado de lavarse los dientes, pues el escándalo de sus buches de agua podía escucharse por toda la casa, Toñito como que no acababa de despertar, como que le parecía que estaba dentro de un sueño. Sentía que era él, pero dudaba que todo fuera cierto: que no hubiera sido despertado a gritos y mentadas por su madre con la barriga, los senos y los pelos del pubis al aire por andar siempre con la bata bien abierta y sin calzones; que no tuviera frente a sí el vomitivo vaso inmenso de chocolate con nata y dos yemas de huevo sin revolver ni disolver y que por la fuerza tenía que tragarse antes siquiera de su primera micción en el día; que no estuvieran junto a él su hermana y Jerónima, suplicándole que accediera a todo lo ordenado por su agresiva mamá, para así evitar ser golpeado en la cabeza y tildado de cabezón hasta el cansancio y a toda voz. No podía creer que nada de eso, su pan nuestro de cada día, su despertar de cada mañana, no estuviera ahí.

Pero pasados más minutos, sintió nuevamente, como no lo sentía desde la última vez que despertó en Atlanta 188, la belleza de la armonía, la ricura del buen humor, el don inigualable de traspasar el inconsciente y arribar al consciente que permite vivir y disfrutar la vida. ¡Qué lindo despertar de ese viernes primero de mes en que tendría que estrenar su traje de gala azul marino del Colegio del Tepeyac, que tanto le gustaba! ¡Qué lindo despertar cuando su padre le informó que en el Ford él ya lo iba a llevar todos los días a la escuela, como los papás de los niños “normales” lo hacían!

Quién sabe qué pócima Ruiloba habría tomado o de qué artes habría echado mano, pero lo cierto es que si estaba crudo en nada se le notaba, pues tenía magnífico semblante y un contagioso buen humor. Una vez que los dos niños estuvieron arreglados, desayunaron con su papá en la cocina. El les preparó el desayuno. Esperanza Videgaray seguramente andaba por el quinto sueño y desde luego nadie la extrañó, y Jerónima ya barría la calle. Hacia las siete de la mañana, Pera, con mochila en mano y su lonchera también, bajó las escaleras y se fue con la sirvienta hacia la esquina para esperar el camión número 9 del Colegio Americano, mientras que Ruiloba y Toñito se subieron a toda prisa al Fotingo e iniciaron el largo viaje hasta la Colonia Lindavista, a Callao 842. A las siete y diez de la mañana, el camión número 8 del Tepeyac tocó inútilmente el claxon y tras la consabida espera de un minuto (con reloj en mano), el chofer continuó su ruta con un escolar menos.

Toñito iba feliz en el Ford. Su papá metía el acelerador hasta el fondo en los tramos de la Avenida Insurgentes en que podía hacerlo, llevando al niño sentado sobre su muslo izquierdo y platicándole que así de rápido corrían los coches en la Carrera Panamericana y que desde muchos años atrás él era el mejor amigo de los ases italianos Taruffi, Bonetto, Ascari y Maglioli. Por brevísimos segundos dejaba a su hijo tomar el volante y le aseguraba que manejaba muy, pero muy bien. A Toñito se le caía la baba de plano y se creyó de pé a pá todo lo que inventó su padre, que en ese instante se volvió su ídolo, cuantimás que le dio un billetote de cinco pesos para que se comprara lo que quisiera en la tiendita de la escuela.

Cuando llegaron al Colegio del Tepeyac y el Ford se detuvo en segunda fila en la entrada principal, Toñito no cabía en sí de gusto y orgullo, ya que no sólo vestía su impecable traje de gala, sino que ahora sí podría presumir como aquellos compañeros suyos que le caían tan gordos: “me trajo mi papá en su coche”.

Había ingresado al primer grado de primaria a inicios de febrero anterior y estaba como alumno de medio internado, pues de lunes a viernes entraba a clases a las 8 de mañana, comía a la 1:30 de la tarde en el comedor del colegio y a las 4:30 salía de clases. El camión lo dejaba en la esquina de Cerrada de Hamburgo más o menos como a las 6, pero ese primer viernes de marzo llegó hasta las 7, pues un accidente automovilístico a la bajada del puente de Nonoalco creó un verdadero caos vial sobre Insurgentes Norte. A Toñito, así como a todos los estudiantes que viajaban en ese camión número 8, les encantaba ascender y descender dicho puente, ya que desde su punto más alto se tenía una vista panorámica de la estación central de los ferrocarriles, con su sala de espera, su patio de maniobras, su casa redonda, los andenes, cuatro o cinco vías paralelas que enseguida se disolvían en un sinnúmero de ramales. Era todo un espectáculo al que se añadían las nubes de vapor que salían de las calderas y luchaban por llegar hasta el cielo, así como los inconfundibles y potentes sonidos que emitían los silbatos de las locomotoras.

Al bajar del camión ya lo estaban esperando ahí en la esquina su papá, su mamá, su hermana y Jerónima, pues a todos les tenía preocupados la tardanza en su llegada a la casa, y cuando Ruiloba telefoneó al colegio para averiguar qué sucedía con el autotransporte que no aparecía, nada le supieron informar, pues ignoraban lo del accidente. La cosa no pasó a mayores, pero Toñito sudó frío, pues imaginó que al pobre chofer se le iba a aparecer el mismísimo Lucifer y que él pasaría una tremenda vergüenza por el consabido escándalo que su madre iba a armar enfrente de todos los niños, la “miss” que los cuidaba y don Chucho, el conductor del 8.

En lugar del escándalo imaginario, el niño se topó con que Pera fue la primera en decirle que al día siguiente, el sábado, se iban a ir muy tempranito con sus papás a Cuernavaca, al Hotel Chula Vista que tanto les gustaba y que regresarían hasta el domingo en la noche. Su papá lo iba a ayudar ahorita mismo con la tarea, mientras ella y Jerónima le hacían su maleta con su traje de baño, su velero, sus sandalias y hasta el salvavidas nuevo para que no se ahogara si se metía a la alberca para adultos del hotel.

Efectivamente Ruiloba acabó haciéndole la tarea a Toñito, y Pera y Jerónima la maleta, pero el sábado jamás salieron temprano. Al menos no a Cuernavaca, aunque sí a Mayorga, a la casa de los Mulayo, pues en otra noche de arrumacos y reconciliación sexual, Esperanza y Antonio coincidieron en que tanta dicha recobrada se debía en parte a la intervención del Chino Joe, por lo que en agradecimiento le iban a dar la sorpresa de recogerlos a él y a Rosita y llevárselos “secuestrados” a la suite más cara que tuviera el Chula Vista, para que fueran atendidos a cuerpo de rey y se bebieran todo el licor del Estado de Morelos ese fin de semana.

Sólo que el plan tuvo una ligera modificación. Antes de las diez de la mañana ya estaban Esperanza y Ruiloba timbrando en el departamento de Joe y Rosita, pero nadie abrió la puerta ni se asomó por alguna de sus hermosas bay windows, por lo que les pidieron a sus hijos que fueran con don Lucio para llamarle por teléfono al filipino. Sin embargo, cuando Pera y Toñito descolgaron el teléfono público de La Opera para llamar a casa de Joe, sin saber cómo ni en qué momento su papá se apareció y ya estaba ahí en el mostrador pidiendo cuatro cervezas, al tiempo que su mamá estacionaba el Ford exactamente en la mera esquina, en la mera entrada de esa bien surtida tienda de abarrotes. Inclusive, Esperanza se dio el lujo de subir parte del carro a la banqueta.

Los niños llamaron sólo una vez por teléfono, pues cuando iban nuevamente a hacerlo, escucharon que don Lucio le decía a su padre que Joe y su esposa se habían ido desde el jueves a Puebla. Cruzaron entonces miradas de resignación y entendieron que no iba a haber ni Chula Vista, ni Cuernavaca, ni nada que se le pareciera, sólo la vocación etílica de sus procreadores, por igual egoístas, por igual mentirosos.

Tras esas cuatro cervezas libaron más y más. La puerta del lado del copiloto del Fotingo todo el tiempo permanecía totalmente abierta, abatida sobre la banqueta, mientras adentro se apreciaba a Esperanza sentada frente al volante y muy pegado a ella Ruiloba. Tantito se abrazaban y besaban, tantito sorbían el líquido oscuro y burbujeante de sus Negras Modelo, tantito fumaban sus cigarros, tantito se protestaban amor y fidelidad. Los clientes (mayormente femeninos) de La Opera, entraban y salían, sin poder evitar mirar hacia adentro del carro y luego voltear hacia el escalón de cemento que permitía el acceso a la tienda cuyo frente chato se asentaba en el ángulo formado por Mayorga y Montañas Rocallosas.

Ahí, en ese escalón, sentaditos y quietecitos, abandonados a su suerte, Pera y Toñito se limitaban a ver el espectáculo del par de borrachos que tenían frente a ellos y a sentir las miradas de la gente y a escuchar sus murmuraciones, algunas de burla, otras de lástima. No faltaban tampoco las miradas largas, tediosas, curiosas, que se desprendían de caras de asombro o francamente de idiotas, de algunos niños que por allí pasaban y se quedaban ahí parados, como lelos. A uno que venía en su patín del diablo y que de plano se enfrenó para observar a Esperanza y Ruiloba con todo detenimiento, Pera ya no pudo contenerse y le gritó lo más fuerte que pudo: ¡lárgate, imbécil!

De vez en cuando del carro bajaban la madre o el padre para pedirle permiso a don Lucio de entrar a su baño en la trastienda, o sólo Ruiloba para entregar los cascos vacíos y traer nuevas cervezas. En esas ocasiones se acordaban que tenían dos hijos y les preguntaban cómo estaban y si necesitaban algo. Cuando Pera o Toñito, ambos al borde de las lágrimas, les imploraban ya partir, sólo obtenían por respuesta ¡sí, ahorita!, tengan éste dinero, cómprense unos dulces. En toda esa jornada los niños compraron dulces, chocolates, dos blocks tamaño esquela, además de dos lápices y una caja de crayolas para dibujar. Y desde luego que aprovecharon muy bien la ocasión para consumir hasta el hartazgo sus refrescos favoritos: Pera sus PEP y Toñito sus Soldado de Chocolate. Como “cortesía de la casa”, don Lucio les obsequió a cada quien una bolsita de ZenZen.

Como no tenían sacapuntas o tal vez por meros nervios o de pura desesperación, los hermanos a puro mordisco de trocitos de madera, les sacaron punta a sus lápices, y luego se fueron sobre las gomas de ellos, hasta terminar sin borrador alguno y totalmente machucados los arillos que las sujetaban. En eso estaban entretenidos, cuando su papá le llevó otras botellas sin líquido al tendero, le pidió la cuenta y, siendo casi las seis de la tarde (¡casi 8 horas estuvieron ahí!), les dijo a sus hijos: ¡vámonos nenes! ¡Vámonos hasta Cuernavaca!

Esperanza se arrimó a su derecha, cerró la puerta y dejó que Ruiloba manejara el auto. A las pocas cuadras de plano la ebriedad de la mujer hizo que cayera como narcotizada sobre el mullido asiento del automóvil, mientras que su compinche de embriaguez se pasaba cada rato la mano izquierda sobre el rostro y la lengua sobre sus labios, pues era obvio que estaba haciendo un gran esfuerzo para no quedarse dormido sobre el volante.

En el asiento trasero, como tantas otras veces con su madre lo habían sufrido, Pera y Toñito ahora reeditaban con su progenitor el pánico de viajar en un auto a gran velocidad, conducido por un irresponsable borracho. Nada más que en esta oportunidad a ninguno de los dos hermanitos escapaba el riesgo de hacerlo en una carretera angosta de dos carriles y a punto de caer la noche. Como por arte de magia, a la mente de Toñito llegaron todas las cosas que apenas le acababa de platicar su papá sobre la Carrera Panamericana, su gran amistad con los mejores pilotos del mundo (que ya todos sus amigos en el colegio sabían eran los italianos), etcétera, etcétera, etcétera. Esto le insufló de inmediato una gran tranquilidad y, armado de la seguridad que le brindaba el “conocimiento”, le dijo a Pera: no tengas miedo, mi papá ya corrió en la Panamericana.

Cuernavaca los recibió tan sólo noventa o cien minutos después, pues Ruiloba manejó como loco desde una de las partes más altas de las Lomas de Chapultepec hasta la entrada a la capital del estado de Morelos. O por ebrio, o porque así solía hacerlo, o por ambas cosas. Pera hizo caso omiso al dicho de su hermano y vivió un verdadero martirio. Llegó a pensar que se matarían. Cuando el auto cruzó los puentecillos de las pequeñas barrancas existentes entre la ciudad de la eterna primavera y el Hotel Chula Vista, la niña recuperó finalmente el aliento.

Con evidente dificultad Esperanza lograba sostenerse en pie, pese a que Ruiloba le servía de apoyo, pero ambos así entraron al lobby del hotel y se dirigieron a la administración a registrarse, mientras los niños en el estacionamiento esperaban dentro del auto con las maletas. Unos quince minutos después regresó Antonio con un maletero y le comunicó a sus hijos que ya habían alquilado dos cuartos, que se pusieran rápido sus trajes de baño para que nadaran un rato antes de cenar y acostarse. Con la dicha que no podían ocultar, los niños se cambiaron y bajaron solos rumbo a la alberca infantil. Pera la conocía de memoria por las veces que en ella se había divertido con Jeanie y

Sheila, durante los fines de semana en que su madre y sus amigotes Rosita, Herta, Diana, Marge, Tony, Arni, Rupert, Joe Dunkley, Joseph Mulayo, Nils y el sempiterno gorrón Eduardo del Trigal, habían escogido Cuernavaca para emborracharse. Otros fines de semana la caravana de dipsómanos optaba por Cuautla, y en ocasiones por Palo Bolero, San José Purúa, Valle de Bravo o Tequesquitengo.

Acostumbrados a vivir entre sobresaltos, los niños olvidaron pronto lo sufrido en México y en la carretera y la pasaron muy bien esa noche, que además resultó histórica para Toñito. En un momento determinado abandonó la piscina infantil donde Pera seguía buceando, se despojó de su salvavidas y se fue a parar junto al trampolín de la alberca de adultos, en la que no había nadie. Ruiloba, naturalmente, estaba en el bar del hotel. De buenas a primeras un horrible zumbido de un todavía más espantoso insecto volador, oyó sobre su cabeza y luego sobre su espalda, su espalda y su cabeza y así sucesivamente en fracción de segundos, mientras el niño corría en círculos sin poderse escapar del monstruo que parecía adivinar sus movimientos. Pero en un instante llegó a tal grado su desesperación que sin medir las consecuencias de plano brincó y se zambulló en la parte honda de la alberca para adultos, justo donde estaba el trampolín.

Mientras descendía hacia el fondo en forma vertical, afortunadamente para él sin tener abierta la boca, por lo que no tragó líquido, su sentido de supervivencia lo hizo instantáneamente patalear y bracear y manotear con toda fuerza, lo que propició su rápido ascenso a la superficie. En ningún momento sintió ahogarse ni cayó en cuenta que no sabía nadar, sólo buscó de inmediato con la vista a su atacante que seguía obsesivamente arriba de él. Toñito dejó de agitar sus cuatro extremidades y se sumergió pocos centímetros dentro del agua, reanudó su movilización y emergió de nuevo. El insecto había desaparecido.

Fue hasta entonces que lo traicionaron los nervios y estuvo a punto de entrar en pánico. Pero reaccionó mentalmente y de manera mecánica, automática, hasta fácil podría decirse, reinició el pataleo y el braceo, ya horizontalmente sobre la superficie del agua. Sintiéndose dueño del mundo, con una seguridad que nunca antes había experimentado y con ese gusto indescriptible que se siente cuando por primera vez se nada, o se domina una bicicleta, o se maneja un auto, le gritó a su hermana:

-¡Pera, ven!, ¡Ven a verme!, ¡Ya sé nadar!, ¡Córrele Pera!, ¡Mírame, ya sé nadar!

-¡Salte Toño!, ¡Salte de la alberca!, ¡Salte, que te vas a ahogar!, inmovilizada por el susto le contestó su hermanita al verlo en la parte más honda de la alberca para los adultos.

-¡No seas taruga!, ¿Qué no ves que ya nado sin la llanta? Ven y verás. Y Toñito finalmente la calmó y convenció.

Ya no se lo tuvo que repetir. Esperancita salió como bólido de la alberca chica a la grande, se lanzó al agua para caer lo más cerca de su hermano y se quedó sorprendida y orgullosa cuando efectivamente vio que nadaba sin salvavidas alguno.

Sin cambiarse los trajes de baño, recogieron a Ruiloba en el bar y se fueron a cenar los tres. La proeza de Toñito fue el tema recurrente de la cena. Cada que Pera repetía hasta en cámara lenta cada pasaje del acto heroico de su hermano, su padre no podía disimular tampoco su orgullo y satisfacción por el hijo apenas conocido. A pesar de toda la carga etílica que desde la mañana traía, no cometió la descortesía de ahí no brindar con su cuba dos o tres veces en honor de su vástago que, a decir verdad, estaba insoportablemente engreído.

Terminada la cena, Ruiloba y los niños subieron a las habitaciones. Esperanza roncaba a pierna suelta, por lo que no escuchó todo el ruido que su hija hizo cuando entró y salió del baño, buscó en qué cajón del rústico armario había guardado su camisón y finalmente se metió a la cama. Toñito, a su vez, sentía pena en el otro cuarto, de desnudarse ante su papá. De plano el niño seguía sin hablarle directamente a Ruiloba y sólo se limitaba a contestarle de manera impersonal. Ni por equivocación le decía papá ni iniciaba conversación alguna, aunque ya sentía que le caía muy bien.

Para su fortuna, las dos habitaciones tenían camas dobles. Toñito se quitó rápidamente el traje de baño y se puso sus calzoncillos dentro de su cama, mientras su papá se fumaba un cigarrillo afuera, sentado en uno de los dos equipales que había en el balcón con que contaban y que daba a uno de los jardines del inmenso hotel de estilo californiano. Cuando entró nuevamente, su hijo se hizo el dormido, observándolo con el ojo izquierdo poquito entreabierto. Ruiloba apagó la luz y también sólo con calzoncillos se metió en su cama.

Parecía que todo iba a transcurrir en santa paz, pero como a la hora de que los ronquidos de Ruiloba afortunadamente alcanzaban los decibeles más bajos y Toñito avanzaba en su esfuerzo por tratar de conciliar el sueño, la habitación se iluminó totalmente y el fortísimo estruendo que siguió al relámpago disparó al niño instantáneamente hacia la cama de su progenitor, quien en una fracción de segundo despertó, se sorprendió y se las ingenió quién sabe cómo para contener un ataque de risa.

Una inusual tormenta en plena primavera cayó esa noche sobre Cuernavaca y operó el milagro de que el hijo buscara la protección del padre, se refugiara en su seno y rompiera de una vez por todas la barrera que de manera antinatural pretendía obstaculizar el fuerte llamado de la sangre. Acurrucados los dos cuerpos, sin palabras de por medio, sincronizaban sin embargo a un mismo ritmo, acelerado, sus respectivos corazones.

Una mañana fresca y hermosa sorprendió a trabajadores y huéspedes del Hotel Chula Vista, presagio de buenos momentos de vida para quienes el zumo de la naturaleza lo sabían descubrir y aprovechar. Domingo, lunes y martes también la familia Ruiloba Videgaray se quedó en ese paraíso terrenal, emprendiendo el regreso a la Ciudad de México hasta las cinco de la mañana del miércoles. La suerte ya no les alcanzó para tanto a Pera y a Toñito: hacia las 6:15 ya estaban en Cerrada de Hamburgo y a tiempo para abordar sus respectivos camiones escolares. Conquistado su hijo, Ruiloba jamás volvió a hacer el intento por llevarlo en el Fotingo al Tepeyac, como tampoco semanas después en su Mercury rojo.

Este último carro en realidad no pertenecía a Antonio Ruiloba, pues era propiedad de Alfredo Videgaray Salas, el hermano mayor de Esperanza. Antonio y Alfredo trabaron muy buena amistad desde que estudiaron juntos en los años treinta la carrera de ingeniería civil en el Massachusetts Institute of Technology. Obviamente por Alfredo fue que Antonio conoció a Esperanza y terminó casándose con ella. A diferencia de su cuñado, a Alfredo sólo le interesaba una sola cosa en la vida: hacer mucho dinero, tener cantidades industriales de dinero. Y el primer requisito para ello era carecer de vicios, al menos ni alcoholismo ni juegos de azar: sólo mujeres. En cuanto a perseguir faldas, los cuñados eran idénticos. Así cimentaron su amistad en los Estados Unidos.

Antes de huir a finales de 1945 a Los Angeles, Ruiloba edificó junto con uno de los más prominentes ingenieros civiles del país una serie de casitas en las colonias Del Valle, Juárez, Nápoles y Cuauhtémoc de la Ciudad de México, lo que en apariencia lo acreditó plenamente ante su ex cuñado para que éste lo incorporara a su constructora, cuyas oficinas centrales se ubicaban en el número 30 de la Calle de Humboldt.

Cuando finalmente Ruiloba regresó a México, sin que lo supiera Esperanza ya había pactado con Alfredo que se iría a trabajar con él, y es por eso que, entre otras cosas, tenía a su disposición el Mercury ’51, rojo. Alfredo había construido y seguía construyendo algunos de los edificios más emblemáticos de la capital de la república. Como todos los Videgaray, a los cuatro vientos todo el tiempo y donde fuera manifestaba que era antisemita y germanófilo, por eso tenía muchos problemas para acceder a líneas de crédito blandas. En consecuencia, de continuo pedía prestadas enormes sumas de dinero a su madre y a sus dos hermanas. La madre no sólo accedía a ello, sino inclusive viajaba a Zurich, Suiza, para comprar sin intermediación alguna y así ahorrarse muchísimo dinero (bajo las especificaciones que Alfredo le protocolizaba), los elevadores requeridos para los grandes edificios que tenía en obra.

Ana le llegó a prestar sólo una vez y Esperanza ninguna, lo que profundizó la relación conflictiva que ésta siempre había tenido con su hermano mayor y con su madre. “El Clavo”, Arnulfo, nunca pasó por tales predicamentos, pues de entrada siempre vivía quebrado, estaba para sablear a quien se dejase, no para prestar dinero.

Quienes conocían el entramado de la inquina que Alfredo y Esperanza mutuamente se dispensaban, sabían el por qué de la ayuda que aquél prestó a Ruiloba para que volviera y se sostuviera en México de manera “independiente” o, dicho de otra forma, con la libertad económica absoluta para poderle poner los cuernos cuantas veces quisiera a su celosa y posesiva ex esposa. El primogénito y la hija menor del general Videgaray Pérez desde niños se odiaron por alguna razón desconocida y cuando el padre murió se encontraron con que había testado el doble de capital a Esperanza, que a Alfredo, al que realmente poco o nada quiso. Con el tiempo se ahondó más y más la división entre esos hermanos, a lo que también contribuyó la preferencia de la matriarca Esperanza Salas por el varón.

Así, Ruiloba vino a constituirse en la herramienta ideada por Alfredo Videgaray

Salas para vengarse, para romperle el hígado y el corazón a su hermana. Por su parte, a Antonio Ruiloba González Misa verdaderamente sólo le importaba darle vuelo a la hilacha, ya que desde jovencito le dio duro por el alcohol, las parrandas, las mujeres, y hacía mucho tiempo que había dejado de amar a Esperanza. Muchos jugaron en esa partida sus cartas y sólo Carlos Tello y Lupe Ruiloba apostaron por Toñito y Pera.

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Jose de Villa

José de Villa nace en México, D.F. en 1946. Después de estudiar periodismo en la UNAM, trabaja en distintos periódicos como reportero, articulista, editorialista y jefe de información y redacción, e incursiona como director de Comunicación social en distintas dependencias oficiales. Junto con el Dr. Jürgen Neubauer, es coautor del libro Máximo Líder, publicado en Alemania, Holanda, República Checa y Eslovenia. En 2010 escribe su primera novela: Las horas huecas.

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